¿Olvido?

La célebre frase del poema 20 de Neruda dice: “Es tan corto el amor y tan largo el olvido.” De este lado nunca ha sido así, se dice a sí misma después de darse cuenta de que sucedió lo inevitable en su caso. Siempre ha sido lo mismo desde que era pequeña, puede recordar el amor, la sensación de una persona pero su recuerdo como tal se desvanece con el paso del tiempo. Puede sostener la memoria de las personas tanto aquellas con impactos positivos como negativos durante más o menos un año y después de eso, el recuerdo se va desvaneciendo por fragmentos. Nunca lo había dicho en voz alta hasta que tuvo la valentía de hacer la pregunta para conocer si a alguien más le sucedía. El amor en su caso es largo y el olvido corto. Es largo el amor porque es lo que prevalece en su cuerpo y memoria en el día a día, sin embargo, los autores de ese amor se han disipado de su memoria.

Esta vez había enfrentado su mayor miedo en la vida que era enamorarse y se entregó completamente a ese terreno desconocido de la misma forma en la que se entregaba a todo lo que amaba y le recordaba la belleza de existir. A pesar de tan profundo amor, tras un año y cuatro meses de la partida de este individuo los recuerdos que quedan en su mente de él son sus ojos, su mirada y tres frases. Ni siquiera permanecen las 3 frases más hermosas, sino las últimas 3 que escuchó: “¿Sabes que esta es la última vez que nos veremos, verdad?”, “¿En qué piensas?” y “Estás muy involucrada.” Sabe que hubo muchas mejores frases, mejores momentos y aún asi todos han desaparecido de su memoria.

De sus ojos recuerda el café profundo y sus largas pestañas curvas, así como la expresividad de los mismos. Los recuerda porque siempre se le parecieron a los de los gigantes gentiles de la naturaleza como las ballenas, los elefantes, los caballos, las tortugas y los manatí. Esa mirada sabia, terrestre, serena, profunda y a la vez implacable. Siempre le dijo cuánto amaba sus ojos aunque él dijera que los consideraba ordinarios. A pesar de amarlo de la forma en la que amaba a la naturaleza, no logró hacer que su imagen perdurara en su memoria.

Dejó de recordar los rasgos de su rostro, su sonrisa, la sensación de su cabello, los lunares que muchas veces contó, el sonido de su risa, el peso de su cuerpo, la figura de sus manos, el sonido de sus pasos y todo lo que alguna vez amó. Aunque lo desee, no recuerda la sensación de sus abrazos, ni la emoción de sus besos, ni el sonido del latido de su corazón. Su imagen ha desaparecido casi por completo de su cabeza, pero no de su corazón. Quizás esa es la función de tan dolorosa “habilidad”: olvidar. Olvidar lo que se obtuvo por medio de los sentidos y recordar aquello que realmente ha vivido en el cuerpo.

Esto le recuerda a una de sus películas favoritas, justamente la que vio un par de semanas antes de que él se fuera cuando le comunicó que tenía que marcharse: “El eterno resplandor de una mente sin recuerdos.” Ella entendía por qué alguien decidiría borrarse la memoria y ahora con el tiempo se da cuenta que su memoria lo hace sin necesidad de una influencia externa. En esa película de alguna forma ambos se buscan el uno al otro en sus recuerdos, hay algo del otro que no logran olvidar y justo así se siente en este momento. Quizás no buscándose ni intentando olvidarse activamente, pero como una promesa de “siempre búscame en tu corazón y ahí estaré sin importar la distancia, el silencio, el tiempo ni el dolor.”

La mente ha olvidado su imagen, así como todo lo sensorial que le correspondía como le ha sucedido con todas las personas que ha amado y por una u otra razón se han ido de su vida. El corazón mantiene viva la sensación de expansión, de confianza, alegría y seguridad que vivió a su lado. Emite este recuerdo en cada pulso, en cada interacción y en lo que escoge cada día. “Lo esencial es invisible a los ojos”-recuerda del arte en casa de su tío referente a El Principito– ver con los ojos del corazón. Lo amó y aún lo ama aunque lo sensorial, lo medible se haya disipado.

Tal vez ese amor necesita del olvido para expandirse, para seguir existiendo en este continuo que llamamos realidad, para que deje de ser esa experiencia que se vive solamente con los sentidos y trascienda a ser lo que muchos seres humanos buscan/buscamos: amar con el alma. Amar como se ama lo intangible, lo efímero de un atardecer, de cada ola, del río que se mueve a su paso, de las mañanas soleadas y las tardes lluviosas, el desarrollo de una flor y las emociones que surgen.

Podría ser que ese abandono de su recuerdo sea lo que permita que si en algún momento le vuelve a encontrar, le permita vivir ese amor y esa profundidad desde otro ángulo, como si fuera la primera vez para darse el tiempo de conocerlo de nuevo. ¿Será posible que eso que le parece tan doloroso en este momento sea lo que le permita más adelante embarcarse en otra aventura? Aunque sea la misma persona en el sentido de nombre, fecha de nacimiento y demás, como el río, las personas no somos nunca las mismas y el tiempo nos cambia.

Abrazar el olvido no es cosa sencilla, pero quizás mirarlo desde la perspectiva de retirar todo aquello que se mantiene en constante cambio y sostener aquello que se mantiene estable y valioso sea la forma de trascender lo básico de lo que le han enseñado lo que es el amor. El amor no es solamente la atracción que sintieron, el compañerismo, los momentos compartidos, sino ese cambio que ambos iniciaron en el otro a través de su calor, de su profundidad, como arenas de colores distintos que se mezclaron y fueron colocadas en sus respectivos envases. Esa acción involuntaria de olvidar puede tomar la forma del entrelazamiento cuántico: no importa cuán lejos estén dos partículas que se hayan vinculado, aunque no puedan “verse”, una siempre influirá sobre el estado de la otra.

Antes de dormirse, luego de que las lágrimas han corrido por su rostro y ha enfrentado la realidad de que la presencia de su amado se ha desvanecido por completo de su memoria se dice a sí misma: ¿Que somos los humanos sino un conjunto de partículas? Partículas organizadas de una cierta forma de acuerdo a nuestra percepción.

De alguna manera esto se convierte en un consuelo e imagina que sus partículas entrelazadas todavía sostienen esa danza en la distancia que alguna vez sostuvieron en la proximidad. El amor no muere cuando existe la separación y el olvido no se da cuando se deja de tener el recuerdo. El primero permanece porque cambia en sí la trayectoria y la composición de aquello que toca, pues no deja nada intacto a su paso y el segundo, de forma voluntaria o involuntaria devela lo que es indeleble aún al paso del tiempo. En su exhalación antes de dormir, siente su corazón expandirse. De alguna forma decide enviar esa oleada amorosa a aquel que ya no logra vislumbrar en su forma humana sino como un cúmulo de partículas convertidas en luz acompañada de un gentil y silencioso “te amo.”

Traje orgánico

Muchas veces he vivido la vida atrapada en el día a día. He juzgado a mi cuerpo por un momento específico en el tiempo sin tomar en cuenta el contexto en el que estoy transitando. Es por esto que las fotografías son necesarias, para reconstruir la historia con un poco más de distancia, cerrar esos bucles que quedan abiertos, para mirar con otros ojos una imagen que en algún momento generó rechazo. Con el paso del tiempo, logro ver que mi cuerpo es un reflejo de lo que he vivido, de lo que está pasando en ese punto específico, que no me aumenta ni disminuye valor como persona, aunque socialmente así sea percibido. En aproximadamente 10 años mi cuerpo ha pasado por delgadez extrema, enfermedad, obesidad, el estado extraño entre obesa y semi atlética, atlética y el estado más fluido/natural para mí.

Siempre he sabido que el cambio es lo único permanente en la vida y aun así he pretendido que mi cuerpo se mantenga estático desde mi adolescencia. Como mujer es lo que he escuchado desde pequeña: “las mujeres lindas son delgadas”, “no comás tanto que te vas a engordar”, “¿te vas a comer todo eso?”, “tal vez bajarías de peso si nunca comieras chocolate”, “tenés que ser la misma talla siempre”, “no te estás esforzando lo suficiente por ser delgada”, “sos vaga”, “una libra más y ese vestido se te va a ver horrible”, “no podés usar shorts porque son sólo para las que tienen palitos por piernas y vos tenés tucos”, “eso se ve bien en una flaca, en vos se ve vulgar y de mal gusto”, “lo único que tenés que hacer es cerrar el pico, así de fácil”, entre muchísimas otras frases que han reducido mi experiencia como persona a mi físico. Esto muchas veces viene disfrazado de buenas intenciones y “por salud”, pero como consecuencia ha tenido la elección de mi guardarropa, una lucha constante conmigo misma, el odiar mi propio reflejo, esconderme en fotos, dejar de ir a celebraciones y ocultarme al comer para dejar de recibir juicios.

