Lo que te hace vos

Tomate la noche libre, para vos, para hacer cosas que has querido hacer por mucho tiempo. Ese darse el chance para el autocuidado, con la candela de lavanda que tanto te gusta y una taza de té que vas a disfrutar mucho más que cuando estabas en el trabajo, sentada en el piso y escuchando la lluvia caer en la calle, en el techo, en todas partes. Poné la música que te hace feliz y dejá tirado el celular por ahí. Necesitabas este tiempo para volver a casa y ponerte atención, sin llenarte de tantas cosas que hacer, de tantas responsabilidades que tenés día a día, nada más dedicarte a respirar.

Hoy por primera vez en años viste un árbol de granadas, te diste cuenta que pasás por ahí muchas veces, casi que a diario y por primera vez lo notaste. Esos árboles son delicados, dijo la persona al otro lado del teléfono, no se dan en cualquier clima. Te diste cuenta que vos compartías algo con ese árbol mágico que acababas de ver. La última vez que te comiste una de esas frutas fue hace quizás unos ocho años, cuando la desgranabas y el jugo morado entre amargo y dulce te caía por los brazos y comías las pequeñas semillas una por una, sin siquiera saber lo difícil que era que ese árbol estuviera ahí porque te parecía lo más común hasta que ya no lo fue.

Esa fue tu llamada de atención para moverte y para darte cuenta que por fin estabas presente otra vez. Cuando tus ojos se llenaron de las pequeñas flores rojas de ese árbol, de las florecillas enanas de los árboles de mango que anuncian que se viene la cosecha para junio y tus favoritos, los de las flores rosas con centros amarillos y troncos entre gris y café. Volviste a estar en el mundo, dejaste de preocuparte por lo que pudiera o no pudiera pasar. Caminas a paso relajado por la ciudad, con los ojos bien abiertos para aquello que buscas y también la conciencia del movimiento que lleva tu cuerpo que ahora se mueve como una hoja de cualquiera de esos árboles que viste de camino.

Te preguntás en medio de música, de movimientos lo que sos. Usualmente no hay una forma de describirnos más allá de los adjetivos que nos damos y nos dan los demás. Lo curioso es la forma en la que nos planteamos esa imagen dependiendo de la connotación que le den a ese adjetivo. Dejá de hacerle la guerra a esos adjetivos que usaron para describirte porque eso es lo que te hace vos. Te hace vos tu carácter fuerte como una roca, tu personalidad vibrante, cálida y abrasadora como el fuego, fuego que se esparce por todo lado, pero que se adapta y fluye como agua, que baila, que refresca, que se despeina como el viento. Porque vos sos pelo de noche, corazón de sol, sos una combinación de mil y un elementos que te hacen lo que sos y no es justo poner barreras al mundo por la interpretación de tu naturaleza impactante por parte de terceros.

Vos y tu chispa seductora, tu forma tan amarilla de ver la vida, de llenar de colores hasta los lugares más oscuros y tu instinto fuerte que te convierte en quizás la independencia, el ancla y las alas que necesitas para sobrevivir. Empieza a sonreír de nuevo, a verte en el espejo como aquello que eres. Tal vez seás un poco intensa y un poco creída, qué más da, si todos tenemos defectos, pero tu mayor ventaja es siempre ver más allá con el corazón y que aprendés de cada uno de los retos que te aparecen en la vida. Te ríes de tu torpeza, “salvajismo” y habitas un mundo de vez en cuando creado por vos, donde hay mucho tie dye, flores, música que te recuerda a tus lugares en medio de la naturaleza.

Lo mejor de esta historia y de esta noche es que ya te vas conociendo más, te vas vistiendo más acorde a lo que tu alma te pide: vestidos de días soleados, sandalias más ergonómicas, pantalones abombados, tacones gruesos… te vas convirtiendo a través del guardarropa en lo que siempre has querido ser: una mezcla entre Earthy, ruda y a la vez dulce como una brisa de esas de cambio de estaciones. Te sabés un ser cíclico y bien sabés que ya estás preparada para lo que el fin de semana te pueda traer ya que tu secreto es activamente protegerte, protegerte con luz, con sol, con todo el amor que te pueda brotar de ese metro y poco más de 60 y resto de centímetros.

Absolutamente cada detalle, cada neurotransmisor, cada adjetivo reconocido y amado, eso te vuelve vos. Te vuleve vos las noches como esta, porque como el árbol de granada, siempre estás ahí pero no te ves hasta que te detenés, sonreís y existís.

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Incorporiedad

No sé si aún leas mis historias, no sé si esta sea la única forma que tenga de hablar contigo. Nunca me dijiste si me seguías o no, si te llegaba alguna alerta cuando se publicaba algo o si simplemente has decidido ignorar cualquier alerta de mi existencia porque así tuvo que ser, sin explicaciones, ni tiempo para disculpas, ni debatir qué iba a pasar. De un pronto a otro ya no hubo más y creo que no acostumbramos a vivir así, uno sin la presencia del otro. Sé que siempre me pregunto cómo hacen las personas para dejarse así, sin nada qué decir, pero creo que esta vez la vida me dejó con la boca cerrada y me demostró que a veces, así pasa.

Me pregunto si aún piensas que existo, al menos como una hoja que flota en el árbol de tu memoria, un breve rayo de sol que te recuerda algo en los días nublados o si del todo te has forzado a hacer añicos la breve presencia que tuvimos en nuestras vidas. Me pregunto si habrás olvidado mis ojos, la forma en que te veían como una vieja amiga, la electricidad que sentías correr por mis manos y que recorría tu cuerpo. No sé si ya se te han borrado las bromas, la inocencia y el mundo de fantasías que habíamos creado.

Se me han multiplicado los SCOBY para mi kombucha y la verdad no sé qué hacer con ellos. Muy probablemente ya hubieras sabido qué hacer con ellos o me habrías dado ideas para utilizarlos, tal vez como sombrero o una mascarilla porque ya me estoy poniendo vieja. Me han pasado cosas que quisiera contarte, que con todo entusiasmo quisiera dramatizar y darnos una mirada cómplice para después reírnos. La verdad es que extraño saber que puedo hacer a alguien estremecerse sólo con mi nombre y te sonará egoísta, como ya has de pensar de mí, pero la verdad es que quizás me cuesta mucho saber que impacto las vidas de los otros y me gustaría pensar que por breves momentos mi presencia fue como el destello de sol que se cuela entre las hojas.

Las cosas son lo que son. He dejado de visitar lugares porque ahí se escribió parte de nuestra historia, he dejado de abrazar de cierta forma porque siento que es como faltar a tu memoria. De aquellas cosas que quedan mejor sin decirse, de aquello que sucede aunque los cuerpos nunca se toquen, pero se sabe que está ahí. Luego de nuestra partida,  las cosas cambiaron por aquí. Me volví un poco más reservada, más maliciosa y claramente me enfoco más en lo que tengo al frente y debo admitir que no me va tan mal en ello.

De vez en cuando te cruzas como una estrella fugaz en el firmamento de mi memoria. Sí, aún te pienso y me pregunto si piensas en mí, si recuerdas las historias, el hablar hasta tarde y por breves instantes de nuestras vidas haber sido confidentes sin así haberlo planeado. Crúzate a lo lejos y si llega mi mensaje a vos, espero que sepas que es tuyo y de cierta forma me mandes un mensaje de humo por aquello que alguna vez tuvimos y considero fue sagrado.

~Así son las cosas, de a pocos se me ha olvidado tu cara, se me olvida todo, excepto como esa pincelada de intimidad incorpórea me hizo sentir.

Unas cuántas líneas

Tengo tiempo de no escribir, pero sé que se avecina una pequeña tormenta tropical en mi cerebro y tiendo a volver el mismo recuerdo una y otra vez cuando siento que todo se va a descontrolar. Es la misma luz, la luz del sol de la tarde colándose por las hojas. Las hojas de tu jardín, las hojas del bosque, las de los árboles en la calle. De cierta forma esa luz entre cálida y tenue me recuerda momentos de tranquilidad, de ser un océano de paz en el que las olas se mueven suavemente y me mecen. Esa luz que se refleja en ojos cafés que siempre me dicen: todo va a estar bien.

