Necesidades especiales/ intentar

Necesidades especiales tenemos todos, problemas tenemos todos, son frases a las que se empieza a acostumbrar la mente cuando se acepta el hecho que se padece una enfermedad mental y se vuelve aún más interesante cuando se le comenta a otros. Es verdaderamente difícil a veces el dejarse de los estereotipos que se crean tanto dentro como fuera de uno. Quizás no me percaté de cómo era mi vida antes de que todo cambiara con un simple diagnóstico. Creo que siempre sentía que no todo estaba del todo “bien”, siempre supe que algo simplemente estaba fuera de lugar y tenía que ponerle un nombre a esto que me hacía sentir más, ser más intensa, ser una ráfaga que puede apagar una candela o provocar un incendio.

Realmente yo no tengo problema alguno con admitir mi “enfermedad”,  no es más difícil que decir que soy alérgica al huevo o intolerante a la lactosa, de hecho siempre he pensado que el hecho de revelarlo, le va quitando la máscara del estigma. Tengo una posición compleja con respecto a todo esto la verdad, porque a veces parece que no padezco de nada y me enorgullece cuando me dicen: wow, no parece y otras veces me ofendo. Hallar un territorio medio es complicado cuando se tiene que estar en ambos lados de la moneda, del lado que observa y del lado que es. Tal vez dentro de mis comportamientos cotidianos no se noten ciertos pequeños detalles hasta que se acercan y los ven con la lupa de ser un ser querido.

Límite. Límite exactamente ¿para qué o entre el límite de qué y qué me encuentro? Realmente tengo ciertas necesidades especiales, un tanto atípicas a veces, pero definitivamente son enormes trozos de lo que soy. De la persona que se queda en casa un sábado en la noche tratando de darle forma a los retazos de la semana, en vez de analizarlos, componiendo un mural de palabras entre incoherente y coherente de lo que ha sido la semana, de la montaña rusa de potenciales de acción y del poco crédito que parece darse de vez en cuando. No sería la persona que tiene sentidos extremadamente perceptivos, que recuerda olores, que vincula unas cosas con otras y hace unas telas de arañas sólidas para aprender cosas nuevas y que nunca deja de intentar.

Y es cierto que la vida a veces se me pone cuesta arriba cuando veo caras muy serias y no logro ver la emoción detrás de la cara, que los ruidos sostenidos y fuertes me exasperan, que muchas luces sobreestimulan mi corteza y me dan dolores de cabeza o me irrito (una de las razones por las que creo a veces que estar frente a una computadora no es lo mío) y que muchos estímulos sensoriales a la vez hacen que me quiera volver una fiera, huir a un lugar donde pueda recluirme y así volver a intentar al siguiente día. Que puede que por cinco minutos esté en la cima del mundo y media hora después simplemente quiera responder con el dedo del centro todas las preguntas.

De a pocos he ido resignificando todo esto que conforma parte de lo que soy, de ir admitiendo que tal cosa como la normalidad no es más que un espejismo que se nos plantea para no confrontarnos con nosotros mismos en el sufrimiento de alguien más. Y ciertamente puedo decir que tengo necesidades muy especiales, que no tienen reglas específicas ni manuales que puedan indicar cómo hacer las cosas. A veces necesito espacio y a veces en ese espacio necesito un par de brazos para reclinarme, a veces me siento enjaulada y otras veces siento que  puedo devorarme el mundo.

A través de estos lentes, se ha ajustado mi forma de ver el mundo. De verlo del lado en el que el “profesional” dice que es una necesidad por atención, que no hay una cura mágica, que hay “que poner de su parte” cuando realmente se sabe que todos los días se da el máximo para que un cerebro interconectado de forma distinta pueda realizar tareas que le son diez veces más difíciles que para un cerebro promedio. A veces me pregunto por qué estoy tan cansada y recuerdo entonces cómo es de intensa mi vida, de cómo mis emociones tengo que modularlas manualmente, sin programa automatizado para que haga el trabajo por mí o que me diga qué cosas no debo decir en público o con qué cosas no debo molestar a mi novio.