Cuando digo “por salud” me refiero a que se coloca la preocupación solamente en el físico y lo que puede causarme a largo plazo. Créanme que lo he sabido, que he buscado ayuda, que me he cuidado, he hecho ejercicio y todo lo que ha estado en mis manos para cuidar de mí misma. Si la preocupación realmente fuera por salud se hubiera abordado la situación subyacente o el periodo que estaba reflejando mi cuerpo en ese momento para tener un apoyo y sentirme menos sola navegando lo que sea que tenga al frente en ese momento. Ciertamente la disciplina, cambios y fuerza de voluntad generan un porcentaje, sin embargo, los humanos somos seres sociales, animales de manada y aunque sea posible hacer las cosas solos, necesitamos de un círculo que nos brinde seguridad y confianza.

Puedo decir que a mis 32 años logro decirme espontáneamente “qué hermosa sos” al espejo y viéndome a los ojos después de una vida de rechazo hacia mi reflejo, hacia este cuerpo que me ha sostenido en las buenas, en las malas, en la salud y en la enfermedad. Este cuerpo que crea, ríe a carcajadas, sonríe, nada, baila, se mueve, me permite escuchar música, que ve atardeceres y arcoíris, abraza, ama, estudia, trabaja y miles de cosas más todo el tiempo. Admito que he sido cruel con esta parte de mí que también es tan sintiente como mi intelecto, mis emociones, mi alma, somos todas una misma, no estamos separadas, no funcionamos de forma independiente, sólo aprendí a separarme en partes para escoger las más digeribles para aquellos que me rodeaban. A diseccionarme en pedacitos para ser consumida. En este punto de mi vida ya no estoy dispuesta a recortarme, separarme más o ser consumida y si intentan hacerlo, no me voy a volver más digerible, ojalá se ahoguen si no les parece.

Mi cuerpo fluye y cambia conmigo. Con el tiempo he aprendido a escuchar sus necesidades que son tan variables como las estaciones de mi vida. En un mismo ciclo menstrual paso por al menos 5 tallas de ropa diferentes y no porque gane o pierda peso, sino porque para eso estoy diseñada: para cambiar y adaptarme. Cambia la textura de mi rostro, qué tan frecuentemente lavo mi cabello porque se pone grasoso y lo que tolero o no tolero comer. No es algo que quiera “arreglar”, no quiero mantenerme estática, no quiero ser como esas casas que parece que nadie las habita, quiero que al final de mis días se note que viví en este cuerpo, que tuve aventuras, que mi cuerpo se expandió y se redujo, que hubo batallas que superé y que el tiempo pasó, que no me quedé pequeña para siempre.

Creo que la niña que alguna vez fui tenía razón al querer crecer. No tuve una etapa en la que quisiera ser pequeña para siempre, sino que siempre quise crecer para poder expresarme y hacer las cosas a mi manera, para reclamarme como mía aunque fuera lo último que hiciera, para dejar de temer a cambiar de tallas (spoiler, de adulta también se cambia de tallas muchas veces). Mejorar la relación con mi cuerpo ha tomado tiempo, especialmente al no entrar en los estándares de belleza de turno, encontrar pocas prendas que sean de mi estilo y me queden bien en los lugares correctos sin parecer un chorizo o un saco de papas. Ha tomado cada parte de mí el explorar estilos diferentes mientras escucho las voces que me han rodeado toda la vida diciendo como eso es inapropiado, incorrecto, escandaloso, aburrido, raro, que no me favorece, entre otras cosas y empezar a confiar en mi propia voz interna diciendo: ¡esto me encanta! Se ve fabuloso.

Ha sido también el aprender a dejar ir cosas que quizás en algún momento me quedaron y ya no me quedan sin decirme algo grosero al respecto o que disminuya mi autoestima/autovalía. Mi cuerpo va a seguir cambiando hasta el día que me muera y lo deje atrás. Este cuerpo que ha pasado por mudanzas, ciclos académicos, rupturas, noviazgos, trabajos, cambios de rumbo a nivel profesional, diferentes disciplinas, enfermedades, dificultades de salud mental, duelos, muchas otras más y lo que todavía me falta por vivir. Quiero seguir siendo capaz de moverme, de disfrutar, de vivir, de existir a plenitud y de servir en mi propósito con este cuerpo que ahora honro tanto. Quiero no fijarme en las tallas que de por sí son sumamente variables según la marca, época, estilo, silueta y múltiples factores que se ven en las prendas. Lo que quiero es tomar espacio en este mundo, que mi presencia sea expansiva en vez de hacerme pequeña y callarme, ser fuerte, poder subir montañas, cargar mis verduras, trabajar en mi jardín, ser funcional, flexible, envejecer siendo independiente y poder estar ahí para mis seres amados.

Ciertamente mi cuerpo no es talla 2 como a mis 12 años, no es talla 6 como de mis 15-20, es un cuerpo con estrías, con cicatrices de cirugía, otras cicatrices que reflejan batallas que he ganado tras enfermedades o lugares oscuros por los que he transitado, lunares, tatuajes, es hermoso, es resiliente y es mío. Por más que todavía existan días en los que dude, que escuche las voces del pasado, que mida mi valor por la talla de mi ropa o el número en la báscula o cinta métrica, que mis palabras dependan de si un pantalón me quedó bien o no, existen los días en los que me sorprendo a mí misma probando algo que quería sin miedo, disfrutando de estar aquí, viéndome con cariño al espejo y mostrándome cada vez con mayor autenticidad honrando toda la experiencia de ser quien soy. Estos días son más que los primeros. Cuando los primeros pasan, me siento a dejar que se mueva a través de mí, le escucho y honro la sensación que aparece o me enfurezco y no salgo, depende del día. Ninguna respuesta es buena o mala, lo que importa es cómo me haga sentir y si cubre lo que necesito en ese momento.

Todo cambia todo el tiempo, hasta vos y yo y eso es lo mágico de esta aventura en nuestros trajes orgánicos. El alma es eterna, pero este traje orgánico no lo es. En su finitud quiero decorarlo, personalizarlo y disfrutarlo lo más que pueda porque una vez que todos sus signos vitales se detengan, nunca más lo volveré a tener. Por dramático que suene es un recordatorio para saber que todo es temporal y preciado en el gran esquema de las cosas.

Impermanencia y Permanencia

Recuerdo como si fuera ayer el viaje de la lección de la impermanencia en mi vida. Fue en 2016, hace 10 años cuando esa palabra llegó a mi vida en uno de los libros de Thich Nhat Hanh. Todos los planes que tenía se habían esfumado: la relación de 5 años con su respectivo compromiso había terminado los estudios de licenciatura y no me habían aprobado mi proyecto de graduación, mi salud mental y física distaban bastante de ser equilibradas. Definitivamente nada era como lo había imaginado o la fantasía que me habían dicho en la que se convertía la vida después de cierta edad.

Todavía puedo saborear las lágrimas en mis mejillas de la tristeza y frustración, así como puedo sentir el sol después de la lluvia en la montaña donde me senté a leer mi primer libro sobre budismo. No recuerdo cómo llegó “Peace is every step” de Thich Nhat Hanh a mis manos, pero sí el momento exacto en el que lo empecé a leer. Había ido a la montaña sola por primera vez a ese parque que tantas veces quise ir y mi expareja no había querido acompañarme. Era una tarde lluviosa de octubre. La lluvia había parado y me adentré en el bosque. Encontré un tronco en el que pude sentarme y empecé a leer. Impermanencia. Nunca había leído esa palabra, su definición en el momento no la entendí hasta quizás años después y muchas lecciones en la vida.