 

Consejos del Buda interior

La mayoría pensamos que las deidades rigen nuestra vida desde afuera, pero dentro de mí, desde una semilla de mostaza un rayo de luz se cuela y me guía. Las situaciones últimamente no son lo que esperaba ni mucho menos mis reacciones son las que usualmente hubiera esperado de mí. Creo que esta semilla ha ido creciendo, echando raíces y me canta, me arrulla, me abraza desde adentro y de a pocos me muestra el camino paso a paso. Mi semilla se mantiene calma, se mantiene luminosa y espera, siempre espera el momento correcto para hablar. Espera al momento en el que la avalancha cede y me cubre con su amor.

Usualmente no me callo lo suficiente o hablo demasiado y a veces hay demasiadas incongruencias en lo que digo que a veces ni yo lo entiendo. La vida me regaló un cerebro desordenado, con un cableado extraño que a veces ni yo entiendo, pero me dio la capacidad de tener algo que me acompaña desde dentro. Mi semilla me habla en este momento, nunca me había hablado antes así como hoy y fue concisa:

Soy la semilla del Buda dentro de ti, siempre he estado aquí pero ahora eres capaz de escucharme. Ahora que me escuchas quiero que sepas que sos más valiente de lo que crees y que el camino que vas a seguir no va a ser fácil. Ser vulnerable va a ser lo más valiente que hagas y para eso, no puedes permitir que tu cabeza sea tu guía, tu cabeza no está cerca del suelo. Para seguir tus pies deben tocar la Tierra y abrirte al universo de toda forma posible. Sé que piensas que no podrás, pero vas a aprender a confiar, a escuchar con más que las orejas y vas a aprender a ponerte en los zapatos de los otros de una forma que antes ni habías considerado. Ya empezaste bien, cortaste las ataduras y te comprometiste en este viaje, dispuesta a dejar atrás todo lo que creíste saber. Confía, sé paciente, gentil contigo y con los demás, escucha con todo tu ser y comprométete, sobre todo lo último, no te des por vencida, todo estará bien.

Mi semilla me sonríe y yo le sonrío tiernamente, le agradezco por su consejo porque es más sabia de lo que pude esperar. Sé que el camino no será fácil, pero lo fácil rara vez vale la pena, no es apego si estás dispuesta a dejar todo atrás y reconstruir con esfuerzo, dejar ir, dejar atrás, es amar.

Entre azul y amarillo

La verdad, nunca me imaginé siendo así. Caminando con paciencia y apresuradamente por las aceras, lanzándome a otra cosa que no sean conclusiones y estando de un lado muy diferente al que ya se había trazado para mí. Creo que nunca podemos escapar a nuestra verdadera esencia, a aquello que por más que tratemos de esconder, no se puede huirle toda la vida o el dolor que causa es un precio muy alto para una vida que no queremos vivir. No me imaginé haciendo caso a otra cosa que no fueran mis pensamientos a pesar de que siempre supe que mis pensamientos eran traicioneros, pero alrededor mío siempre me dijeron que la cabeza es en lo que hay que confiar, que el corazón, que la intuición no existen o no sirven.

Durante años escuché la voz equivocada, tomé los caminos incorrectos y me aferré a lugares en los que ni siquiera debí haberme quedado por mucho tiempo y siempre volviendo al punto de partido. El punto de partida siempre vacío y sin respuestas para mi cabeza, para los pensamientos que se escurren de los surcos de mi cerebro y callando todo mi cuerpo con tal de no aceptar lo que soy. Ser diferente no es algo para lo que realmente me habían preparado mientras iba creciendo, más bien se hizo lo posible por meterme en el molde de la chica siempre limpia, ordenada, peinadita y tranquila, con el pelo recogido, piel pulcra y silenciosa.

Quizás el hacer eso nada más me hizo un poco más rebelde y más sencillo cuando llegado el momento, decidiera quitarme la piel que me habían puesto encima, de camuflaje, de lo que se espera de mí y no de lo que quiero. Claramente arrancarse una segunda piel duele, duelen las heridas que va dejando ese mutar y buscarse muy muy dentro de sí. Duele el no estar preparada para ser lo que todo el mundo cuando crecías pensaba estaba mal, excepto por una persona que se parecía o parece mucho a mí. Espero que al envejecer no vuelva a mi caparazón, a esta segunda piel de la que me ha costado desprenderme por culpa del miedo y en la que me he escondida hecha un puño, como si no supiera que soy grande, fuerte, valiente como para descarapelarme y respirar.

Siempre dije que no sería como esa gente hippie rara que come super sano, hace cosas artísticas, que ama demasiado (porque claramente pensaba que no podía amar), que ríe fuerte, que va a ferias extrañas, que las disfruta y que disfruta las conversaciones muy por encima. Igual creo que cuando se niega algo desde ese punto de partida, de una forma tan represiva, es porque efectivamente aterra descubrir que así se es. Y acá estoy, escuchando a mi intuición, a mi cuerpo, al par de cristales que me llamaron y me dijeron: nos necesitamos. Ciertamente nos necesitamos porque ya no puedo hacer el viaje de vuelta a mí misma sin un apoyo, sin una señal de que lo estoy haciendo bien, que de a pocos se salen los rayos de color por las rajaduras en esta piel que no es mía.

Y me siento ligera, como una hoja de cortés amarillo en diciembre, que el viento la mueve en su dirección y a la vez se aferra al árbol que le da la vida. Como un globo de helio que liviano se eleva y resalta en el firmamento azul. Ligera como una llovizna así en las primeras semanas de marzo mientras llueve con sol y no es necesario sacar el paraguas. Espero mantenerme en este camino y no digo lugar, porque no quiero estar estática. Antes nada más podía hacerlo en la montaña, a solas o en el silencio cuando escuchaba aquella voz que me recordaba mi función, eran los pocos momentos en los que salía de ese lugar de resentimiento, de abandono, de miedo, de inseguridad y pasaba a ese lugar de apertura, compasión, de amor y comprensión.

De a pocos mi vida se fue permeando de esta sensación de que ya no podía limitarme a esos espacios para existir, para poder encontrar el punto amarillo dentro del huracán azul. Entonces se fue apoderando de mis sueños, de mis elecciones, de todo aquello que considerara no iba en la dirección correcta sino en la dirección de todo lo que había sido antes de hoy. Todos esos patrones autodestructivos, que a pesar de que no estuvieran buscaba para volver a la zona de confort donde a pesar de que no calzaba conmigo misma ni con la ruta que quería llevar. Aquellos en los que transformo el río que fluye en una represa para que siga la sequía, el caos que siempre ha sido mi vida, en vez de dejarme irrigar, de admitir que puedo tener algo bueno y estar bien con ello.

Lentamente he ido aprendiendo, y definitivamente no de las mejores maneras, lo que he leído en libros, de cómo irme abriendo, de cómo ser fuerte no tiene nada que ver con no ser vulnerable y que no siempre habrá una forma de escapar, ni a la montaña, ni al mar, ni a ninguna parte en realidad. Podemos ir y volver, pero la única variable que se mantiene en esos lugares y en la cotidianidad soy yo. Puedo encontrar respuestas en ese silencio, pero no siempre estará la posibilidad de ir, sino que puedo saber que hay un poco de todos esos lugares llenos de magia dentro de mí, al que puedo ir, a donde siempre estarán las respuestas y que si escucho con calma se revelarán con amor y si no escucho, crearán caos hasta destruir todo aquello que no concuerda con mi dirección.