Hay algo que sé y es que independientemente de si hay o no una etiqueta de por medio, eso realmente no define a una persona. Una persona es lo que decide construir de sí misma con todo lo que la vida le pone al frente, manipuladores, violentos  o desconsiderados, créanme que no sólo viene de la mano de algún diagnóstico, del consumo de medicamentos  o de sentir el mundo miles de veces más intensamente, tener altibajos bastante fuertes, alucinaciones o tener sentidos más agudos que el resto de la población. Creo eso sí que la valentía que proviene de transformar todo eso en un arte de vida, es increíblemente admirable y por eso a pesar de mi cansancio, de la falta de tiempo, de tantas cosas, quiero luchar por eso, por mostrar la otra cara de esas personas que como sociedad nos hacen replantearnos nuestro miedo de perder el control y hacerles saber que tanto como el resto merecen lo mejor.

Este misma cuestión de ser límite me enseña que realmente yo no tengo que ponerme límites, límites para aprender, para amar, para canalizar la rapidez de mi cerebro en otras actividades, aprovecharme del hecho de ser un camaleón para probar todas las cosas que quiera y sobre todo guardar recuerdos muy especiales en mi memoria. El tener necesidades especiales, me ha hecho ver más de lo que soy yo, sentir más y darle uso a la agudeza de mis sentidos para tantas cosas. Ciertamente a veces cansa, a veces duele, a veces quiero parar, pero un día de estos, tuve un momento de Eureka con una canción y logré resignificar un poco de este dolor. Si no tuviera este deseo que arde dentro de mí, jamás me quemaría, pero creo que quemarme me hace recordar que esa llama sigue viva dentro de mí.

Sí, tengo necesidades especiales. Sí, me he animado a ver más allá de las rajaduras en mi piel. Sí, tengo un diagnóstico, pero creo que realmente no lo cambiaría porque son más las cosas buenas que me ha enseñado sobre mí, sobre los demás, sobre cómo apreciar cada momento y estamparlo en mi mente con intensidad de detalle, también fue lo que trajo mi vocación hasta mi corazón y abrió mi corazón como una flor de loto ante el mundo. Alguien me preguntó que cuán satisfecha o feliz estaba con mi vida y dije 8.7, la calificación más alta que he dado en años. Descubrirme a mí misma, verme desde muchos otros ángulos nada más me recuerda cómo agradezco seguir acá, venciendo la expectativa y siempre empujando el límite.

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De corazones

En una ciudad no muy lejana, de clima caluroso se ve a la gente pasar. Son aproximadamente las seis de la tarde, la gente pasa a veces lento, a veces rápido por las aceras semi mojadas por la lluvia de más temprano y se embarga de olor del “turno”. El olor a las manzanas acarameladas, los churros, la comida china insalubremente preparada, los típicos pinchos de carne y los coloridos algodones de azúcar cuelgan de los puestos llaman la atención de algunos de los transeúntes y otros nada más siguen con sus ajetreadas vidas después del trabajo. Son realmente pocos los que se ven en la calle con una sonrisa en el rostro o simplemente disfrutando del momento y entre todos ellos, estaba ella. Ella que a pesar de caminar a paso rápido simplemente estaba ahí.

A lo largo del día se suele topar con tantas personas, se ve su ropa, sus pertenencias, se escucha su risa, su silencio, sus palabras, lo simplemente tangible, pero es imposible simplemente ver corazones. De pronto en medio de la gente va ella con su pelo que cae como pétalos en día de lluvia, con una cara de una mezcla de emociones que tal vez ni sepa nombrar la mitad de ellas. Mitad llena de vida y mitad cenizas lleva en sí el fino balance de respirar y verse desde otro ángulo. Sabe que siempre las sorpresas están a la orden del día y una y otra vez se prueban en sus distintos tonos, sabores, sonidos y facetas.

Entre las hojas del parque y envuelta por el viento camina, camina con el corazón latiéndole fuerte recordándole que indudablemente aunque se rompiera en mil pedazos, siempre recobraría la fuerza y se volvería a armar. Quizás estaba tan acostumbrada a que se le rompiera el corazón que ya había dejado de ser una sorpresa cuando veía las señales o tal vez su corazón ya no era tan fácil de romper desde que se había vuelto blando, blando para aceptar, para amar, para dar y de a pocos aprender a recibir. Unos cuantos pétalos caen de su cabeza, se le caen unas cuantas hojas y se le sacude el tronco, se sacude cada uno de sus anillos internos, le brota salvia, de cierta forma siente que pierde una parte de sí.