A como yo la he entendido con los años es que todo se encuentra en un constante cambio y nada se mantiene igual, ni siquiera nosotros mismos. Entre más nos resistimos al cambio, más se aplaza y más doloroso es el camino para llegar al lugar al que íbamos. El cambio igual va a suceder queramos o no. Esto fue lo que tal vez me tomó más tiempo entender. Muchas veces me quedé en lugares, situaciones o con personas que ya no calzaban conmigo por “quedarme un ratito más”, porque “¿y si el cambio no es lo que yo quiero?”, “¿y si es inseguro?”, “¿y si sale mal?”. No entendía por qué me dolía tanto estar ahí, por qué me enfermaba tanto o por qué la vida que tenía no me gustaba.

2024 fue un absoluto caos y 2025 también. La diferencia entre ellos fue mi capacidad para no permanecer. Al inicio sentí mucho miedo de ver mi vida derrumbarse ante mis ojos, de ver mis peores miedos pasar a la misma vez: perder un trabajo, enamorarme, que esta persona se fuera, inestabilidad económica, dudas, deudas, incertidumbre, fallar, sentir que estaba tarde para muchas cosas en mi vida. 2024 me obligó a usar mi voz, a poner límites, a volver a mí y aprender a confiar a discreción. 2025 me obligó a pedir ayuda, a permitirme ser sostenida, a dejar de recriminarme tanto por el momento que estaba pasando y a permitir que mis emociones pasaran a través de mí sin callarlas. Ambos años me pidieron que soltara las expectativas y la imagen de quién creía ser o quién me habían construido para ser. A lo largo del camino fui encontrando personas y situaciones de que de una u otra manera me recordaban hacia dónde iba.

2026 hasta el momento me ha hecho comprender que he incorporado la impermanencia a mi día a día y mis decisiones. Veo todo un poco más como un experimento de prueba y error, no tanto como que yo fallé o que soy un fracaso, sino que eso no era para mí, no era el momento o que me llevó a una nueva habilidad que me servirá dentro de un tiempo para algo más. Eso ha cambiado mi perspectiva. Ahora bien, creo que mi ciclo de lección que inicia este año es la permanencia en la impermanencia. Suena hasta contradictorio, ¿no? He aprendido el arte de dejar ir y ahora aprender el arte de permanecer. ¿Qué clase de broma cósmica de mal gusto es esa?

Lo que llevo de este año me ha hecho ver que al volverse este dejar ir la opción por defecto, el permanecer se vuelve una decisión intencional. Efectivamente todo cambia, esa es la constante, pero puedo escoger quedarme a pesar del cambio. Por ejemplo, una amistad con la que me siento vista, amo compartir tiempo y tenemos un desacuerdo en temáticas que involucran valores centrales de cada una de nosotras. Mi primera reacción es irme, sin embargo, ambas decidimos permanecer. Abrimos la conversación sobre lo que sentimos en ese momento o estamos percibiendo cuando estamos tranquilas y llegamos a acuerdos. No todo es una razón para dejar ir.

He aprendido que primero necesitaba aprender a dejar ir, poner límites, quemar hasta el último puente con aquello que no se alineara con el camino en el que había decidido transitar y que muchas veces ni siquiera era por decisión consciente. Con el tiempo empezó a ser consciente, con aceptar la incomodidad, con navegar la incertidumbre, el dolor y el miedo. ¿Por qué era necesario? Porque así con el terreno libre de impurezas podría plantar las nuevas semillas, podría ver lo que había sembrado para cuidarle y sacar las hierbas que le quitaban nutrientes a tiempo o ver las plagas. Ahora que he ido conociendo cómo se siente la reciprocidad, el estar a salvo y tomar mis propias decisiones puedo escoger quedarme.

Permanecer suele verse como el contrario a impermanecer, pero dentro de la misma palabra existen ambas. Para mí el quedarme no se convierte en algo estático como quizás sí lo era en el pasado. Como cuando me quedé con amistades cuyos comportamientos no iban con la vida que estaba construyendo porque teníamos muchos años de ser amigos, cuando no dejé relaciones de pareja a pesar de nuestras diferencias de valores centrales porque era volver a empezar con alguien más o cuando me quedé en lugares que no me valoraban porque era lo que conocía por el tiempo y siempre había sido así. Algo que no tomaba en cuenta es que en todos estos casos había un par de patrones: el tiempo que había estado ahí y a la vez el que ambas partes cambiamos.

Aprender a quedarme ha sido el aprender a manejar en reciprocidad los cambios, escoger crecer en conjunto y ver estos cambios como una oportunidad de expansión conjunta. Es efectivamente una decisión muy intencional el ver dónde hay algo distinto para tomar la oportunidad de crear cercanía en vez de distancia aún con la incomodidad y la vulnerabilidad que esto trae. Algunas claves que ayudan a tomar estas decisiones son: poder discernir aquello que es central y no negociable, la importancia de la situación/persona en la vida, la actitud ante la diferencia y escuchar al cuerpo. Usualmente mi cuerpo ya ha decidido por mí antes de que lo sepa.

Me tenso cuando no es una persona/situación/lugar en el que no quiero permanecer y la sensación no se va aunque “hablemos las cosas o tomemos acciones”. Cuando sí quiero estar ahí mi cuerpo, aunque se tense ante la incomodidad, apenas se abre el espacio y pasa la transición emocional, logra relajarse y expandirse como siempre, vuelve a su base de seguridad. Para mí ha sido de mucha ayuda el aprender los patrones de respuesta de mi cuerpo sin tratar de maquillarlos o dudar de ellos, siempre ha tenido razón.

El año pasado me dieron un cristal con un papelito con lo que necesitara y ese papelito decía: “Todo cambia, incluso tú.” Ese es mi recordatorio para ser intencional con permanecer en el momento presente conmigo, con aquellos que amo, con las situaciones que se me presentan porque nada se queda estático y todo pasa, lo veamos como bueno o como malo. La incomodidad pasará, el miedo pasará. la alegría, la tristeza, la vida en sí.

La impermanencia me recuerda que un reto no será retador para siempre, por lo que me trae alivio y también me recuerda que un momento feliz no dura para siempre, por lo que me hace estar presente y disfrutarlo mientras dure. La permanencia empieza a enseñarme a ser intencional para adaptarme, amar, expandir, crecer en conjunto través del cambio y verlo como una oportunidad de vivir lo efímero juntos. Estas lecciones van de la mano y aplican a la vez para tanto. Veo con cariño a aquella chica de 2016 que decidió empezar su viaje con las enseñanzas del budismo zen para tomar mejores decisiones y que nunca se dio por vencida a pesar de no entender, del reto que ha sido implementarlo, de todas las veces que sintió que no funcionaría. Todo pasa, todo cambia y a la vez hay cosas que pasan, cambian y se quedan con nosotros.

Aunque suene a que no tiene sentido, lo tiene. No son polos distintos, sino una integración la una de la otra para crear este balance aventurero que llamamos vida.

Identidad en expansión

No sé cuándo como humanidad decidimos caer en la trampa de la estupidez colectiva de “tener todo resuelto antes de los 30”. Como si los 30 fueran una fecha de caducidad marcada en nuestra frente. Como si fuéramos un producto descartable en vez de un ser vivo que tiene variaciones de un individuo a otro como todo aquello que tiene vida en este planeta. En realidad, hay muchas trampas y estupideces colectivas que no tengo idea de dónde salieron o cómo se propagaron como una pandemia en las mentes y corazones de la humanidad. Las frases que escucho usualmente sobre después de los 30 son: “ay ya no voy a ser linda”, “prepárese para que siempre le duela algo”, “la señal de los 30 es que te duele una rodilla”, “vas a tomar miles de medicamentos”, “ya va siendo hora de agendar el colágeno y botox para que no se noten los años”, entre otro montón de frases que no vienen al caso. Creo que como sociedad más que por la edad, es que nos hemos acostumbrados a vivir enfermos, con dolores, pensando que es muy genial ser hiper independientes, individualistas, competitivos y que tenemos que vernos siempre “como que no ha pasado nada”. Para mí, mientras estemos vivos, hay posibilidades de aprender, cambiar la perspectiva, hacer cambios y expandirnos. La muerte es la única fecha de expiración que tenemos y, aun así, para mí eso es debatible porque hay legados que trascienden nuestros cuerpos.