El cuerpo es sabio, sabe cuándo decir: es tiempo. Es tiempo cuando no puedes dormir cuando estás sola, cuando la mayoría no te conoce por lo que sos, sino por lo que mostrás, en especial si toda tu vida has sido una excelente actriz. Lo malo de ser actriz es que cargás demasiados vestuarios, máscaras, escenarios y demás, no se goza con la libertad de la desnudez. Con desnudez no me refiero nada más al cuerpo y las modificaciones que le hago, sino a un alma sin armadura, a un corazón que canta, a unas raíces profundas y flexibles que suben por todo mi cuerpo, me irrigan y me salen flores por doquier, porque soy soleada, soy húmeda, soy un vendaval, soy nutritiva. No puedo ser seria, no puedo ser cuadrada, ni gris, ni callada, no puedo negarme a mí misma.

Soy la tormenta azul, soy el día soleado amarillo, soy el canto del pájaro, la conversación animada, el llanto tormentoso, y el arrullo cariñoso y maternal. Soy todo y soy nada a la vez. La vida puede ser confusa, en especial creo que muchas veces como personas en general no medimos lo que decimos y nos aterra aquello que es diferente a nosotros, nos aterra que nos muestre lados de nosotros que nos aterra aceptar. En ese lado de la no aceptación, del terror, lo único que hacemos es retrasar el proceso, detenernos más tiempo del que debemos en un lugar donde no pertenecemos.

Cerca de la zona de confort, del miedo, no habrá nada más que patrones que se repiten una y otra vez mientras nos preguntamos una vez más por qué salió igual a la vez anterior. Si seguimos entre el debate de lo que tengo que ser, lo que quiero ser y lo que en verdad soy, quedamos atrapados en medio de un triángulo de las Bermudas que si no cambiamos de foco, de perspectiva, nos ahogará y desaparecerá para siempre porque la este plano no es para siempre. Hoy ando abierta con esta aguamarina, que cuando descubro algo se pone verde y ahí está, entre el amarillo y el azul, encontrando la voz que pensé había silenciado hace algún tiempo, pero me alegra muchísimo saber que luchó y sigue aquí.

 

 

La ley de la atracción

Y todos los días la veo pasar, sentarse bajo el mismo árbol con la misma sonrisa contagiosa, su salveque de colores y varios libros que lee mientras está ahí. Me gusta imaginarme en que pensará, a que se deberá esa sonrisa todos los días, lo que dirán sus libros y si algún día podríamos sentarnos a charlar. Observo cómo se le deslizan los lentes, como se deslizan sus ojos leyendo línea por línea y siento cómo absorbe cada palabra en su cuerpo, cómo vive la historia o lo que sea que lee. La veo en verano, la veo en invierno y veo cómo su ropa varía día con día y nada más creo historias en mi cabeza sobre los mundos en los que ella vive. Imagino los lugares desde los que viene y los lugares a los que va después de estar sentada acá en su momento de pausa. Creo escenarios en los que se la lleva el viento como a las hojas de los árboles, en los que se transforma en ave y vuela, en los que se vuelve un torbellino que arrasa con todo a su paso y nada más te deja con lo único que necesitás.

Ella camina con calma y con una cierta alegría en sus pasos, como si no quisiera saber hacia dónde va y nada más disfruta de su caminata a pesar de que tiene los mismos horarios casi que todos los días. Pareciera que ella hace de cada día un día diferente y especial a pesar de que todos ellos se parezcan. Camina bajo la lluvia, camina bajo el sol y mira al cielo celeste como si fuera la maravilla más grande y respira, respira y se le infla la panza y exhala como si ese aire la limpiara por dentro. Parece que siempre anda en su mundo, se quita los zapatos y pone sus pies en el zacate, se ve cómo sus dedos dan espacio para que este pase entre sus dedos. Me pregunto por dónde habrán caminado esos pies, si están cansados o si más bien tienen ganas de explorar el mundo hasta no dar más, las cosas que sus ojos habrán visto, cuántos latidos creerá que realmente ha vivido, qué tal será el tacto de sus manos y la calidez de sus palabras.

La imagino mirando unos ojos frente a los suyos, ojos pasados, presentes y futuros. Imagino cómo será que abraza y la forma que tendrá de ver la vida. No la conozco, pero compartimos ese momento todos los días desde que notó mi presencia y me saluda con una leve sonrisa. Ella no sabe que la pienso, que pienso que habrá en su cabeza, la veo que escribe, la veo que dibuja, la veo que ríe y quiero que me contagie un poco de lo que ella siente, conocer un poco su mundo, saber que piensa sobre cosas importantes y sobre cosas no tan importantes.

Un día pasó al lado mío mientras iba con sus audífonos puestos, pasó como un vendaval y no se dio cuenta de mi presencia, asumo que iba tarde para su trabajo o para la universidad o para alguna parte, no iba con su aparente calma diaria, sino que iba atarantada, sin prestar casi atención a su entorno y sonaba entonces la siguiente letra:

I can’t stop this breaking loose
This love, is like wildfire,
Like wildfire,
Like wildfire. – Seafret- Wildfire

Me pregunto que significará para ella, la imagino sonriendo para alguien o para sí misma. Me gustaría saber cómo hace para sonreír a pesar del sueño, de la lluvia, del calor de las nueve de la mañana que es cuando usualmente la veo pasar. Siempre observo cómo respira, no respira como el resto de personas con su pecho, sino que miro cómo se le infla la panza como un globo y siento cómo le baja hasta los más profundo de los pulmones, luego cómo sube y la limpia y sube con una sonr

Volví a conocer entonces el invierno, el amor.

cuando tu presencia me hizo temblar.

Se comenzó a mover algo a lo interno

y así de a pocos te comence a observar.

La manera en que tomas la taza en tus manos

A observarte al soplar  cafe caliente,

Cómo lo sorbes cuidadosamente con tus labios

Así es como empieza el día, a pesar del sueño, con una sonrisa en los labios absorbo el sol de la mañana y respiro profundo, tan profunso que siento cómo el aire llega hasta la parte más baja de mis pulmones y se me infla la barriga como si fuera un globo. Exhalo y veo como revolotean las mariposas en medio de la ciudad, las hay blancas, las hay negras con puntos de colores y entre las plantas de cafe, sobresalen unas florcillas tímidas que toman el sol como yo. Sonrío y admiro el contraste entre las hojas de los árboles y las montañas con el cielo celeste y despejado que se extiende sobre mi cabeza como una manta que me cubre. Siento el viento jugando con mi cabello, cómo lo seca y pasa de su salvaje humedad a un liso seco con algunos matices de brillo. Sigo inhalando y exhalando como si fuera un maravilloso regalo y me doy cuenta de que a pesar de los problemas y demás soy una parte minúscula e importante de esta creación extraña que es el universo.

Me han preguntado entonces que me inspira a escribir o por que he escrito tanto recientemente y ni yo misma me había dado cuenta del hecho que durante estos últimos meses he creado más de lo que esperaba en múltiples áreas. Han pasado casi cuatro meses o cinco desde que en un momento dado todo cambió para mí y mi perspectiva tuvo un giro. Me gusta pensar que decidí dejarme inundar de amor y dejarme fluir, poco a poco creo que eso se apoderó de mí y la compasión empezó a ayudarme a navegar por estas aguas a veces calmas, a veces tempestuosas de la vida. Me hado cuenta que sonrío más amplio, maás veces, abrazo más fuerte y veo las cosas con asombro aunque pase miles de veces por el mismo lugar porque se que tanto ese lugar como yo hemos no somos los mismos que el día anterior.

Try describing a love you can’t design.- Seafret, Wildfire

Esa frase perfectamente describe la forma en la que ha variado la percepción que tengo sobre ese valor o sentimiento que es el amor y realmente es cierto, es algo que no se puede diseñar por más que se quiera controlar, es de las muy pocas cosas o de las muchas que se escapan de nuestro control y creo que ahí es donde se encuentra la magia de todo esto: aprender a que hay cosas que no se pueden controlar. A pesar de que tengo toda una cuestión con el control, hago un esfuerzo conciente por dejarlo ir, por fluir, por ser flexible, que es un proceso constante pero que es como un fuego silvestre que arrasa con lo que encuentra a su paso y no lo deja crecer, lo devora y lo deja convertido en cenizas.