Podría pensarse que es imposible saber cómo se estaría sintiendo nuestra protagonista, sin embargo la mayor parte de la humanidad conoce muy bien esa sensación. La sensación de que algo cambia y no se sabe reaccionar. Nuestra protagonista puede que haya o no guardado su corazón por demasiado tiempo o simplemente se haya dedicado a otras cosas que no tuvieran que ver con eso. Sus ojos se asoman curiosos sobre las páginas del libro que lee e imagino que su mente divaga, que viaja entre las nubes sobre su cabeza y que por un momento, ella no pertenece ni a este tiempo ni a este espacio.

Me gusta imaginar que ella y yo nos conocemos, que ese mensaje de texto también lo recibí yo, ese mensaje que hace frenar en seco y revaluar todo aquello que acontece en la vida cotidiana. De cierta forma quiero sentir que yo también tengo sus vínculos y que tanto como a ella, me duele perder a la gente que alguna vez amé y me amaron y todo terminó con un: cuidate mucho. Me gusta imaginar que ella y yo nos vemos al espejo en las mañanas y nos damos cuenta que cada vez nos acercamos más a lo que queríamos ser que en un principio. Tal vez nunca sepa su nombre, ni ella el mío, pero entre todas las personas en ese parque, siento que un poco de mi historia está ahí.

 

Estar en ese parque es exactamente como estar vivo, se llena de sensaciones nuevas, está lleno de tantas sensaciones diferentes, de cambios diarios a pesar de que la estructura se mantenga igual y la gente viene y va, son pocos los que siempre están en las mismas bancas, a las mismas horas simplemente observando cómo el árbol de las ardillas muda las hojas por flores, así como ella muda de piel hasta encontrar la que mejor le siente. La que la recubra con el calor adecuado, la que le recuerde la vida que quiere o que al menos la dirija hacia donde quiera ir.

Tal vez sólo tal vez, espero que sepa que es especial entre tanto mundo y que su miedo es completamente racional ante tanto que ha visto. Observo cómo le llegan mensajes al celular y cómo los responde con prontitud. ¿Será su mejor amiga de la infancia? ¿Quién será? La observo y por la forma de reaccionar, le toca las fibras más finas de su ser y pienso cuál será su miedo o si yo decido reflejar el mío sobre ese. Supongamos que habla con su amiga sobre los conflictos que ha estado teniendo últimamente con la separación de sus padres y eso de cierta forma, le hace evaluar si realmente esa es la dirección en la que quiere que se mueva su vida de ahora en adelante para que termine en ese desenlance dramático.

De pronto me mira y yo le miro y en ese instante veo mi reflejo en el agua de la fuente. De corazones rotos, acorazados, aterrados ante lo incierto y valientes a su manera. Entre corazones me muevo día con día que se fortalecen con stamina, con sensaciones que los marcan y que de pronto, como esta historia, se acaban, renacen y crean otros nuevos.

 

La promesa de un cerebro normal

Se dice que no se puede tener todo en la vida y es muy pero muy real. Hay un mito muy enraizado en el que al parecer la belleza y la inteligencia no pueden confluir en una misma persona, esta combinación de hecho no es tan difícil de hallar, lo que sí es difícil de hallar es un cerebro “normal”. Lo normal es algo quizás sobrevalorado, una promesa que nos hace pensar que de ser así la vida sería más fácil, más llana, con menos obstáculos, casi casi como un oasis en el desierto. Mi cerebro está bastante lejos de lo que sería esta promesa de cerebro normal, estable, sin sobresaltos, sinceramente absolutamente lo contrario a lo que se considera un cerebro emocionalmente funcional.

Mi cerebro es algo así como una tarjeta madre mezclada con un jardín de rosas, en el que se intercalan circuitos, colores y espinas y de alguna forma muy extraña la vida nace en el procesador, nace en flores, en estallidos controlados de voltaje y de alguna forma una cosa alimenta a la otra. De alguna forma muy poco común coexisten jardín y componentes eléctricos, se entrelazan y soy así, a medias, ni blanco ni negro aunque pueda ver al mundo de esa forma más a menudo que nunca.