En mi experiencia personal, el inicio de mis 30s ha sido de las mejores épocas hasta el momento. Han sido años turbulentos de muchísimos cambios que al inicio fueron sumamente dolorosos, que en su momento me hicieron llorar hasta quedarme sin aire y pensar que no llegaría tan lejos, que ahora veo con cariño y agradezco que me devolvieran mi voz, mi salud, mi energía, mi vitalidad, mis sueños, mis colores, me recordaran mi identidad. Recuerdo el fin de semana de mi cumpleaños número 30 en el que un “amigo” me dijo que “ahora sí ya me iba a dejar el tren porque ya estaba vieja, gastada, usada y tenía que agarrar lo que fuera porque ya no me quedaba mucho tiempo para ser mujer”. Me tomó un año más mandar a esta persona justo unos meses después de su cumpleaños 30 con un tiquete de ida sin regreso al sitio más turístico que conoce la humanidad, empieza con “la m” y termina en “ierda”. De verdad no sé de dónde sacan la osadía para decirle esas cosas a las personas que en teoría aprecian y después se preguntan por qué cuando voltean no hay nadie a su alrededor.

Recibí los 30 con mi cabello de colores, en el agua salada del mar en mi lugar favorito con la puesta de sol y rodeada de mariposas. Ese día dije frente al mar que quería saber por qué había venido a este planeta, en este lugar, con esta familia, ¿cuál era mi propósito? Nada me pudo preparar para enfrentarme a mis mayores miedos, al acoso laboral más voraz que he afrontado, a un despido, a resolver mis problemas de salud, a decidir cambiar mi vida completamente con un salto de fe después de haber dejado mi verdadera vocación en pausa y al darme cuenta de quiénes realmente están ahí cuando se está en un momento crítico. En estos años he sabido lo que es ser desplazada por tener ideales distintos, por no “encajar”, por no tener la misma capacidad económica que tenía cuando era chica corporativa y por haber cambiado todo en mi vida para hacer adaptaciones que me favorezcan, aunque no sean cómodas para los demás. Estos dos años han sido de volver a las raíces y cuestionarme realmente si lo que me habían dicho era verdad o si era otra historia de las que nos cuentan para mantenernos “en línea recta”.

Me dijeron múltiples “profesionales” que yo no tenía un sentido de identidad, que me adaptaba a mi entorno, que no sabía quién era, que era muy emocional (labilidad emocional, como se llama el criterio diagnóstico), pero nunca se detuvieron a verdaderamente escuchar lo que les decía: Siento que estoy atrapada en una jaula de vidrio en la que los de afuera no me entienden y yo a ellos tampoco. Mi identidad siempre fue muy fuerte desde pequeña, aquello que comúnmente se llama personalidad o carácter, el problema es que conforme crecía ya no era gracioso, no era lindo, no era de señorita y era algo a corregir. El problema no era yo, era la incomodidad que generaba en otros la dualidad entre el ruido y el silencio, el movimiento constante, la necesidad de crear, la curiosidad, el pensamiento crítico, la justicia social, la sensibilidad sensorial y decidí diluirme. Todavía recibo comentarios como: ¿En serio tenés esas condiciones o es por moda? Es que no te ves divergente porque sos bonita, capaz, has tenido trabajos, sos sociable, inteligente y no te gustan los trenes o las rutinas. A veces me pregunto si creen que eso es un cumplido porque no lo es.

Tal vez esas características me hicieron desarrollar muchas estrategias de compensación que por años pensé que funcionaban (totalmente falso), que me ayudaban a encajar (nunca me sentí a gusto) y que dañaron mi salud de formas en las que me ha tomado tiempo, recursos, disciplina, mucha paciencia, amor y escucharme a mí misma para salir de tremendo enredo que de todas formas no me hizo ganar ningún premio ni “el boleto a la vida soñada”. Hasta hace unos meses pensaba: ¿Por qué cosas que para los demás son tan sencillas como medir correctamente el tiempo sin apoyos o leer el significado oculto de una interacción es tan complicado para mí? Sentía que estaba perdiendo en un juego para el que no estaba diseñada para ganar. Era como tener a un jugador de básquetbol de casi dos metros tratando de ser jockey en una carrera de ponis.

Cuando enfermé, me pregunté si realmente odiaba mi vida o si odiaba la vida que había llevado hasta el momento que otros habían elegido para mí y fue la segunda opción. He estado buscando debajo de todas las capas cuadradas, estructuradas, gris, beige, blanco, tonos neutros, frialdad, lenguaje corporativo, actos protocolarios y cuanta cuestión performativa con guiones casi que escritos que se pedían de mí, guiándome por las flores amarillas que rompían todas esas capas como aquellas plantas que crecen rompiendo el pavimento, por los arcoíris que llamaban mi nombre y la sensación de calidez saliendo por las grietas.

No voy a mentir y decir que ha sido un paseo por el parque o color de rosas, despegar todas aquellas capas adheridas a mí de expectativas, conocerme y mostrarme como soy ha sido doloroso. Hubo un momento en el que me quedé con una red de apoyo de unas cuántas personas activamente presentes, otras cuántas en una intermitencia entre indiferencia y presencia y el resto de los que pensé que me apreciaban voltearon su espalda o estallaron en molestia hacia mí por ya no estar dispuesta a la falta de reciprocidad ni a las faltas de respeto. Ha sido callar el ruido, como colocarme unos audífonos con música, pero en vez de música es mi propia voz guiándome a través de la incertidumbre y el caos de reconstruir una vez que la torre de la vida que conocía cayó en un soplido.

En ese soplido me di cuenta de que ya había hecho las cosas como otros me habían dicho, jugando por las reglas que nunca entendí, que me había llevado a los lugares más oscuros que he conocido en muchas ocasiones y esta vez tenía el privilegio de escoger hacerlo a mi estilo, con mi ritmo. Si “fallaba” sería enteramente mi responsabilidad esta vez y aún así durante el camino me he dado cuenta que la vida es: A) un gran experimento: prueba y error del que se aprende en cada intento, B) un jardín o huerto que cambia con las estaciones, C) una obra de arte en constante transformación y que cambia con la perspectiva, D) cualquier cosa menos estática y rígida.

Me dijeron que me costaba echar raíces, que pusiera los pies sobre la Tierra para hacer crecer esas raíces. No sé si cuenta como chiste, pero hay muchas plantas que echan raíces en el agua, crecen perfectamente ahí, están hechas para ese medio, para florecer y vivir ahí, que si se pasan a la tierra se mueren. El agua representa usualmente a las emociones, a la fluidez, una fuerza tan gentil, creadora como agresiva y destructiva, la dualidad integrada y por alguna razón tratamos de huir o nos enseñan a huir de estas características en vez de abrazarlas, balancearlas hasta integrarlas y trabajar con ellas en vez de tratar de convertirnos en alguien que no somos. Se puede ser más de una cosa a la vez, se pueden ser mil cosas al mismo tiempo y aún más importante, se puede ser contrariedad y ser coherente a la misma vez. He visto esta esencia en mí despertar la confianza en otros para explorar con seguridad su propia esencia y mostrarla cuando se sientan listos, a su propio compás.

No sé si esta frase sea revolucionaria: Me alegra muchísimo haber envejecido. Envejecer es un verdadero privilegio que no todos llegamos a experimentar y a la vez un proceso que sucede desde que nacemos. Amo que mi cuerpo tome espacio, que pueda moverse en todas las direcciones que lo necesite, sea flexible, tenga fuerza, sea musculoso y refleje todo el empeño que he puesto en volver a mí. Tengo muchísima mejor condición física y salud integral que cuando era más joven. Me alegra que mi cara no sea la misma que a los 20’s ni la de mi adolescencia.

Agradezco que mi cabello sea tan resiliente que me ha permitido experimentar con él hasta encontrarme y al final volver a la raíz con mi color natural. Admiro las estrías, las cicatrices, los tatuajes y las marcas que han quedado en mi piel que cuentan historias de los lugares en los que he estado y han creado un mapa en mi piel. De igual forma este cuerpo no saldrá vivo de esta vida y puedo decorarlo a mi gusto como decoraría mi hogar pues ES mi hogar. Amo haberme vuelto amiga de mis ciclos, haberme explorado para comprenderme y seguir escuchándome para seguir expandiéndome como una enredadera acuática. Mi identidad de pequeña no ha cambiado, solamente se ha expandido. Continuaré pasando por transformaciones, expansiones, adiciones a esta esencia que siempre he sido, aunque haya intentado callarla para sobrevivir.