Y así miro hacia atrás y me doy cuenta de cómo los aprendizajes cambian y nunca somos los mismos.

The aftermath of our love

Sé que el blog es en español, pero no creo que el título en español le haría justicia al tema. Aftermath al español se traduce como una consecuencia o un resultado, peor yo quiero contar la historia que sucede después del amor, no tanto el dolor, ni el rencor y mucho menos todo lo negativo. Desde mi humilde perspectiva describir cómo es después de que las cosas acaban, si es que alguna vez una historia realmente acaba. Con este amor no me refiero nada más al amor romántico o al amor de pareja, me refiero a alguna pasión, algún ser amado, un trabajo, una carrera, a lo que realmente sea que amemos, un sentimiento tan extraño y complejo en estos días.

En un post anterior describí más o menos lo que es el amor para mí y acá voy a ir ampliando un poco. Otra de las cosas que creo es que ese amor no se crea de un momento a otro, sino que ya estaba ahí antes de que se diera y que después de que se dé, ahí seguirá. He amado muchas cosas y personas en esta vida, que ha sido tan corta y tan larga a la vez y me he dado cuenta de algo bastante interesante: mi dolor viene del miedo a la pérdida, a la no permanencia y al título que le pongo a las cosas. A pesar de que he trabajado mi forma de ver la no permanencia, sigue siendo un área débil para mí porque se combina con el miedo al abandono.

Casi siempre al final de esos caminos que quizás yo he disfrutado muchísimo, tiendo a sentirme algo perdida, pero he aprendido que cada historia después del amor es diferente. Es diferente la reacción de mi cuerpo, de mi cerebro, del efecto que tiene aún tener el olor de esa cosa o persona en mi piel, que se repitan las escenas en mi cerebro una y otra vez cuando necesito recordar que he tenido días buenos. Hay historias buenas que se prolongan como raíces y otras que no son tan buenas, pero lo fueron y caen como hojas desde los árboles, dejando entrar más luz.

Lo extraño de todo esto es que últimamente estos “finales” no me aterran tanto, no me aterra que se caiga la ilusión, no me aterra dejar ir, me asusta más el quedarme y perderme a mí misma en algo que no soy para adaptarme a algo o a alguien. Creo que cuando amo, tiendo a perderme en la emoción del momento, perderme en el tiempo y dejo de lado ciertas prioridades o características mías y al final me doy cuenta que no he pasado ni un día sola ni haciendo algo que realmente disfrute, como que al final todo ese amor bajo un título se vuelve miedo, se vuelve estático, una responsabilidad más al final del día.

El amor no debería doler, no debería cansar, no debería ser un peso a cargar y es algo que se va conociendo con los años, no hay nada qué hacer. Recuerdo que una persona me preguntó: ¿Cómo vas a hacer para que no te vuelva a pasar? Pues nunca hay realmente una garantía, no hay forma de saber, lo único que se puede saber es cómo yo voy a entrar a ese mar, ver ese oleaje y conocerlo, ver si me vuelvo una con eso o si prefiero salirme respetuosamente. Respetuosa y compasivamente, si no se hace de esa manera es como insultar aquello tan hermoso que yo solía sentir y que la otra persona en algún momento sintió también.

Últimamente estos altos en el camino no me provocan dolor, sino que me siento más ligera, encuentro que la marea de mi mente se calma y me muestra las respuestas y lo que yo pensaba iba a ser un enorme dolor, se transforma en alas, alas diferentes que me llevan a lugares diferentes de los que ya conocía, dentro de mí y dentro de la otra persona o aristas del objeto que yo ya pensaba conocer. He aprendido que realmente se conoce a la gente con lo que pasa en el después, no tanto en el antes o durante. He notado que en el antes y en el durante, se está dentro del asunto, en el después realmente puedo ver las grietas, los agujeros, las imperfecciones y si se logra realmente ver belleza en eso y se trata con nobleza, oh cariño, hemos logrado lo que muchos no han logrado. Hemos logrado que nuestro amor nos preceda y que valga más que cualquier cosa que haya frenado nuestro viaje juntos.

Ahora me referiré a básicamente mis dos experiencias más recientes, luego de cada una me sentí más yo. Más esencia, menos mandatos sociales sobre cómo ser “formal”, cómo comportarme, la gente que debo agradar y a las cosas que debo asistir o el tiempo que debo pasar que sea correcto, que no se sienta como un rechazo y son simplemente tantas cosas bajo un título que me siento atrapada. He sentido que respiro mejor, por fin puedo columpiarme de nuevo tan alto como quiera, ensuciarme, reír tanto que me duela la barriga, básicamente volver a ser eso de lo que se enamoraron, esa sonrisa amable, el corazón cálido y brazos abiertos para abrazar.

Creo que ese es realmente el problema de las relaciones, el tratar de moldear a la persona de acuerdo a la ilusión que se tenga, de lo que nos haga falta por dentro, sin darnos cuenta que somos completos y diferentes, que eso fue lo que nos hizo amarnos en un primer lugar. El amor que nos enseñan desde pequeños no es un amor libre, compasivo, comprensivo, es más un amor condicionado a ser lo que se espera de nosotros, un amor con culpas, un amor con responsabilidades que no se desarrolla tan bien por sí solo, que no brilla intensamente porque tememos a dejarlo fluir, a que la otra persona nos refleje nuestros propios errores o nuestros propios miedos, es esa sensación de querer encausar algo que debería ser salvaje, libre de alimentarse y expandirse.

La necesidad de control de hoy en día no comprende o no tiene espacio para esta fuerza inexplicable que hace que se sobreviva. Antes de mis relaciones con los demás, está mi relación conmigo y creánme que no es perfecta (sí lo sé…sé lo que dicen que debería ser). Al fin y al cabo somos imperfectos y tenemos discrepancias aún con nosotros mismos, ahora imaginen con los demás. Mi relación conmigo también es tempestuosa, a veces calma, a veces es fuerte y a veces débil, pero ese amor es más fuerte que culpable y he tenido que dejar que de a pocos se apodere de mí, que el autocuidado no lo vea como una pérdida de tiempo, sino como una forma de cuidar de mí.

De dos de las últimas dos relaciones que he tenido rescato el hecho que hemos hecho un acto de amor enorme al dejarnos ir, al reconocer que debemos cuidar de nosotros mismo antes de dar a alguien más cuando sabemos merece más. Las dos han acabo en lugares muy diferentes, una en un lugar más oscuro y otra en un lugar más noble. Dejar ir también es un acto de amor, un acto del que no hay que sentirse culpable. De las dos he aprendido que el amor es como un jardín al que hay que darle lo mejor que se pueda para que crezca, pero si se riega con culpas o buscando culpables, cargas, indiferencias y distancia de la mala, está destinado al fracaso instantáneamente si no se identifica a tiempo y se corrige con el riego con comprensión y el estar presente en el jardín para observarlo.

En el después de nuestro amor, se ve nuestra valentía, nuestra nobleza y cuán listos estábamos para eso que acabamos de “finalizar”. Para decir si estábamos listos no implica que haya llanto y se extrañe demasiado, se crea que se necesita a la persona, sino lo contrario el poder pararse solo y ser capaz de reconocer y enmendar errores si es que el jardín aún puede ser salvado. Yo todavía espero el día que un “tiempo” funcione para que dos personas vuelvan a estar juntas, sin embargo creo que ese “tiempo” nos ayuda a estar juntos con nosotros mismos.