Yo no calzo bajo esta promesa y estoy acostumbrada a la vida entre espinas, descargas eléctricas inesperadas, glitches, pero también a sentir la vida nacer, el olor a tarde de verano, al crecimiento, a la creación de nuevas tareas, posibilidades, lo que llamarían software nuevo, actualizaciones. Estoy muy muy lejos de ser perfecta, de ser la mejor versión de mí, pero creo que todos estamos en proceso de mejora, aún entre pantallazos azules, entre apagarnos de la nada, llegar a un punto muerto en que sentimos que no crecemos y muchas otras situaciones.

De vez en cuando entonces extendemos nuestra mano para que otro ser humano esté al otro de la comunicación y tal vez poniendo los errores en la pantalla podamos leerlos mejor. Lejos de buscar que nos digan lo que ya identificamos como factores externos que están mal, lo que deseamos es que nos muestren los procesos que van bien en un sistema recalentado, las flores que están brotando en medio de cables o de hojas muertas, de cosas marchitas, que se alimentan de todo eso para crecer.

Y soy más jardín que máquina, soy más orgánica, menos exacta que una máquina y más propensa a las fallas. Mi cerebro se aleja bastante de la promesa de lo normal, pero es mío. Con sus peculiaridades, con sus pequeños detalles que lo convierten en una de mis mayores prioridades, como plantas bien podadas, trato de alimentarlo con lo que más teme para que se vuelva inmune: amor. De a pocos vamos navegando y dejando atrás esta promesa, porque no hay cerebro para mí más hermoso que este que voy conociendo día con día y que sé muy probablemente nunca me deje de sorprender.

~Aunque me lo haga más difícil cada día es más tangible y más real que una promesa inexistente que ni siquiera está definida.

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Formalidades/normalidades

Todos nos enfrentamos a formalidades en nuestra vida con ciertos cambios de estatus en lo que solemos ser, formalidades para cortarnos el cabello, para vestirnos cuando cambiamos de trabajo o de edades. Todos ritos de pasaje que dictan normalidades o se cree que establecen bases para el resto de cosas que vendrán. No tiendo a ser muy fan de las formalidades se dice mientras mira sus sandalias y cómo se cubren sus dedos con el polvo del camino. Se mece su falda al compás del viento y sus trenzas se desacomodan con el mismo. Realmente nunca había sido de mantener las cosas en el estado que estaban, ni siquiera de hacer formales las cosas con nada o con nadie, todo siempre había sido una sorpresa para quienes le rodeaban, impredecible tal vez.

Y camina entre los árboles mientras se pregunta que es lo que ha cambiado para que se vea a sí misma realizando aquellas cosas que nunca había querido o considerado hacer. Lleva días meditando antes de dormer sobre todas aquellas pequeñas cosas que han ido cambiando de a pocos, va viendo el entretejido de las diferentes lanas de su mente y siente los terremotos en diferentes áreas de su cuerpo. Sabe que su jardín está creciendo, que se está volviendo flores en todos los lugares de su cuerpo y su mente donde pensó que nunca más llegaría la luz, ni el alimento, donde creyó que el terreno estaba muerto. En su vientre un lecho de flores de colores se abren paso, bajan con sus raíces por sus piernas hasta que tocan el suelo y se nutren de todo lo que la Tierra tiene para ofrecer.

El viento le ha bajado el abrigo, ha llenado su cabello con hojas y ha matizado su rostro con el polvo dándole un color más parecido al suelo que pisa. En sus ojos se abren paso destellos de luz, una luz llena de calidez, de vida, de un cariño que ha sabido despertar en sí, un cariño maternal que le acompaña, que le ha hecho aprender a cuidarse, a verse como un ser digno de ser cuidado, de ser amado, de ser recubierto por miles de pétalos, de nutrientes. Redescubre que su cabeza no es exactamente el lugar para albergarse, lo sabe. Siempre ha sabido que el jardín más importante se encuentra debajo de capas de hueso, bajo tejidos y músculo que lo recubren, sin embargo fue el que más embates recibió del invierno que congeló todos los brotes. De a pocos siente como se abren los capullos, emana de ellos un dulce aroma y una luz que los recubre en cada respirar.