Hay una historia en el budismo sobre una persona en la montaña que en su descenso se encuentra un río y crea una balsa para pasar el río. Esta balsa le toma mucho tiempo hacerla. Cruza el río, llega a su siguiente destino y se pregunta si debe llevar esa balsa consigo por el tiempo y cuidado que invirtió en ella. Intenta llevarla, sin embargo, se da cuenta de que es muy pesada para el resto del camino y sólo entorpecería su descenso. En ese momento decide dejarla atrás para continuar. La vida es así, construimos con muchísimo esmero algunas características, estructuras o herramientas para mantenernos a salvo, para sobrevivir, para encajar y está bien reconocer el trabajo que nos tomó, de lo que nos protegió, lo que hicieron por nosotros, agradecerles y saber dejarlas en el camino para continuar avanzando, dejando espacio para crear en otros momentos cuando lo necesitemos.

Se siente bien volver a mí, se siente como volver a casa, colocarse ropa cómoda, hacerse un té, poner música y sentirse a salvo. Mi mamá hace poco me contó que una psicóloga que me evaluó para un proceso judicial cuando era niña le consultó cuál era mi color preferido y mi mamá dijo: arcoíris, le gustan todos los colores excepto el blanco, algunos tipos de café, el beige y no le encanta el negro. Definitivamente esa sigue siendo la respuesta correcta. Sigo siendo la que se ríe a carcajadas, la que busca la equidad, que ama pasar tiempo con las plantas, que no sólo sueña con un mundo mejor sino que intenta ser el cambio que desea ver en el mundo, la que juega en el agua, la que sopla burbujas, que ama a los animales y se asombra a diario por lo que encuentra. La salvaje, ruidosa, curiosa, imperfecta, caótica, oscura, luminosa, amorosa, gentil, coherente y concentrada esencia de mí que es mi identidad en constante expansión y creación. Identidad que decido mantener completa, tranformándose, creciendo como el micelio debajo de la tierra, conectando, sin diluir, sin recortar, sin achicarse para caber en espacios que no son suyos.

Nunca fue una falta de identidad, fue la vergüenza que se asoció a la incomodidad de la existencia de esta esencia. Vergüenza de la cual cada día decido dar un paso para quitar sus capas y recuperar la comodidad en mí. He llegado a la conclusión de que mi vida es un corto instante en el gran esquema de las cosas y de verdad decido amarla, abrazarla, experimentarla, vivirla desde quién soy para que en mi último suspiro los arrepentimientos sean mínimos y mi corazón se detenga agradecido, expandido y habiendo dejado una huella amorosa que trascienda el instante que fui.

Extrañar

A veces siento que me cuesta ser humana porque más de la mitad del tiempo no entiendo las sensaciones que tengo o cómo se llaman y necesito encontrarles tanto el sentido como el orden en mi vida. No es que no tenga emociones o sentimientos usualmente, sino que se ven o se presentan muy diferente de como los veo en las vidas de los demás, lo que hace más compleja la vivencia o explicarlos. Sé que hay muchas cosas que no se pueden explicar y aun así busco entenderlas para integrarlas mejor, ver cómo impactan en mi día a día, cómo navegarlas, conocerlas y aprender de ellas cada vez que aparecen.

Antes había extrañado, pero de forma distinta. Extrañaba uno que otro momento puntual como una salida, un paseo, un chiste o inclusive la versión de mí que había sido en ese momento o con esa persona en específico. De igual manera llegaba un momento en que eso nada más quedaba como un recuerdo, como una fotografía suspendida en el álbum de mis memorias o como parte del mosaico de mi vida o que simplemente al dejar de estar el “objeto” por una cierta cantidad de tiempo, olvidaba que había estado ahí. Quizás esta forma de extrañar la había sentido más después de un duelo en el que la persona ya había trascendido esta vida y aun así se siente distinto.

Ya pasó un año y dos meses desde la última vez que le vi antes de que la distancia física y emocional nos separara. Pensé que con el tiempo la sensación, las emociones o su recuerdo se borrarían de mi memoria como usualmente pasa, como las galletas que metí al cajón porque se ve ordenado y como no las vi más, se me olvidó que existían o aquella amistad no tan cercana que dejó de escribir o verme durante unos meses y dejo de recordarle. Para mi sorpresa tras un año y dos meses, silencio, distancia y demás, su recuerdo se hace presente en mí casi que a diario. Me he cuestionado por qué si considero que mi vida es completa. Amo a lo que me dedico ahora, amo lo que veo en el espejo, me despierto todos los días emocionada por el día, retomé todo aquello que me hace feliz, me encontré a mí misma nuevamente y el amor me acompaña en múltiples formas tanto dentro de mí como fuera. ¿Por qué me encuentro a mí misma en miércoles cualquiera extrañando la cotidianidad entre nosotros?

Tenía miedo de volver a la codependencia y es una línea muy fina que no aprendemos a identificar quizás hasta entrados en algunos años. Me daba miedo sentir poque no quería volver a depender de nadie para ser feliz y ahora que me siento completa, feliz, emocionada y auténtica, ¿por qué esa sensación no se va? No extraño quien solía ser cuando estábamos juntos, no extraño tanto las llamadas y los mensajes, extraño lo cotidiano. Extraño saber cuándo habíamos tenido un buen o un mal día por el tipo de café que tomábamos (o té en mi caso), resolver problemas, cuadrar horarios, discutir por el agua de la ducha en el piso o el no haber colocado una bolsa en el basurero. Extraño que al poner el agua para mi chocolate caliente pusiera el extra de agua por “lo que se evapora cuando hierve”.

Extraño el “pedí ensalada aunque no me gusta en un plato aparte para vos porque no te gusta que se mezcle con el sabor de otras cosas” y yo aprender recetas de cocina específicas porque no quería que extrañara lo que amaba comer. Extraño las tardes lluviosas compartiendo tonterías, riéndonos de algo (o alguien) y también los silencios. Extraño las discusiones, las estrategias para calmarnos y luego llegar a un punto medio. Extraño el no haber tenido que pasar por la fase de usar máscaras para vernos perfectos con tal de ser aceptado por el otro, sino haber sido auténticamente imperfectos desde el inicio. Por mucho que odie compartir mi vaso, taza, botella o cualquier utensilio con otra persona, extraño compartirlos con él. Otra de las cosas que me hace falta es compartir comida sin sentirme rara, de aquella que no tiene texturas extrañas, como las uvas perfectamente sólidas, las galletas crujientes, la papaya que no sabe a vómito, fresas firmes, el pescado sin limón, comida sin picante pero con sabor, todo separado en el plato como debe ser, entre otras “mañas” que pensé que eran sólo mías.

Me hace falta jugar sin importar nuestra edad, el hacernos cosquillas hasta llorar de la risa, reírnos de algo que sólo nosotros entendíamos y la sensación de hogar fuera de mi hogar. No sólo extraño las cosas pequeñas y lindas, sino las complejas como los silencios después de algo duro de digerir, las lágrimas, el miedo a la cercanía, la incertidumbre, navegarlo todo desde cómo aprender a comunicarnos, repartir responsabilidades, hasta los momentos grandes que cambiaron nuestras identidades y nos mostraron quiénes somos a la luz de lo difícil que puede ser todo. Extraño su olor en mi cabello todas las mañanas, hasta cierto punto su desorden e impuntualidad y también los momentos en los que al bajar la guardia sentíamos que podíamos poner todo nuestro peso el uno al otro y de alguna forma era una estructura que lograba sostenernos a ambos.

Alguna vez dije que amaría solamente si quedaba intacta y la verdad es que el amor con condiciones no es amor. Sigo aprendiendo sobre estos sentimientos tan contradictorios, agridulces y cómo encajan en una vida que se siente como la versión de mi vida que solía soñar cuando era niña, acostada en el zacate mirando las nubes pasar. En esa vida que soñaba no había un otro para compartirla, había personas que me amaban y me rodeaban, pero no alguien con quién lo compartiera todo desde la autenticidad de mi ser. Desde lo que he visto en películas, libros, vidas de otras personas, usualmente se muestra el amor como ese “perderse en el otro” y para mí fue encontrarme en esa independencia de dos mundos completamente distintos y juntos construir un puente para visitarnos en el mundo del otro, encontrarnos en el medio y por qué no en algún momento crear un mundo conjunto en ese puente que tengo cosas de los dos mientras nuestros mundos aún existen.

Extrañar es de las sensaciones más raras que he experimentado hasta el momento porque no es tristeza, no es dolor, no es nostalgia, no es melancolía, no es enojo, no es escasez, no es falta, es algo que aún no logro describir a pesar de que lo siento y quizás lo que mejor puede describir a esta palabra si tuviera que ponerle una definición es Claire de Lune de Claude Debussy. Si algún día la humanidad dependiera de mis habilidades para explicarle a seres no humanos cómo se sienten las cosas como humana, creo que estaríamos perdidos porque muchas no se pueden explicar, solamente se pueden vivir.