En el después de nuestro amor, enano, espero ambos hallemos la fortaleza para manejar nuestras prioridades, la claridad para definir cuáles son y la nobleza para no herirnos sin importar lo que pase. Nuestro amor no tiene un inicio ni un final aunque así lo parezca. En este después espero que mi instinto no se equivoque y pueda seguir ahí de alguna forma apoyándote sea desde la banca o a tu lado, sea que nos alejemos o nos acerquemos, sea que se borren las huellas de nuestro amor en la mente y se vuelvan un vago recuerdo o que se avive la llama. En el después, en este después yo sigo compartiéndome contigo, porque ya no somos quiénes éramos antes sino que tenemos piezas el uno del otro. Al otro lado del después, del salto que tomamos juntos, a pesar de los desafíos, en ese otro lado no sé qué habrá, pero quiero descubrirlo con vos.

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Un amor orgánico

El amor no debería doler“- Edison Davis, Scandal

Son pocas las veces que decido hablar respecto al tema. El amor viene siendo algo así como la política, la religión, el fútbol o tantos otros temas polémicos. En tiempos modernos viene siendo algo así como una receta de tantas, comerciales, llenas de cosas artificiales y lejos de la esencia que solía ser. Lo venden como un producto, como un cuento de hadas, una película de Hollywood, el fin ultimo de la existencia y que el estar en pareja es como la máxima felicidad, como una única receta para alcanzarlo todo.

A mí me parece que esta versión del amor no me llena. No me llenan los ingredientes artificiales, las tarjetas pre-hechas, ni los cuentos en los que todo sale bien. Para mí eso es como el jarabe de alta fructosa que reemplaza la dulzura natural. Podré consumir muchos sustitutos, pero me niego a consumir el amor de esa forma, con sustitutos con ingredientes que ponen falsas expectativas y que es como la comida rápida, que no nutre, que no llena ni sacia, simplemente duerme el deseo de algo más, de un hambre más profunda.

Probablemente en un pasado hubiera dicho: ya no creo en el amor, es decepcionante o algo así, pero la verdad es que lo que es decepcionante son las acciones de las personas, las percepciones erróneas, las maletas que cargamos que nos hacen esclavos de nuestros pasados y que muchas veces no dejamos ir. Este año me ha demostrado que el amor sí existe, que sin amor no existiría en el mundo. Simplemente que no se reduce a un solo tipo.

Es algo muchísimo más grande que todos nosotros, es la forma que  nos componemos de todo aquello que es no humano, de cómo me besa el sol por la mañana, de cómo la sangre sigue fluyendo por mis venas y la forma en que me emociono con cosas pequeñas, me enamoro de la sonrisa de extraños y de la forma rara en la que a veces brota mi gentileza, cuando mi corazón se desborda y simplemente existo en una sinfonía de momentos.

Mi amor es orgánico. Es un amor que cultivo a diario, que tiene el sabor de sonrisas, de lágrimas, de abrazos, de besos, de momentos agridulces y que require de mi atención, de mi trabajo, de todo mi ser. La gente hoy en día no quiere esforzarse, no quiere respetar procesos, dejar las cosas crecer y madurar, simplemente así como aquello que comemos, lo hacemos crecer  la fuerza, lo que no sabemos es que se pudre más rápido y nos envenena más fácil.

El amor que yo doy puede parecer intenso y puede que sí lo sea dado a que llevamos tanto tiempo probando del amor sin madurar, del amor apresurado, sin procesos, sin etapas. Mi receta de amor me ha tomado tiempo, balance, aprender los pasos correctos de mi melodía, hallarle el punto a mi jardín, a los sabores, a las especias que le voy agregando con los días. De esa forma me he ido dando cuenta de lo que quiero, de lo que estoy dispuesta a permitir y lo que no, me he dado cuenta que la vida se compone de momentos, de detalles y que al fin y al cabo son esos detalles los que recordamos. Las flores inesperadas, las cartas que te cambian la estructura del corazón, una canción, un lugar, un olor…

No me gusta cuando me dicen que requiero mucha atención. ¿Cuánto es mucha? Mucha es pedir que no sea un amor con sabor a miedo, a inseguridades, al control de terceros y a fantasmas del pasado. La gente parece no recordar que las cosas buenas, las cosas lindas se hacen con tiempo, que requieren atención a los detalles, a las líneas finas, a los colores, a las combinaciones de cosas, a tomar en cuenta el curso de las situaciones, luces y sombras. Sin atención, ¿cómo es posible hacer eso?

La atención es parte importante de muchas cosas, como de la resolución de problemas y funciones ejecutivas que supervisan los procesos del cerebro.  Es simplemente esencial y curioso que a la hora que se da la “conquista” es como lo que más existe y luego se va extinguiendo como una llama. Hoy en día la atención casi no se usa para nada y realmente cuando me he sentado a hablar con alguien, lo único que quieren es atención, quieren que les escuchen no solo con los oídos sino que con todo el cuerpo. La atención no es solo una cuestión de tiempo, es de estar presente, de habitarse en el momento, de no bifurcarse en otras actividades mientras se está en el momento.

Mindful versus mindfull. La vida se nos pasa tan rápido que ni nos detenemos a degustar los pequeños momentos, los detalles, el caminar, el respirar, el existir y el amor no se puede dar sin antes aprender a reconocerlo, cuidarlo, alimentarlo y encontrar esa fuerza adentro que hace que todo lo demás venga por añadidura aunque la vida se ponga cuesta arriba. El arte de estar presentes se nos escurre entre los dedos, entre deudas en cosas que no queremos u ocupamos tener, en tiempo que perdemos en presas, en consume vacío del tiempo para callar los pensamientos, para domar las emociones y se nos olvida que la vida y cosas son finitas y que no las apreciamos hasta que vemos cómo nos queda menos tiempo cada día.

Y en este punto se preguntaran que diablos tiene que ver ser mindful con el amor. El punto es que el habitarse, estar presente hace que amar sea más fácil, más natural, que se base en el respeto, la comprensión profunda, la contemplacón, libertad, alegría mutual y poder comprender que cuando cuido de mí, cuido del otro. Es ese dedicar el tiempo, aunque sea unos cuántos minutos del día sin estar pegado a una pantalla, a estar pendiente de los problemas, del trabajo, de todo, un momento para existir, tocar la realidad de la vida.

Yo no quiero un amor virtual, no quiero un amor que me diga que no tiene tiempo cuando es perfectamente posible que pase momentos frente a una pantalla sin hacer nada más que ver publicaciones, videos sin sentido. No quiero sentir que nada más soy un adorno desechable en la vida de la persona, no quiero sentir que no agradece mi presencia o que no piensa en mí cuando ve una sonrisa, una flor, un amanecer. No quiero un amor que me ponga excusas para no estar a mi lado, para no tomar la iniciativa, para no disculparse y no enmendar las cosas. Tampoco quiero un amor que me limite, que me calle, que me deje ir cada que el orgullo le gane o tape los problemas con small talk.

De cada ruptura, de cada beso, de cada abrazo aprendo lo que quiero y me permito decir lo que pienso cuando lo he meditado, cuando va a poner un límite, cuando es autocuidado y cuando puede ayudar. Simplemente quiero hacer de mi amor un amor vivo, no un amor marchito, un amor que se haga cada día más fuerte y con cada añadidura entonces se vuelve más valioso, menos esclavo de disculpas mediocres, de remedios rapidones como curitas en heridas de bala y se sabe importante, merecedor de cosas buenas porque es de calidad.

Y aún a pesar de todo, al final del día tal vez quiera la historia de amor, la relación duradera, de confianza , cuidar espaldas, de arduo trabajo y verdades. La cosa es, quiero compartir ese trabajo con alguien más porque esa relación ya la tengo conmigo misma, con quienes considero mis amigos y mis pasiones. Tambien soy ambiciosa y soñadora e irrealmente tal vez quiera una disculpa bien meditada, algo que brote del alma de la persona, que venga de su insight de saber que hizo algo mal y por que no un ramo de flores para acompañarlo o una planta en una maceta, que se haga enorma, frondosa y nos recuerde que la vida, que el amor es un proceso, un ciclo, con energías que no terminan.

