Calentarse el alma

Then oh, oh, oh, oh, oh,
You’re back again
And ain’t that fine
Make way for captain sunshine – Lucy Schwartz

Ultimamente pienso que los días están como para enamorarse, piensa ella mientras va en el autobús, enamorarse de la gente, de la vida, del cielo celeste, el sol cálido y las ventizcas que se vienen a veces. Respirar profundamente, sentir cómo el sol roza la piel y simplemente disfrutar lo que sea que este sucediendo. Darse cuenta de las pequeñas gotas de felicidad que existen en los actos cotidianos, en saborear una manzana o una naranja y ver más allá de eso, detectar cada nota en su sabor, visualizar de dónde vino y simplemente apreciar el tiempo que toma que haya una creación así que llegue a nuestras manos. Es ver el cielo azul y no darlo por sentado, simplemente darse cuenta de lo pequeños que somos en comparación con todo lo demás y reconocernos como parte de estos días tan maravillosos que tenemos en el trópico por estas fechas. Enamorarse. Esa pequeña palabra que nos aterra a bastantes, se dice a sí misma y piensa un poco en lo que ha pasado a lo largo de los últimos cinco o seis años de su vida.

Enamorarse. Si ahora le preguntaran a ella qué era enamorarse, probablemente contestaría que es calentarse el alma, que quizás muchas veces lo que le hizo falta en un pasado cuando se sentía vacía era la chispa de hacer algo que amaba, que reconociera que había algo que la apasionaba aún si no era a lo que se estaba dedicando. Enamorarse para ella ahora tenía un significado diferente, en el que apreciar los detalles, era vivir porque de la peor forma se dio cuenta de lo mucho que puede cambiar todo en un instante o simplemente que no iba a vivir para siempre, que no iba a haber un momento perfecto, ni un sitio seguro, ni un: luego de esto tengo más derecho a ser feliz. Se dio cuenta que enamorarse era del presente, de realmente estar en todo lo que hacía, de ver lo bueno, aprender a escuchar la voz de la compasión y contemplar, contemplar mucho, porque usualmente en el silencio encontraría muchas respuestas a preguntas que todavía no se había hecho.

Ella llega y se sienta en el pasto, abre su libro y abre su corazón, se quita los zapatos y respira, respira como queriéndose llenar de vida, de valentía para seguir con esto que ha empezado de la forma más extraña del mundo y que de alguna forma siempre la alcanza aún en sus momentos más vulnerables. No tiene forma de esconderse ante ello, su voluntad no puede ir en contra de esas olas que la cubren, que la llevan de vuelta a la costa cada vez que siente que naufraga y abre los ojos y está ahí, en ese parque en ese momento, inspira el aroma a zacate recién cortado, a tarde de noviembre y se dedica a sonreír. Sonríe a la semilla en su vientre, al jardín que le crece en su interior y se nutre de cada sonrisa, de cada pensamiento bondadoso, palabra cálida que sale de su boca, cada una de esas cosas tiene un pequeño impacto en el entorno o como decía uno de sus libros “hasta un aplauso causa un eco en alguna parte del universo”. Viniste a tocar vidas. Tiempo le costó entender que las vidas no se tocaban con miedo y trata a diario de domar su carácter, a impulsar toda esa fuerza a ser una fuerza de voluntad, de limpieza y de creación. Algo tan simple como una sonrisa o como un momento para respirar y rebalancearse, eso también cabe dentro de su definición de enamorarse. Toda esta nueva definición también incluye sentirlo, sentirlo al punto de proyectarlo con su presencia, de encender chispas y empezar a hacer así lo que es su misión en el mundo.

Bajo ese árbol y la fiel compañía de sus mascotas le ruedan lágrimas por las mejillas al darse cuenta de los errores que pudo haber cometido en un pasado, el haber pasado por alto que su enojo era un alto grado de miedo y que el miedo no la dejaba pensar de forma clara. Cuando el miedo regaba a la semilla en su vientre, su cuerpo entero comenzaba a llenarse de espinas, se constreñía y la dejaba sin habla o la punzaba de tales formas que sólo podía sacar a gritos y expresarlo de formas violentas que a la larga la dejaban encerrada en su propia cárcel hecha de espinas, que de cierta forma no había sido culpa de ella pero que ahora sabía cómo no alimentar a la enredadera espinosa cuando eso pasaba aunque le fuera difícil más de la mitad de las veces. Tenía una tendencia a olvidar y destrozar aquello que alguna vez la hacía feliz una vez que la empezaba a poner a prueba y sus propios esfuerzos no llegaban a sus irreales estándares.