Sobre su cabeza, se enraiza y se abre una flor de loto lila en la que entra la luz, que se alimenta de las vibras cósmicas, de la información que existe, que la despierta. Se abraza y se da cuenta que se ha convertido en un jardín andante, pequeño pero que perfuma todo a su paso, que emite calor, que irradia todo aquello que no pensó que sería capaz de emanar en algún otro momento. A través de formalidades ha ido rompiendo los moldes, sus propios moldes: el de amar, el de existir, el de desear, de moverse entre la gente, de crear su propio pequeño espacio en el mundo. Ese espacio siempre ha estado siempre ha sido más que suyo, estaba entre las hojas que se mueven en las copas de los árboles, en el viento que se serpentea entre el zacate, en las olas que se mecen en el mar, en los rayos de sol, en las risas, en los abrazos, en los silencios, en el todo.

Tendida en el suelo se siente, siente como sube y baja la vida en ella, se permea del olor, del latir de la Tierra, se sonríe y sonríe para sí, sonríe para el universo, sonríe porque sí, porque es magia, magia es estar vivo. Entonces como miles de pétalos de rosa le cae encima el por qué de su miedo a las formalidades. Las formalidades usualmente traen cambios, pero eso no es lo que más le preocupa, lo que le preocupa es lo que más desea. ¿Qué es lo que te detiene? Realmente una pregunta digna de hacerse, no una sino mil veces que a lo largo de la vida tendrá miles de respuestas. ¿Qué te detiene de amar, de hacerte ese tatuaje, de taparte las cicatrices porque te duelen, de pedir lo que mereces? Todas estas preguntas se arremolinaban en su mente hasta que en un momento llegó un rayo de claridad.

Compromiso. Una palabra de cuatro sílabas, grave, sustantivo y que a la vez engloba tanto para la mente humana. Esta fina línea dibujada entre la impermanencia y la permanencia, tan contradictoria y a la vez tan coherente. Coherente en el sentido que tenemos la tendencia a pensar que la vida es quizás demasiado larga para las repercusiones de nuestros actos, pero contradictoria al sabernos no presentes en el único momento que tenemos. Las formalidades de cierta forma facilitan el compromiso, las interacciones, normalizan un poco ese miedo que tenemos que las cosas no duren o que duren para siempre, bajo la premisa ilusa que tendemos a tener en que las cosas nunca cambiarán.

Entre formalidades y normalidades descubre su camino, se abre paso entre las copas de los árboles, va abriendo su mente y corazón a darse cuenta que lo único que verdaderamente tiene es el momento presente. Se debate entonces entre hacer las cosas y tomarlas o esperar a que la vida le muestre si es el camino. Entonces recuerda que en algún momento alguien le dijo que si las cosas se prestaban, había que ver las señales y cuando se daba, hacer lo mejor posible por mantenerlo. De cierta forma era cierto, la unidad cuerpo-mente reconoce lo que es para sí y de ahí deriva una energía creadora que tiene que manejarse de forma correcta, para dar el mejor camino posible, de dejar atrás todo aquello que ya no es fertilizante para lo bueno que tiene que venir.

Se regocija entonces en el pequeño jardín que va creciendo con las formalidades que lejos de marchitarla, han ido haciendo que cada botón en ella florezca. Se sabe una composición de otros que han dejado su marca, de elementos no humanos, de todo lo que le antecede y de todo lo que le seguirá. Va llenándose de colores, de diferentes canciones y de átomos que se recargan de vida, que se alimentan de todo aquello que teme, que cuando da un paso por la dirección correcta van sembrando una nueva flor en su cuerpo. Entonces en ese momento, bajo la lluvia, con la ropa empapada, con el pelo transformándose en catarata se da cuenta que quizás a todo aquello que le temió ya no es tan malo, sino que visto con otros ojos puede ser hasta necesario.