Yo ya no quiero amores que me dejen vacía, ya la verdad no me importa causar polemica porque aprendí a ver mi valor y lo que merezco. Este es mi amor, mi amor orgánico, intenso, creado de recoger pedazos, de mezclar sabores, de aquí, de allá, de las muchas personas que han ido y venido de estos brazos, de este amor entre maternal, turbulento y apasionado. Así amo yo, con un amor fuera de lo común, que no viene empacado, que no viene con aditivos, ni químicos, ni pasteurizado. Este es mi amor salvaje y que ya no planeo domar por los demás.

 

 

 

 

 

Olivia.

Camina por la ciudad bajo un paraguas amarillo, capa amarilla y botas rojas. La lluvia le cae y a sus pies se dibuja la ciudad en los charcos que se forman, al igual que se forman los dibujos de sus pensamientos en los charcos de su mente. Olivia se mueve con gracia, camina a paso firme aunque duda si confía en los “te amo”, si confía en los para siempre, si se sabe fuerte, si las cosas tienen algún punto cuando no se siente el calor fluir por las venas y estremecerse con el sonido de un pajarillo o con la melodía de una canción. Extraña entonces las tardes soleadas, sin lluvia, sin presas, donde al final del turno tenía un tiempo para sí.

Sabe que le pusieron Olivia por el color tal vez, verde que representa la esperanza, las ramas de olivo que representan la paz y sabiduría y quizás también porque es un nombre fuerte, el de una mujer valiente, independiente. A ratos se pregunta si más bien no debió tener otro nombre, porque no se identifica con las características que se le atribuyen a su nombre. Tiene los pies sobre la Tierra, pero también vuela, vuela entre sus sueños de moldear las mentes jóvenes, con llenar al mundo de su amor y nutrirlo de diferentes maneras, sabe exactamente lo que quiere, lo que merece y se esfuerza hasta lograrlo.

Olivia ensaya, ensaya porque ama la danza. La hace sentir libre, le suelta las penas que lleva dentro, la obliga a sacar su fuerza para no caerse y la hace recordar por qué hace las cosas. Mientras le salen callosidades en las manos, se le muere la sensibilidad en ciertas áreas del cuerpo y se le despiertan músculos que no conocía, sabe que está viva, sabe que es su responsabilidad seguir, el espectáculo debe continuar. Olivia decide seguir cultivando su jardín, tomar toda la basura que ha encontrado a su paso y convertirla en abono, para florecer cada día más, para devolverla al mundo un poco de color, un olor que no sea a smog, a soledad y desesperanza.

Se prepara para su primera presentación, las luces se apagan y el escenario queda iluminado tenuemente y suena la música. Música que había elegido en otro momento de la vida, en el que esperó que un par de ojos café estuvieran en el público mirándola columpiarse desde lo alto, moverse de acuerdo a la melodía y se una con el aro. Ahora no va a buscar dentro del público, va a sentir cómo se estremece todo dentro de sí, cómo vibra, cómo le llega la sangre a todo su cuerpo, la concentración que conlleva. Es sólo ella, ella en el escenario, ella a media luz. No puede evitar pensar en los sombreros blancos, en la justicia, en todas las flores que brotan dentro de sí, en todas las flores que brotan en el mundo, todo aquello que nace y que muere a la vez.

Se le salen unas cuántas lágrimas con la canción. Le llega hasta el alma, le toca los recuerdos de su niñez, de sus sueños, de sus anhelos y de cómo siempre pensó que cuando creciera, las cosas serían muy diferentes. Creció y se convirtió en todo lo que es muy a pesar de todo aquello que le tocó vivir. Cuelga de cabeza, su cabello negro rizado cuelga con ella, está sujeta sólo por las piernas y así sabe que tiene que confiar, confiar en ella, en sus instintos, su valentía y todos los gramos de fuerza que le quedan, aunque caigan lágrimas, aunque haya tempestad dentro suyo, sabe que puede volar.

 

Luna está cubierta de sal

Luna se sienta mirando al mar, ve las olas verdes cómo se mecen en la vasta inmensidad frente a ella. Sentada en la arena blanca, absorta en sus pensamientos, en recuerdos que la guían, que la llevan al lugar donde en este momento está. Se sabe sola, pero se siente acompañada, por el sonido de las olas, de los secretos que le cuenta el mar, del canto de las aves, la forma en que se mecen los almendros de playa con el vaivén del viento, mientras en el cielo, un juego de luces va creado un atardecer. Luna mete sus pies en la arena y sólo contempla la danza del universo que la rodea, así como la danza que hay en su interior, entre peñascos, aguas turbulentas, puestas de sol y amaneceres que lleva dentro.

Mientras camina hacia el mar, Luna recuerda a una compañera, en algún momento amiga que un día le limpió las mejillas mientras lloraba. Lloraba perdida porque nada en ella ni nada de lo que la rodeaba concordaba con la canción que se cantaba dentro de ella. Las lágrimas caían fuertes sobre su cabello, sobre el escritorio, como una marejada, una tormenta que no parecía calmarse y que cada vez se hacía peor en su interior. Esta amiga la acompañó, le limpió las lágrimas y le dijo palabras muy sabias que en ese momento no entendería: Origen no es destino.

Las olas comienzan a jugar con sus dedos de los pies y la invitan a entrar, a ser una, una vez más con la naturaleza, a limpiarla con su salado y cálido abrazo. El viento juega con su cabello mojado y le susurra: has sido valiente. Luna no se lo cree, usualmente no cree en eso cuando se ve al espejo, cuando se ve las cicatrices, cuando mira hacia atrás y ve los anillos del árbol que ha ido creciendo dentro de sí. El mar la llama a casa con caricias en sus piernas, en su torso, en su espalda y le dice bienvenida. Luna siempre ha estado enamorada del mar, o más bien del agua en sí, siempre la ha fascinado en todos sus colores, con todos sus secretos, con esa habilidad que tiene de ser tranquilo, calmante, refrescante y también con la fuerza, la capacidad de abrirse paso que tiene y de tomar la forma del recipiente que desee, peor que siempre sea más bello en libertad, cuando fluye, cuando se mueve, cuando vive.

Origen no es destino, se repite a sí misma mientras se mece en las olas del mar. Ciertamente su origen quizás no fue el mejor, del lugar donde salió no era exactamente el lugar idóneo para plantar un árbol, para plantar vida o esperanza. Luna fue un árbol que a pesar de todas las adversidades, cortes, podas, venenos, malas hierbas y todo lo que creció a su lado, se desarrolló. Plantó sus raíces más profundas y aunque pareciera que por arriba de la superficie no creciera, por dentro de la tierra sus venas se amarraban fuertemente, aprendía a conocer los nutrientes de la tierra, a escuchar y a decidir qué quería ser mientras fuera creciendo.

Ahí en el mar, iba desprendiéndose de cada uno de sus miedos, los decía en voz alta. El miedo a no ser amada ni saber amar, el miedo a fracasar, a engañarse a sí misma y ser un vestigio de todo aquello por lo que había luchado desde su primer aliento. El mar ante todo le susurraba, viniste a hacer cosas grandiosas, a abrir puertas, a tocar almas, nada más escucha. Luna se estremece toda y sabe que la Tierra la llama, la llama a luchar desde la compasión de nuevo, desde el escuchar, desde el poner límites.

Entre sus dedos, los pececillos se cuelan y le provocan cosquillas, la hacen sonreír y entonces recuerda por qué existe. Existe para amar, para nutrir, para generar aprendizajes, para vivir, para estar presente. Estar presente. Qué cosa más difícil y fina de balancear cuando se aprende a poner una barrera entre la rudeza del mundo moderno y un trino sutil pero melódico de pajarillo que surge de su pecho. Recuerda aquella vez que estando en el trabajo miró por la ventana y en uno de los robles sabana de la plaza estaba un ave pecho amarillo, posada en una de las ramas más cargada de flores amarillas y recordó así cómo el amarillo era uno de sus colores favoritos. En ese instante entonces, se dio cuenta de que volvía a estar presente y aunque estaba cerca del sonido del teléfono, de las luces artificiales, del trato de convivencia tan ajena y tan forzada, estaba a la vez tan lejos y cerca de su propio corazón.