Dejar una luz encendida

Dicen que el amor duele, pero he llegado a entender que eso no es verdad. Es lo único que trasciende el tiempo, la distancia, el lenguaje y hasta la vida misma. El amor no duele, son las expectativas, las presiones sociales, lo que nos han vendido durante años que es el amor: intensidad, fuego, control, dependencia, salvación, sufrimiento, sometimiento, una vulnerabilidad, estupidez transitoria, entre muchas otras cosas que no son para nada lo que es y por ende es común confundir abuso con amor.

Al conocerlo sentí un terror absoluto de ser vista en mi imperfección, de sentir, de perder el control, de rendirme ante la experiencia de amar y de apegarme. Intenté de todas las formas posibles volver a lo que en ese momento pensaba que era seguro y la definición errónea de amor que había forjado con mi experiencia de vida. Recuerdo de forma cómica la letra de una canción que cantaba cuando me di cuenta de mis sentimientos: I’ll love you if you leave me intact. “Te amaré si me dejas intacta”. Digo de forma cómica porque inevitablemente amarlo y ser amada claramente me dejó cualquier cosa menos intacta. Puedo decir que esa experiencia fue lo que me permitió el cambio de 180° que he vivido.

En lo personal había interiorizado la frase común: “el que se enamora pierde”. Esta frase para mí representaba que el amor era un juego de poder en el que involucrarse era ser débil, una vulnerabilidad de la que podían aprovecharse, abrir la sensibilidad como una puerta para ser lastimada y una trampa de pérdida de tiempo en la que sólo los estúpidos caen. Socialmente también es muy común decir que las relaciones, en especial aquellas comprometidas o los matrimonios, son consideradas en “bromas” como: cárceles, una condena, se acabó la diversión, resignación, búsqueda de personas fuera del vínculo, una cruz muy pesada y más trabajo.

Para mí, como mujer, amar representaba perderse en la otra persona, dejar la libertad de lado, someterse, abandonar mis intereses y la vida que había construido para complacer a otra persona. El amor venía con renuncias, sacrificios, silencios, un peso enorme sobre mi espalda, sin poder bajar la guardia y siempre estar alerta a cualquier señal que indicara levemente que podía irse. El abuso, violencia y maltrato disfrazado de amor ciertamente es real, más cuando es justamente a ese al que le hacen mayor marketing. Tiene completo sentido el haber reaccionado con miedo en vez de curiosidad, receptividad y apertura. Me he encontrado en los últimos meses que las personas tienden a tener mayor resistencia y poner más a prueba el cariño que la agresión porque al parecer el cariño es algo que no se da libremente, sino que siempre viene con algún condicionante.

Mirando en retrospectiva, mi confusión y dualidad hacia este ser tenían una razón de ser. Honestamente no sabía qué era exactamente lo que sentía porque no calzaba con las definiciones de amar o estar enamorada que había escuchado anteriormente. Cuando sentí la confianza para abrirme con unas cuántas personas sobre la situación enfrenté dos preguntas que no fui capaz de responder: ¿Estás enamorada? ¿Lo amás? Me quedaba helada ante ellas porque bajo sus definiciones, era un rotundo no. No me sentía estúpida, no quería hacer cosas estúpidas por él, no tenía ganas de abandonar mi vida o cambiar mi forma de ser para agradarle, tampoco sentía mariposas, mucho menos estar feliz todo el tiempo, no sentía la necesidad de estar amalgamados, ni celos, ni cubría sus defectos para hacerlo perfecto, ni quería maternarlo.

Lo que sentía era una tremenda paz, quería que fuera feliz con o sin mí, deseaba su mayor bienestar, estar cerca suyo me daba sueño, su presencia me brindaba seguridad y claridad, veía sus defectos y virtudes por igual, me retaba a mejorar, tocaba partes incómodas de mí y quería que creciéramos juntos. Compartir tiempo con él no se sentía como una obligación, no era tedioso, sus largas llamadas las recibía con gusto, a diferencia de la incomodidad que siento cuando suena el teléfono y a pesar de que mi vida ya es bastante colorida, su presencia traía una luz especial para todos mis colores. Lo escogí cada día de forma consciente. Hay personas que dicen que morirían por alguien, yo digo que elegí vivir. Tanto así que una vez dije que por él iría al mismo infierno y lo cumplí. Fui y volví de mi versión del infierno, transformada por el fuego, determinada a vivir.

Pareciera que todo fue fácil, ¿no? Definitivamente amarlo ha sido de las cosas más difíciles que he hecho. Decidí descender hasta las profundidades más oscuras de mi sombra, mostré lados de mí completamente fracturados, salieron a relucir mis inseguridades, mis grietas, las heridas que había llevado conmigo antes de que él llegara a mi vida. ¿Y él? Me presentó también a su sombra, sus heridas, sus fantasmas. En muchas ocasiones fue irritante, incómodo, desastroso, caótico, confuso y crecer se sentía como dolor. Era como cuando se tiene una herida infectada que al limpiarla para curar el área arde, duele, se ve desagradable y aunque se sabe que es por el mayor bienestar, no es algo placentero en su momento.

Más que una carrera o un juego para probar al ganador, era una danza que aprendíamos juntos en la que tomábamos turnos para guiar, con música a veces más rápida, otras más lenta, algunos pasos hacia delante, otros hacia atrás y era inevitable majarnos de vez en cuando. La danza es quizás lo que más se asemeja a nuestra conexión: mucha comunicación no verbal, desarrollo de confianza, sincronía, movimiento, coordinación, complicidad, muchas risas e inevitablemente frustración. Muchas veces cuando se ve un baile, se ve sólo lo bonito, sin embargo, se ignoran las horas de ensayo, aprendizaje, habilidades y memoria que tomó para que se viera así.

Él no llegó ruidosamente como las demás personas que habían estado en mi vida. Llegó en silencio, como un ninja que burló toda la seguridad y cuando me di cuenta, no sabía qué estaba pasando o por qué sentía una inexplicable calidez en mi pecho cada vez que lo veía o por qué deseaba tantas cosas buenas para él. Su forma de amarme no fue con palabras, ni enormes demostraciones de afecto. Fue a través de su constancia, paciencia, acciones, regulación y tiempo que lo hizo. Antepuso muchas veces sus propias necesidades con tal de asegurar mi bienestar, hizo malabares para incluir tiempo para mí dentro de su ajetreada vida, se aprendió todas las cosas que amaba, mis horarios y se arriesgó a hacer cosas que le aterraban como confiar, abrirse y aprender a reconfortar en medio del llanto por mí.

Sus palabras, aunque fueron pocas, hacen eco hasta el día de hoy. Su presencia fue la luz que me guío en muchos momentos oscuros en los que no veía solución, en las noches en las que no podía parar de llorar y solamente me escuchaba hasta que me calmara, aunque ambos pudiéramos dormir sólo unas cuántas horas. Con él aprendí a pedir ayuda, a que no era “demasiado”, que mi sensibilidad y expresividad no eran un estorbo, a ser yo misma sin miedo y a estar cómoda con la incomodidad. Dos frases que para mí cambiaron mi forma de reaccionar fueron: “Sé que podés sola, pero no tenés que poder sola” y “Lo que sea que pase, lo vamos a enfrentar juntos”.

Por cuestiones de la vida, nos tuvimos que separar físicamente. Fue un acto completo de fe y al inicio claro que dolió, lo extrañé, lloré y me cuestioné muchas veces si fue real, si fue mutuo o si sólo vivió en mi mente. Una parte de mí se fue con él, esa es una forma de verlo. Otra forma de verlo es que una parte de él se quedó conmigo. Hoy puedo decir que sin importar el título del vínculo, la duración o lo que otras personas piensen: fue real. Cada abrazo, risa, discusión, sueño, beso, lección, silencio, palabra, todo fue real y valioso independientemente de si nos volvemos a encontrar o no y lo atesoro como el regalo que fue.