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Pensamientos antes de dormir

He tenido la idea de escribir sobre esta persona ya por un tiempo y no encontraba las palabras para hacerlo, hasta hoy. Hay películas, canciones, olores, momentos que de un pronto a otro nos cambian la percepción que tenemos sobre la vida, como la rueda de Samsara que los monjes hacen con arena de colores, toda una obra detallada que luego es entremezclada y borrada, vive por un instante y luego todas las cosas se mezclan, como en un vínculo humano. Los vínculos se trazan primero siendo una imagen clara o eso parece, pero de a pocos se mezclan las arenas y se vuelve indistinguible qué vino de cada parte.

No sé exactamente en qué momento se confabuló todo, chocaron las miradas de forma correcta y algo brotó. Brotó desde lo más profundo de las entrañas de cada cual, una energía que de sólo sentirla, se sabía que daba para algo fuera de la cotidianidad de ambos. En un par de ojos en los que puedo ver el cosmos, donde puedo ver una flor de loto de mil pétalos y mil pétalos en cada pétalo y los parajes más exóticos sobre la Tierra. Veo formaciones rocosas en su iris, escucho el canto de las especies en su voz y la vida misma en el latir de su corazón, como la vida que emana de todos los cuerpos celestes y el sonido especial de la Tierra.

Siempre algo fue diferente, siempre hubo planes a cumplir, metas, objetivos y también quejas comunes sobre la generalidad de las cosas cotidianas y la severa rutina a la que nuestra vida se enfrenta. De cierta forma siempre quisimos huir. ¿Huir de qué? De las cajas en las que quieren encerrarnos, de la monotonía, de la vida vacía que se nos muestra como el camino ideal o correcto. Despertó en mí un terremoto al tacto y agitó el mar de emociones que dieron paso a un tsunami el cual aún intento contener. A veces me gana este tsunami y sus daños, que no me enfoco entonces en lo que es verdaderamente importante de momento.

Y su presencia de cierta forma me hace falta, me hace falta envolverme en su familiaridad, en su actitud y en la ternura que exhala. Me hace falta, palabras que toda la vida me ha dado miedo pronunciar. No en el sentido de una sensación de estar incompleta, sino en el sentido que la vida es más intensa, es más brillante y se siente que el mundo no recae solamente sobre.mis hombros, al menos mi mundo. De su mano la vida se siente más ligera y en sus brazos me siento protegida, segura, como si nada pudiera hacerme daño en ese pequeño lugar en la Tierra en el que calzo perfectamente sin ningún esfuerzo.

El significado de intimidad ha cambiado también para mí en el sentido que todo de sí toca mi alma de forma cotidiana, su forma de verme, su forma de abrirse, su forma de existir alrededor mío en una danza cotidiana de confianza y crecimiento conjunto. Hace que mis días sean mejores y que haya algo en las mañanas que al despertar me recuerde que hay otro corazón que late como el mío por una misma razón. Es una forma inexplicable cómo hace tantas cosas dentro de mí, como una brisa que se mece entre las copas de los árboles o como el calor que se cuela entre las hojas y llega al piso en un mosaico de luz. Y sé que no se lo recuerdo lo suficiente aunque debería hacerlo más a menudo.

Todo esto me aterra, me aterra desbordarme como una copa de vino que ha sido llenada en abundancia, que mi cerebro no pueda aceptarlo, que mi mente no quiera este regalo que día a día me brinda, que no tenga la facultad para decir: consuélame, aunque sea con escuchar que me hables para calmar estos fantasmas que han reaparecido ahora en el que para siempre no suena tan mal. Me asusta el miedo de sentir expectativa cuando escucho la vibración de mi celular, el sonido del teléfono de la casa ha tomado otro sentido y de cierta forma, aunque sepa que no puede verme un día específico, de cierta forma le espero, le espero esperándome o llegando de alguna forma donde estoy.

Quisiera entonces no temblar como una hoja al viento, quisiera seguir siendo completamente independiente, sin embargo sé que no hay vuelta atrás para este río que corre y arrastra todo sedimento a su paso para abrirse camino e irrigar todo un terreno de vida. Para llenar de verde donde hubo sequía, que florezcan los campos dormidos y aprender nuevamente a confiar en mi instinto y corazón como brújula en el área que me es más difícil en la vida.