Podríamos decir que Luna aprendió a caminar o volar hace poco, que a pesar de haber caminado por el planeta por tantos años, por fin había aprendido tantas cosas y no veía el camino en espiral que había venido haciendo con cada uno de lo que parecían pequeños esfuerzos con cada paso en el fango, con cada salto que había dado al agua. Meciéndose en el agua, Luna se da cuenta que a pesar de que está casi siempre sola, no es enemiga de su soledad y que de alguna forma logró aprender todo aquello que de pequeña no tuvo capacidad de implementar a su jardín. Con los años y los golpes de la vida, como perder a personas que amó muchísimo o que mejor dicho siempre amará y llevará cerca hasta el día que cambie de estado, que su esencia sea transferida al cosmos de nuevo.

Se sorprende. El sabor y el olor a agua salada la permea y se siente orgullosa de saber que en discusiones escucha ahora para entender, no para responder, ni hallar culpables ni oponentes. Luna se da cuenta de muchas cosas, de cómo se escucha más, de cómo a pesar de nutrir y cuidar de otros, no deja de nutrirse y cuidarse. Aprende que ya no es tanto presa de sus miedos como antes y que aunque tal vez aún no supere el hecho de tal vez tener que enfrentarse a una Nochebuena sola, ha hecho avances en darse su lugar y alejarse en el momento que las cosas ya no la nutran, no la hagan crecer y sus jardineros ayudantes ya no nutran sino que destruyan su jardín que con tanto esfuerzo aprendió a crear.

Se hace oscuro y Luna está cubierta de sal. Se sabe cubierta de sal, que su vida se ve cubierta de diferentes sabores, olores, matices, sonidos y texturas, pero la sal es especial compañera. Se ha formado entre lágrimas de alegría, rabia y tristeza, entre múltiples abrazos con el mar a lo largo de su vida y con el sudor de todo su esfuerzo para a pesar de las circunstancias seguir sus sueños, los que fabrica para sí, no los que le son fabricados a partir de ideales, de bromas mitad en serio, mitad mentira, de estándares que no puede cumplir.

Entonces piensa en maternidades y otras cosas cuando el mar la mece en su vientre y le brinda todo su amor. La maternidad para ella en sí no es el hecho de hacer un ser humano nuevo y traerlo a caminar sobre la faz de la Tierra. Para ella hay muchas clases de madres y lo que tienen en común es la capacidad tanto de dar como de devolver vida, de cuidar, de nutrir, de aprender y enseñar ese fino balance entre darlo todo y recordar que hay límites porque si no se cuidan, si no se aman, el pozo de amor y cuidados que parece infinito, comienza a secarse.

Se pone oscuro y las estrellas empiezan a aparecer en el firmamento azul oscuro y recuerda por qué le gusta tanto ese color. Recuerda la paz que le brinda, la confianza, la forma que tiene de hacer que se deshaga en ríos de confianza y la capacidad que tiene de hacer que la catarsis aparezca. Luna está cubierta de sal, algo que la mayoría de gente vería como algo malo, pero ella lo ve como una forma de poder repartir un poco de sazón para los momentos ácidos de la vida, los momentos muy dulces, los amargos y para darle un poco más de fuerza a algunos picantes.

Luna sale del agua y se cubre del frío, no sin antes agradecerle al mar por enseñarle a veces a ser, a usar la fuerza que tiene tanto como para limpiar, como para crear y para enseñarle sobre el respeto que hay que tener a la hora de tratar con otros componentes. Se siente entonces llena y sabe que no está sola, ella es parte mar, parte viento, parte pajarillo, pez, cielo, ella es todo y es un milagro diario que ha aprendido a ver, no es sólo ella. Mira entonces a los ojos a sus perros, que a pesar de que no hablan el idioma de los humanos, conocen quizás más verdades sobre cómo convivir que los humanos. Toma sus cosas y a su pequeña familia y se marcha, llena de aquella playa, cubierta de sal y se alegra de que entonces en aquella plaza, nadie la hubiese tomado la mano para detenerla. En medio de las sombras desaparece y se convierte en viento, en el trino de los pájaros que buscan nido, en las huellas de sus perros y así, un instante se convierte en eternidad.

Re-habitarse

Hace mucho tiempo no me siento a escribir, me digo mientras me siento con músculos doloridos frente a la computadora para poder al menos redactar un poco de esa presión que llevo, que no se quita ni con vacaciones, ni con espacios seguros, ni con medicinas, ni dieta. Y es que no estoy segura, no estoy segura de qué es lo que pasa exactamente, estoy tan llena de tareas, de obligaciones, de cargas que no puedo dejar caer o se pierde el fino balance entre la sanidad y un breve pero destructivo episodio. Siento mi cuerpo plagado de cosas que “tengo que hacer”, siento como permea mis células, cómo mi libertad de escoger de pronto se va volviendo piedra, las que una vez fueron alas se van convirtiendo en bloques pesados sobre mi espalda que hacen que todo el tiempo esté cansada.

Tengo tanto tiempo de no escuchar a mi cuerpo, de andar descalza por la montaña, de columpiarme tranquilamente por ahí y simplemente dejarlo todo, dejar todo salir y escuchar a la voz en mi cabeza que siempre me dice qué hacer. Es esta sensación pegajosa de no tener el tiempo suficiente para todo lo que quiero hacer: ejercitar más, tener más tiempo de autocuidado, de escribir, de tener la sensación de que me pertenezco, que sé que voy en el camino correcto. Me siento asustada, siento que no soy yo la que toma las decisiones de mi vida últimamente, que no me doy mi lugar, que me pongo de última y vuelvo a ser un objeto. Un objeto como el que era cuando iba creciendo, cuando me aferro porque me falla mi instinto que está enterrado bajo tantas cargas y tan pocos medios de ventilación.

Entre tantos encargos me es difícil subsistir, me es difícil saber lo que es bueno para mí y aún estando frente al mar en silencio, a pesar de sentir un amor profundo, no logré encontrar las respuestas que estaba buscando, porque creo que sé las causas pero no me atrevo a enfrentarlas, no me atrevo a levantar la voz, a pedir lo que necesito y creo que también es porque estoy en un momento en el que me cansé. Me cansé de tocar puertas y que ninguna se abra, de dar siempre lo mejor y no alcanzar el lugar donde quiero estar, donde simplemente me volví una más del montón y no reconozco en mí a la chiquilla rebelde y salvaje que siempre he sido. Extraño tanto ser espontánea, risueña y no sentir tanta ira todo el tiempo.

Ya sé las respuestas, ya sé que dirán que es que no busco el tiempo, que no me abro, que trato de complacer a todos, que es mi culpa. De cierta forma sí y de cierta forma no. Hay sacrificios que se deben hacer, lo único que uno decide realmente en este punto es el precio que está dispuesto a pagar por seguir adelante, por alcanzar un éxito que no es universal. Siento el viento soplar, me muestra la dirección, me pide que vea las respuestas, que me tome el tiempo de volver a casa aunque no me sienta lista para afrontar las consecuencias y que de una vez acepte que nunca he sido convencional y que en este punto de la vida ya debería haber demasiadas cosas que no me importen.

No sé si realmente tenga un lugar, si exista uno en el mundo para mí. No puedo evitar realmente sentirme sola, sentirme desgastada cada mañana cuando me despierto, el abrir los ojos y saber que me espera la misma rutina todos los días, que no me alcanza el tiempo entre horas laborales, clases y mi incipiente tesis y que ya me aburrí de quejarme con la misma gente y recibir las mismas respuestas. No quiero frenos, quiero soluciones, quiero dejar de oír voces que no son las mías, al teléfono, en la vida cotidiana y en mi mente con todas las responsabilidades que han sido depositadas en mí.