¿Cómo practicar? Leer la teoría es bastante sencillo, pero sentirla y llevarla a la práctica con su miedo de animal salvaje a ser lastimada estaba siendo una real proeza. Sabía que era un cambio que tomaba años aprender, aprender a quedarse e intentar hasta el final antes de huir simplemente porque no había salido perfecto. Tenés problemas con el estar en control, por esas palabras salió la última vez de un consultorio, una cosa es saberlo y otra muy diferente es enfrentar las raíces de su perfeccionismo, de estar en control todo el tiempo, de odiar sentirse protegida (implica ser vulnerable) y enroscarse en ideas, en momentos que ya no se pueden cambiar. Practicar  es un acto de todos los días, desde el primer respiro que daba en la mañana, su forma de aproximarse a los otros, escucharse y hasta el minuto que cierra sus ojos y agradece por un día más, por una mayor experiencia y porque la práctica ya no le cuesta tanto.

Qué difícil le es no enamorarse ahora, del ritmo de una canción, del sabor de una comida favorita, de escuchar la risa genuina de la gente, de los abrazos cálidos y sinceros, de los aromas que quedan guardados en su memoria cada día, aunado a esto también se da cuenta que muchas veces su corazón roto fue fabricado por ella misma, que puso acciones donde no las hubo, se creó escenarios que no existieron, se llenó de miedos que la frenaron de hacer las cosas que quería hacer o decir lo que sentía, las cosas lindas que sentía porque no podía ver más allá de su nariz. Respira y sabe que ya no puede cambiar ese pasado, respira y sonríe porque era necesario darse cuenta de eso para encontrar otra manera porque se dio cuenta usualmente la persona que permite o no que se quiebre su corazón, es ella misma, ciertamente había fracturas, cortes, deslizamientos y taludes en ese corazón, pero si se seguía enfocando en ello, jamás sería capaz de ver los otros cambios en la geografía de su corazón que lo volvían más hermoso, que de las grietas podía brotar ternura, que por los cañones podía brotar calidez, que los deslizamientos y taludes mostraban nada más por donde pasaba el río de amor y tenía que hacerle caso a eso.

Entre millones de potenciales de acción, de redes neurales, de señales eléctricas y químicas, entre miles de funciones, de energía, de recursos, así existía y debía hacer de su existencia vida. Vida, esto no implica nada más dar a luz o crear más seres humanos, sino que transformar, ¿qué es la vida si no una larga cadena de transformaciones? Cada señal entre sus neuronas, cada latido significaba algo, algo más grande que ella, algo a lo que todos pertenecemos y no deberíamos pasarnos la existencia ignorando a través de pantallas, sonidos fuertes y distracciones para olvidarnos de nosotros mismos. Poco a poco en los momentos en los que se fue despertando, aprendió a confiar en su cuerpo y a actuar en lo que este le decía, en su instinto que a veces aunque poco conociera a una persona o una situación, decidía tomar el riesgo, escuchando a su cuerpo y poco a poco empezó a ver que casi siempre tenía la razón con lo que pedía o a quién pedía.

Enamorarse no tenía que ser de algo o alguien en concreto, al menos no por ahora cuando todo le era tan nuevo y mantenerse comprometida con algo es aún algo para lo que no está preparada. Enamorarse implicaba crear su moral de nuevo, de tener la política de menor daño posible y mayor compasión y bondad posible, empezar a dejar de temerle a la oscuridad y jugar con el caleidoscopio que es por dentro, llena de formas extrañas, de recuerdos, de emociones y de sabiduría que aún no sabe que tiene. Poder. El poder no siempre debe significar algo negativo, sino que también puede ser una enorme fuerza capaz de realizar cambios que parecían ser imposibles.

Bajo el árbol se sigue enamorando aunque las semanas hayan sido duras, por sus pies descienden sus raíces hasta la Tierra y vuelve a estar. A seguir estando en cada abrazo con el que sabe que ha llegado a tocar dentro del otro ser humano y el humano a tocarla por dentro, a seguir siendo esa sonrisa cálida con una brisa de cambio y ver miradas, miradas azules como el cielo, miradas verdes como las hojas o miradas cafés como los troncos de los árboles, el suelo que pisa, la Tierra que da vida. Enamorarse. Enamorarse es ver la chispa renacer en los ojos de los otros y en sí misma, ver cómo le inunda y renace en una sonrisa y así es como nacen entonces sus vínculos, entre abrazos correspondidos que empiezan como sorpresas y de un pronto a otro se transforman en parte del día y se tornan de a pocos en confianza por medio de la comunicación no verbal, poco a poco se aproxima a su misión y al final del día se dice a sí misma:

Enamorarse es calentarse el alma. 

 

 

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