La célebre frase del poema 20 de Neruda dice: “Es tan corto el amor y tan largo el olvido.” De este lado nunca ha sido así, se dice a sí misma después de darse cuenta de que sucedió lo inevitable en su caso. Siempre ha sido lo mismo desde que era pequeña, puede recordar el amor, la sensación de una persona pero su recuerdo como tal se desvanece con el paso del tiempo. Puede sostener la memoria de las personas tanto aquellas con impactos positivos como negativos durante más o menos un año y después de eso, el recuerdo se va desvaneciendo por fragmentos. Nunca lo había dicho en voz alta hasta que tuvo la valentía de hacer la pregunta para conocer si a alguien más le sucedía. El amor en su caso es largo y el olvido corto. Es largo el amor porque es lo que prevalece en su cuerpo y memoria en el día a día, sin embargo, los autores de ese amor se han disipado de su memoria.
Esta vez había enfrentado su mayor miedo en la vida que era enamorarse y se entregó completamente a ese terreno desconocido de la misma forma en la que se entregaba a todo lo que amaba y le recordaba la belleza de existir. A pesar de tan profundo amor, tras un año y cuatro meses de la partida de este individuo los recuerdos que quedan en su mente de él son sus ojos, su mirada y tres frases. Ni siquiera permanecen las 3 frases más hermosas, sino las últimas 3 que escuchó: “¿Sabes que esta es la última vez que nos veremos, verdad?”, “¿En qué piensas?” y “Estás muy involucrada.” Sabe que hubo muchas mejores frases, mejores momentos y aún asi todos han desaparecido de su memoria.
De sus ojos recuerda el café profundo y sus largas pestañas curvas, así como la expresividad de los mismos. Los recuerda porque siempre se le parecieron a los de los gigantes gentiles de la naturaleza como las ballenas, los elefantes, los caballos, las tortugas y los manatí. Esa mirada sabia, terrestre, serena, profunda y a la vez implacable. Siempre le dijo cuánto amaba sus ojos aunque él dijera que los consideraba ordinarios. A pesar de amarlo de la forma en la que amaba a la naturaleza, no logró hacer que su imagen perdurara en su memoria.
Dejó de recordar los rasgos de su rostro, su sonrisa, la sensación de su cabello, los lunares que muchas veces contó, el sonido de su risa, el peso de su cuerpo, la figura de sus manos, el sonido de sus pasos y todo lo que alguna vez amó. Aunque lo desee, no recuerda la sensación de sus abrazos, ni la emoción de sus besos, ni el sonido del latido de su corazón. Su imagen ha desaparecido casi por completo de su cabeza, pero no de su corazón. Quizás esa es la función de tan dolorosa “habilidad”: olvidar. Olvidar lo que se obtuvo por medio de los sentidos y recordar aquello que realmente ha vivido en el cuerpo.
Esto le recuerda a una de sus películas favoritas, justamente la que vio un par de semanas antes de que él se fuera cuando le comunicó que tenía que marcharse: “El eterno resplandor de una mente sin recuerdos.” Ella entendía por qué alguien decidiría borrarse la memoria y ahora con el tiempo se da cuenta que su memoria lo hace sin necesidad de una influencia externa. En esa película de alguna forma ambos se buscan el uno al otro en sus recuerdos, hay algo del otro que no logran olvidar y justo así se siente en este momento. Quizás no buscándose ni intentando olvidarse activamente, pero como una promesa de “siempre búscame en tu corazón y ahí estaré sin importar la distancia, el silencio, el tiempo ni el dolor.”
La mente ha olvidado su imagen, así como todo lo sensorial que le correspondía como le ha sucedido con todas las personas que ha amado y por una u otra razón se han ido de su vida. El corazón mantiene viva la sensación de expansión, de confianza, alegría y seguridad que vivió a su lado. Emite este recuerdo en cada pulso, en cada interacción y en lo que escoge cada día. “Lo esencial es invisible a los ojos”-recuerda del arte en casa de su tío referente a El Principito– ver con los ojos del corazón. Lo amó y aún lo ama aunque lo sensorial, lo medible se haya disipado.
Tal vez ese amor necesita del olvido para expandirse, para seguir existiendo en este continuo que llamamos realidad, para que deje de ser esa experiencia que se vive solamente con los sentidos y trascienda a ser lo que muchos seres humanos buscan/buscamos: amar con el alma. Amar como se ama lo intangible, lo efímero de un atardecer, de cada ola, del río que se mueve a su paso, de las mañanas soleadas y las tardes lluviosas, el desarrollo de una flor y las emociones que surgen.
Podría ser que ese abandono de su recuerdo sea lo que permita que si en algún momento le vuelve a encontrar, le permita vivir ese amor y esa profundidad desde otro ángulo, como si fuera la primera vez para darse el tiempo de conocerlo de nuevo. ¿Será posible que eso que le parece tan doloroso en este momento sea lo que le permita más adelante embarcarse en otra aventura? Aunque sea la misma persona en el sentido de nombre, fecha de nacimiento y demás, como el río, las personas no somos nunca las mismas y el tiempo nos cambia.
Abrazar el olvido no es cosa sencilla, pero quizás mirarlo desde la perspectiva de retirar todo aquello que se mantiene en constante cambio y sostener aquello que se mantiene estable y valioso sea la forma de trascender lo básico de lo que le han enseñado lo que es el amor. El amor no es solamente la atracción que sintieron, el compañerismo, los momentos compartidos, sino ese cambio que ambos iniciaron en el otro a través de su calor, de su profundidad, como arenas de colores distintos que se mezclaron y fueron colocadas en sus respectivos envases. Esa acción involuntaria de olvidar puede tomar la forma del entrelazamiento cuántico: no importa cuán lejos estén dos partículas que se hayan vinculado, aunque no puedan “verse”, una siempre influirá sobre el estado de la otra.
Antes de dormirse, luego de que las lágrimas han corrido por su rostro y ha enfrentado la realidad de que la presencia de su amado se ha desvanecido por completo de su memoria se dice a sí misma: ¿Que somos los humanos sino un conjunto de partículas? Partículas organizadas de una cierta forma de acuerdo a nuestra percepción.
De alguna manera esto se convierte en un consuelo e imagina que sus partículas entrelazadas todavía sostienen esa danza en la distancia que alguna vez sostuvieron en la proximidad. El amor no muere cuando existe la separación y el olvido no se da cuando se deja de tener el recuerdo. El primero permanece porque cambia en sí la trayectoria y la composición de aquello que toca, pues no deja nada intacto a su paso y el segundo, de forma voluntaria o involuntaria devela lo que es indeleble aún al paso del tiempo. En su exhalación antes de dormir, siente su corazón expandirse. De alguna forma decide enviar esa oleada amorosa a aquel que ya no logra vislumbrar en su forma humana sino como un cúmulo de partículas convertidas en luz acompañada de un gentil y silencioso “te amo.”