Hoy puedo decir que amar muchas veces se siente como dejar la luz encendida o volver a encender la luz. Lejos de volverme débil, me volvió fuerte con suavidad. En vez de lastimarme, fue bálsamo para mis heridas. Al contrario de cegarme, me abrió los ojos. Me devolvió a la vida en lugar de quitármela. Volví a conectar con mi esencia, inteligencia, sensibilidad, creatividad y expresión en vez de embrutecerme. Me doy cuenta que al negarme al amor o ver el amor de la forma que lo hacía, me negaba a mí misma, el amor que podía darme y el que podía tanto dar como recibir de otros.

¿Que si me gustaría volverlo a ver? Definitivamente. Aunque si no lo veo de nuevo y esta era la historia que tenía que ocurrir, agradezco infinitamente haber coincidido y espero haber tenido un impacto similar sobre su vida. Lo que siento por él trasciende el vínculo, el tiempo, la distancia, la comunicación, es algo tan grande como lo que siento por la naturaleza, por mí, por mis pasiones y por la vida en sí. Puedo decir que forma parte de mí, no de una forma dependiente y extraña, sino de la misma forma en la que el polvo de estrellas vive en mis huesos. Es quizás lo que las personas religiosas llamarían “el amor de Dios”. Un amor puro e incondicional cuyo eco deseo que le acompañe en las buenas, en las malas, en esta vida (y en las otras si es que las hay) y que en todo momento sepa que es amado por quien es.

El amor no ata, no duele, no descarrila ni lastima, fue lo que me devolvió a la unidad, a la gentileza, a la presencia y a estar alineada con quien soy. Me permitió soñar con una vida que jamás pensé que tendría y día tras día a través del placer, curiosidad, constancia y seguridad he logrado comenzar a construir. Hoy decido escribir sobre esto con total apertura y lejos de volver al oscuro hermetismo vuelvo a dejar una luz encendida,

Electricidad

¿Recuerdas que el agua es un medio conductor de electricidad?

Tu presencia no es fuego, es electricidad pura que me atraviesa.

Te sientes como luz, calor y a la vez como peligro si hay contacto.

La distancia, el silencio y los límites son lógicos ante el riesgo.

Ante tanta carga energética moviéndose a través de mí que soy agua,

La consecuencia de electrocutarse se convierte cada vez más tentadora.

Por separado no somos fuego, pero en combinación existe el riesgo de incendio.

Un incendio imparable, capaz de arrasar con la vida que ambos conocemos.

Me mantengo alejada, contenida, alejada del cortocircuito de los cables de tu mente.

Culpa no es una palabra que exista para esta agua ni para esa electricidad.

Lo que sucede es una simple reacción entre dos materiales que se atraen.

Podemos comunicarnos a través de un material seguro como el vidrio o goma.

Este vidrio divisorio que me contiene de entrar en contacto con tu corriente

Ese caucho que aún recubre algunos de los cables de alto voltaje que llevas.

¿Sabes cuánto tiempo resistirá ese caucho? ¿Sé cuánta presión resistira este vidrio?

Espero sea lo suficiente en ambos escenarios para estar preparados para el incendio.

¿Será que ese fuego abrasador valdrá la destrucción que cause a su alrededor?

¿Estás dispuesto a fundirte en el fuego absoluto y transformador de esta reacción?

El día que las barreras caigan, que tus cables entren en contacto con mi fluidez,

Será el día que sabremos que podemos soportar el incendio que se genere.

Es parte de la naturaleza de nuestra composición y posible reacción conjunta.

Hemos conocido las chispas, los pequeños incendios que nos han preparado.

¿Realmente estaremos preparados para cuando ese momento llegue?

La presión solamente incrementa dentro de este envase de vidrio que me contiene.

Electricidad, qué complejo resistirte cuando en mi naturaleza está conducirte.

Integración

Pasaste por cada sensación debajo del sol por aparte,

Ahora es momento de poner todas estas sensaciones juntas.

Conociste las profundidades del dolor, las cumbres de la felicidad,

Las cuevas de la incertidumbre, los valles del amor, llanuras de estabilidad,

Las mareas de la pérdida, los ríos de verdad y los desiertos de soledad.

Has sido viajera sin necesidad de un pasaporte ni aviones ni maletas.

A través de este viaje más que llevar equipaje, te has deshecho del que tenías.

Es hora de integrar cada uno de ellos y mirar más allá de la suma de sus partes.

Abrazaste con valentía cada vez que sentiste que morirías desintegrada en ellos.

Dejaste de sobrevivir a la presión y empezaste a moverte con ella.

Ciertamente moriste más de mil muertes y renaciste después de cada una.

Permite a la integración del paisaje mostrarte que todo es un continuo.

Es un espectro como los colores, como vos misma en este viaje que emprendiste.

Está bien si hoy te dedicas a integrar, a descansar, a darte cuenta que sos distinta.

No te juzgues si hoy paras, si tus palabras no salen, si no deseas conectar y solo existir.

Miraste hacia el abismo con la absoluta confianza que de él algo emergería.

Ciertamente algo emergió y fuiste vos. Cada una de tus capas desintegrada por el vacío.

Tal vez has sentido que has ido lento y no te has dado cuenta de lo mucho que has avanzado.

Dejaste una vida completa atrás, renunciaste a todo como si supieras que habría algo más.

Tantas veces te quedaste sin aire llorando sin comprender lo que pasaba, sólo seguías.

Ha dolido tanto y a la vez has probado el éxtasis absoluto, disuelta en el mar de la infinidad.

Lo que parecía detenido, ya no lo está. La fuerza que perdiste solamente se transformó.

Todo aquello que pensaste que no tendrías está en la punta de tus dedos, lo sientes venir.

Ya no huyes de tu verdad que te ha hecho libre, te ha sostenido y destruido para volver a crear.

Decidiste tomar cada pedacito del rompecabezas que te quedó después de que el viento azotó.

Había piezas que no te correspondían, otras que eran tuyas en otros lugares y tuvo sentido.

Dejaste de buscar señales exteriores para darte, a cambio empezaste a dar desde lo que sos.

Sabías que podías lograr lo que pediste porque estabas dispuesta a darlo todo por esa verdad.

Te desprendiste, como quien entrega un tributo, de todo lo que habías aprendido que eras.

Aún en medio de la incertidumbre, suspensión y  pausa te mantuviste firme en tu decisión.

Las pruebas llegaron como tempestades, te abatieron y no flaqueaste nunca en tu elección.

Llegó el momento en el que rugiste más que las tormentas y tu silencio fue el reflejo del vacío.

Puede que pienses que has dado sólo el mínimo, pero no es un viaje común el que has hecho 

Lo que consideras mínimo, desde fuera se ve como la danza más compleja hecha simple.

Has hecho que lo difícil sea simple, disfrutable, con gracia, divertido, cómodo  e inspirador.

Sonriendo a través de las lágrimas, siendo calor en el frío y luz en medio de la oscuridad.

Te convertiste en la presencia del amor y seguridad ante el rugido de la desconexión y miedo.

Superaste todas tus expectativas, sentido todo lo que creíste no sentir, expresado con tu voz,

Dejaste libre por fin tu risa, diste rienda suelta a tu intensidad e imaginación para escuchar.

Las lágrimas que hoy corren no son de tristeza, sino señal de que la fluidez recuperó su lugar.

Dejaste la coraza de hielo buscando perfección, para ser líquida, imperfecta, real, abundante.

Alguna vez escuchaste que los ríos por más que le modifiquen el curso vuelven a su cauce.

Arrasan con todo aquello que haya sido construido y como vos no piden permiso para volver.

La inundación pasó, el recuento de los daños fue hecho, el escombro se limpió, queda integrar.

Está bien si hoy no hay más que eso, arte, música y tareas pendientes esperando a mañana.

Días como hoy no pasan a menudo, se sienten como la  primavera en la antesala del invierno .

Integrar toma la misma valentía, soltura, disciplina, alegría y demás que durante la tormenta.

Como el artista mirando su creación, da un paso atrás para que veas tu propia obra llamada:

Integración

Deseo

Déjate ir, deja de sentir culpa por desear.

Siente el deseo como sientes alegría o tristeza.

Deja de esconder tu deseo debajo del enojo.

Tu asertividad es tu deseo marcando el límite.

¿Tan malo es desear? En desear está la magia.

Si puedes desearlo, sabes que lo mereces, que es tuyo.

Sabes que tienes lo que se necesita para hacerlo realidad.

¿Qué es en realidad la oscuridad? ¿Tiene una sola característica?

La oscuridad es sólo parte del continuo más allá de la dualidad.

Recuerda que en su danza con la luz, toma forma y relieve la realidad.