Quiero quitarme esta piel que me molesta, arrancarla con las uñas, levantar este telón, estas ganas de ser aceptada, de ser deseada en el mundo cuando no he sido capaz de volver a casa, de habitarme, de decir: este cuerpo es mío a pesar de que me acompañen muchos ancestros y personas de las cuales llevo un pedazo en mí. Ya no quiero huir de mí, quiero desearme a mí, volver a confiar en lo que soy, confiar en mis decisiones y saltar, saltar nuevamente al océano, viendo cómo las olas me esperan nuevamente para arrullarme y mostrarme las respuestas que se mueven por mis venas,

Una de las muchas ventajas de envejecer el hecho que se toleran menos cosas. En mi caso la lactosa, los huevos, la carne, productos sintéticos y la basura de los demás. Toca ya aceptar el hecho que envejezco cada día y me queda menos tiempo para estar viviendo por el resto, poniendo más peso a cosas que no han pasado de las que debo y empezar a eliminar los debería por los yo quiero, yo creo. Vamos de nuevo al agua, vamos de nuevo a ser el todo, a que se agiten las ramas dormidas dentro de mí porque este es un estado que no puede ser sostenido por más tiempo. Necesito volver, volver a habitarme. Habitarme, aquí y ahora, no mañana cuando tenga tiempo, porque el momento es ahora.

~You can break my heart and crush my dreams, but you can never take my soul. (Above and Beyond, Northern Soul)

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Necesidades especiales/ intentar

Necesidades especiales tenemos todos, problemas tenemos todos, son frases a las que se empieza a acostumbrar la mente cuando se acepta el hecho que se padece una enfermedad mental y se vuelve aún más interesante cuando se le comenta a otros. Es verdaderamente difícil a veces el dejarse de los estereotipos que se crean tanto dentro como fuera de uno. Quizás no me percaté de cómo era mi vida antes de que todo cambiara con un simple diagnóstico. Creo que siempre sentía que no todo estaba del todo “bien”, siempre supe que algo simplemente estaba fuera de lugar y tenía que ponerle un nombre a esto que me hacía sentir más, ser más intensa, ser una ráfaga que puede apagar una candela o provocar un incendio.

Realmente yo no tengo problema alguno con admitir mi “enfermedad”,  no es más difícil que decir que soy alérgica al huevo o intolerante a la lactosa, de hecho siempre he pensado que el hecho de revelarlo, le va quitando la máscara del estigma. Tengo una posición compleja con respecto a todo esto la verdad, porque a veces parece que no padezco de nada y me enorgullece cuando me dicen: wow, no parece y otras veces me ofendo. Hallar un territorio medio es complicado cuando se tiene que estar en ambos lados de la moneda, del lado que observa y del lado que es. Tal vez dentro de mis comportamientos cotidianos no se noten ciertos pequeños detalles hasta que se acercan y los ven con la lupa de ser un ser querido.

Límite. Límite exactamente ¿para qué o entre el límite de qué y qué me encuentro? Realmente tengo ciertas necesidades especiales, un tanto atípicas a veces, pero definitivamente son enormes trozos de lo que soy. De la persona que se queda en casa un sábado en la noche tratando de darle forma a los retazos de la semana, en vez de analizarlos, componiendo un mural de palabras entre incoherente y coherente de lo que ha sido la semana, de la montaña rusa de potenciales de acción y del poco crédito que parece darse de vez en cuando. No sería la persona que tiene sentidos extremadamente perceptivos, que recuerda olores, que vincula unas cosas con otras y hace unas telas de arañas sólidas para aprender cosas nuevas y que nunca deja de intentar.

Y es cierto que la vida a veces se me pone cuesta arriba cuando veo caras muy serias y no logro ver la emoción detrás de la cara, que los ruidos sostenidos y fuertes me exasperan, que muchas luces sobreestimulan mi corteza y me dan dolores de cabeza o me irrito (una de las razones por las que creo a veces que estar frente a una computadora no es lo mío) y que muchos estímulos sensoriales a la vez hacen que me quiera volver una fiera, huir a un lugar donde pueda recluirme y así volver a intentar al siguiente día. Que puede que por cinco minutos esté en la cima del mundo y media hora después simplemente quiera responder con el dedo del centro todas las preguntas.

De a pocos he ido resignificando todo esto que conforma parte de lo que soy, de ir admitiendo que tal cosa como la normalidad no es más que un espejismo que se nos plantea para no confrontarnos con nosotros mismos en el sufrimiento de alguien más. Y ciertamente puedo decir que tengo necesidades muy especiales, que no tienen reglas específicas ni manuales que puedan indicar cómo hacer las cosas. A veces necesito espacio y a veces en ese espacio necesito un par de brazos para reclinarme, a veces me siento enjaulada y otras veces siento que  puedo devorarme el mundo.

A través de estos lentes, se ha ajustado mi forma de ver el mundo. De verlo del lado en el que el “profesional” dice que es una necesidad por atención, que no hay una cura mágica, que hay “que poner de su parte” cuando realmente se sabe que todos los días se da el máximo para que un cerebro interconectado de forma distinta pueda realizar tareas que le son diez veces más difíciles que para un cerebro promedio. A veces me pregunto por qué estoy tan cansada y recuerdo entonces cómo es de intensa mi vida, de cómo mis emociones tengo que modularlas manualmente, sin programa automatizado para que haga el trabajo por mí o que me diga qué cosas no debo decir en público o con qué cosas no debo molestar a mi novio.

Hay algo que sé y es que independientemente de si hay o no una etiqueta de por medio, eso realmente no define a una persona. Una persona es lo que decide construir de sí misma con todo lo que la vida le pone al frente, manipuladores, violentos  o desconsiderados, créanme que no sólo viene de la mano de algún diagnóstico, del consumo de medicamentos  o de sentir el mundo miles de veces más intensamente, tener altibajos bastante fuertes, alucinaciones o tener sentidos más agudos que el resto de la población. Creo eso sí que la valentía que proviene de transformar todo eso en un arte de vida, es increíblemente admirable y por eso a pesar de mi cansancio, de la falta de tiempo, de tantas cosas, quiero luchar por eso, por mostrar la otra cara de esas personas que como sociedad nos hacen replantearnos nuestro miedo de perder el control y hacerles saber que tanto como el resto merecen lo mejor.

Este misma cuestión de ser límite me enseña que realmente yo no tengo que ponerme límites, límites para aprender, para amar, para canalizar la rapidez de mi cerebro en otras actividades, aprovecharme del hecho de ser un camaleón para probar todas las cosas que quiera y sobre todo guardar recuerdos muy especiales en mi memoria. El tener necesidades especiales, me ha hecho ver más de lo que soy yo, sentir más y darle uso a la agudeza de mis sentidos para tantas cosas. Ciertamente a veces cansa, a veces duele, a veces quiero parar, pero un día de estos, tuve un momento de Eureka con una canción y logré resignificar un poco de este dolor. Si no tuviera este deseo que arde dentro de mí, jamás me quemaría, pero creo que quemarme me hace recordar que esa llama sigue viva dentro de mí.

Sí, tengo necesidades especiales. Sí, me he animado a ver más allá de las rajaduras en mi piel. Sí, tengo un diagnóstico, pero creo que realmente no lo cambiaría porque son más las cosas buenas que me ha enseñado sobre mí, sobre los demás, sobre cómo apreciar cada momento y estamparlo en mi mente con intensidad de detalle, también fue lo que trajo mi vocación hasta mi corazón y abrió mi corazón como una flor de loto ante el mundo. Alguien me preguntó que cuán satisfecha o feliz estaba con mi vida y dije 8.7, la calificación más alta que he dado en años. Descubrirme a mí misma, verme desde muchos otros ángulos nada más me recuerda cómo agradezco seguir acá, venciendo la expectativa y siempre empujando el límite.