Siente el fuego arder en tu interior, así como sientes el amor universal.

Permítele arder, deja que suba y baje por tu ser, que evapore tu agua,

Que te convierta en la lluvia de la tormenta que apaga de la Tierra la sed.

Permítete ser transformada y aceptar que debajo de la superficie hay más.

La verdadera alquimia se da cuando dejas de resistir y cedes el control.

Cédelo de una vez, entiende que si fue puesto dentro de ti por algo es.

No es ser egoísta, es manifestar la sabiduría a través de sus distintas formas.

Recuerda que eres más que un alma, eres la crudeza también de tu humanidad.

Bailarás en el medio mientras seas esta composición entre biología y algo más allá.

Nada tiene inicio ni fin, nada es bien ni mal, es sólo un espectro que conoces bien.

Has sabido desde tu primer latido que este no es tu primer rodeo ni el último.

El deseo es el calor que se necesita para descongelar el hielo para volver a ser.

A ser marea, oleaje, río, porque eres agua que estuvo estática por milenios dormida.

Llegó el momento de fluir, de mostrar toda la vida que se congeló en ti.

Permítele a ese calor reencender ese corazón. Evapórate para que acabe la sequía.

Cuando llueva y la sequía acabe, se llenarán los ríos, se moverán las corrientes de los mares,

Se reestablecerá entonces el balance: El viento llevará tu mensaje, la tierra volverá a la vida.

El fuego volverá a ser calor y refugio, el agua limpiará aquello que ha muerto y traerá creación.

En tus incomodidades más grandes se encuentran las llaves a las puertas que buscas abrir,

La época de ocultarse terminó, con este nuevo ciclo ya no vives la tormenta, eres la tormenta.

Deseo es la palabra humana que se le da al poder para transformar y crear.

Entiende entonces lo siguiente: Tú eres deseo.

Abraza lo que eres.

Vacío

¿Qué es el vacío sino la existencia de todas las posibilidades?

El cero tiene la función de recordarnos que el vacío toma espacio.

Donde parece que nada pasa, hay oscuridad y silencio existe el todo.

Dentro de las grietas del todo, a simple vista, existe la nada.

La nada que tanto aterra es el espacio de cultivo para la creación.

La vida germina primero en la oscuridad antes de asomarse a la luz.

Te lanzaste voluntariamente al vacío, te entregaste completamente a él.

Le dejaste engullirte en tu totalidad con la plena confianza de resucitar.

Te sentiste disolver, permitiste que cada sensación se moviera a través de ti.

Cediste todo control, toda expectativa, dejaste atrás todas tus ataduras.

Le sentiste inundarte, abrazarte, descomponerte y crearte una vez más.

Dejaste de escuchar cualquier cosa que no fuera el ensordecedor vacío.

Rendirse ante el vacío es entender que es el punto cero de la creación.

A pesar de lo doloroso del proceso que se siente como morir mil veces,

Es tener la certeza absoluta de renacer más auténtica en cada ocasión .

Te lanzaste como te has lanzado al agua, sabías que volverías a la superficie.

La luz viaja a través del agua y del vacío, así como la vida surge de ambos.

¿Sabías que eres la expresión en forma humana de las infinitas probabilidades?

Opciones

Escoger es fácil cuando no se tienen opciones,

Porque es la única opción lógica y viable.

La verdadera prueba es cuando se puede decidir.

¿Qué tan libre es el libre albedrío cuando no hay más?

Dicen que siempre hay otra opción, pero,

¿Realmente hay otra opción si no se puede ver?

La demostración del norte, llega cuando se presenta otro rumbo.

Un rumbo que quizás en un pasado fue seguridad y elección.

También llegan rumbos que se sienten como promesas,

Sin embargo, algo en el interior te jala y te dice que no.

¿Cuándo piensas en tu norte te hace vibrar de emoción?

¿Te hace brillar los ojos y afrontar la completa incertidumbre?

Si es así, la decisión está hecha y flaquear no es una opción.

El pensamiento de poner en peligro ese escenario es suficiente.

El cuerpo conoce el camino, el alma lo guía y el ego se alborota con duda.

Calma viento, calma fuego, que la tierra y el agua se encuentran.

Te escojo. Te escojo entre todas las opciones.

Te escojo en el silencio, en la distancia, en lo desconocido.

Escojo el norte en el que existes y nos hacemos compañía.

Escojo esperar, enfocar, construir, dar espacio a tu pregunta.

En más de mil vidas te he escogido y te seguiré escogiendo.

Escogerme a mí, es escogerte a vos una y otra vez.

Porque aunque existan otras direcciones con algunas características,

Sé cómo se siente mi norte en todo sentido y no me planeo desviar.

Una vez me dijeron que era el siguiente paso lógico,

No quiero “obsequiarle” eso a nadie más ni se lo deseo.

Me gustaría obsequiarnos el escogernos a pesar de.

A pesar de las opciones, de los cambios, del tiempo.

La verdadera prueba no es la monotonía, es la novedad.

Lo que sucede cuando se pierde el ritmo, cuando cambia el son,

Mi claridad es absoluta, al igual que mi determinación, aquí estoy.

En el libre albedrío soy, sos y somos la estrella que guía el camino.

Escojo con vos disfrutar de todo el recorrido, no solamente llegar al destino.

Agua

Eres agua y siempre has sido agua.

Eres agua materializada en un cuerpo humano.

Te convertiste en hielo por necesidades de la vida,

Pero llegó tu tiempo de recordar cómo se fluye.

Has fluido por más tiempo del que has estado estática.

Recuerda que el agua puede ser líquida, sólida y gaseosa,

Pero siempre es agua.

Por más que intenten contenerla,

Por más que tome la forma de lo que la contiene.

Tiene memoria de que fue, es y será: salvaje.

Su naturaleza es el movimiento y su fuerza es absoluta.

El agua llega a los lugares menos imaginados.

Entra a través de las grietas de forma sutil,

Con fuerza para recuperar el cauce que le fue quitado,

Con constancia para crear nuevos caminos y figuras

A veces ruge sin temor, mostrando su fuerza y poder,

Como las olas del mar contra las rocas en la costa.

Otras veces muestra su gentileza, sutileza y diversión,

Como las mismas olas tocando los pies al caminar en la orilla.

Eres agua y lo más cercano a eso en humano es emoción.

Lejos de ser un error de programación es tu composición.

Sos energía en movimiento, adaptable, constante, tenaz, fluida.

Podés congelarte, podés evaporarte o fluir que siempre serás agua.

Mira a tus emociones como la guía de vuelta a tu esencia.

El agua no oculta su profundidad, ni su fuerza, ni su capacidad de crear.

Como agua, simplemente es y se presenta en todas sus versiones tal cual.

Quizás no abras caminos quemando lo viejo para dar paso a lo nuevo,

Ni lleves en tus ráfagas los sonidos de las llamas o voces,

Ni mantengas tu forma de manera sólida durante milenios, pero,

Recuerda que el agua es aquella que da y sostiene la vida en este planeta.

Eres el inicio y eres el fin: Existías desde antes de encarnar y existirás.

Eres oleaje, corriente, lluvia, vapor, rocío, catarata, quien calma la sed

Que no se te olvide que tu poder es poder sin importar cómo se ve.

Puedes crear y sostener la vida, pero también la puedes quitar.

Ten seguridad de derretirte con el calor de tu corazón y emoción,

Porque solamente cambiarás de características físicas y sensación.

Tu composición será la misma que cuando fuiste creada en un inicio,

Perfecta para todas las misiones que has llevado a cabo.

Escucha el sonido de la sangre correr por tus venas y tu corazón,

Te recordará tu origen más allá de las estrellas y este cuerpo que tienes.

Deja a tus emociones moverse a través de ti, muévete con ellas y fluye,

Fluye porque eres agua, siempre lo serás, sin importar la forma ni el lugar.

Confía en quién eres, quién siempre has sido y serás.

Que este recuerdo sea la brújula que te lleve a casa.

Que sepas que aquello que llamas “hogar” siempre has sido vos.

Eres agua que con tu intensidad cambia al mundo y calma la sed.

Abraza todo aquello que te dijeron que estaba mal:

Tus emociones, tu intensidad, diversión, fuerza, movimiento, profundidad

Y míralo con esta información, esa es quien siempre estuviste destinada a ser.

Fluye, avanza con tu ritmo recordando tu composición: Eres agua mi corazón.