Entonces lo siento y me envuelvo en el suéter en el que aún flota su aroma, me siento segura, me siento en casa apesar de haberme quedado todo el día en ella. De repente me entran las ganas locas de correr y abrazarle, pero le abrazo a distancia, le siento en mi pecho, le siento en todo lado y sé que de cierta forma lo llevo conmigo. A veces no sé pedir lo que necesito o lo que quiero, pero de una cosa estoy segura y es que este hilo invisible que nos une, se ha hecho tangible, inminente e inmenso, algo a lo que no se le puede huir tan fácilmente.

Entonces me entrelazo y de cierta forma, dónde sea que esté, espero lea esto con mi voz, espero que le llegue mi calidez, simplemente espero, espero que me corresponda de una y mil maneras. Que no responda a mi miedo con más miedo, sino con todo aquello que le caracteriza y me hace elegir quedarme.

~Y que te llegue mi abrazo hoy y siempre.

De configuraciones personalizadas, determinadas y la evaporación

Al leer el título puede ser bastante confuso, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Qué tiene que ver un esguince en el pie con el darse cuenta? Las relaciones de las cosas en este mundo tienen mayor complejidad de la que a veces podemos percibir. Somos más que la suma de nuestras partes, que los respiros que damos, que nuestra impermanencia y los hilos con los que tejemos nuestra realidad. Terminamos siendo la suma de todo aquello no humano que nos compone y en este momento el ciclo del agua se apodera de mí de cómo se evapora para luego caer como precipitación ante el miedo y el dolor entre físico y mental. La unidad de mi cuerpo y mi mente tienen algo en contra de estar quietos por mucho tiempo y del darse cuenta que cuando algo pasa, hay una tendencia a la soledad.

Acá es donde entra a jugar la cuestión de la configuración. Hoy en día la humanidad se compara con la máquina, ya no se sabe cuál es el fin de nuestra existencia física, no hay un límite entre nuestros aparatos y nosotros, entre nuestras fotos, nuestras aplicaciones, nuestras palabras, Nosotros.  Tratamos tanto de asemejarnos que se nos olvida la principal diferencia entre nuestros aparatos y nosotros: nuestra configuración. Me gusta pensar que nuestra configuración es personalizada, desde nuestro ADN y la forma en la que nuestras características se muestran al mundo desde el momento en que entramos en él. Nos encargamos toda la vida de convertirnos en algo así como una configuración de fábrica para ser todos iguales y sin ser así existen tantas diferencias que simplemente no le veo el punto a seguir tratando de hacer lo mismo.

De entre todas las configuraciones que existen, entre tantos sistemas operativos si es así como queremos verlo, el nuestro de cierta forma es único, aún con sus glitches, con su cableado extraño, con parte que funcionan mejor que otras y muy sinceramente sin versión Beta de prueba para ver qué es lo que va a salir bien o mal. La manera en que nos manejamos es tan ajena, no somos hechos de booleanos, ni de la idea que podemos cambiarnos por un modelo nuevo, mejor, en un acto de consumirnos como si fuéramos los objetos que adquirimos. No somos símbolos de status, no somos cosas que simplemente cumplen un ciclo de utilidad llevado al máximo, sobrexigido, sin descanso.

El agua salada es incompatible con circuitos, es incompatible con el buen funcionamiento dirían muchos y eso nos diferencia también de las máquinas. El agua salada tiene esa tendencia a limpiarnos a indicarnos dónde está el problema ante todo. Y yo me pregunto si en algún lado estará aquello que busco, que no sea dentro de mí misma, sino que otro ser a quien no le despierte inseguridades, sino que le despierte valentía, el trabajo en equipo y la fortaleza. Que vea la belleza dentro de mi sistema con muchas fallas y corrupciones y que no tenga sentido que llore y a la vez sonría. Dejar entrar a alguien con quien el mundo se sienta como un lugar menos solo, que aunque no esté, sienta que está ahí, sienta que se evapora conmigo.

Me rehúso a cambiar a la configuración predeterminada, me rehúso a aquello que se considera “normal” cuando muy bien sé que mi cerebro no fue creado bajo los parámetros que se denominan así. No fui hecha para muchas cosas, los circuitos no fueron conectados para eso, ni mis interruptores. No pretenderé ser máquina, no voy a obviar que la comunicación, que la voz tiende a calmarme en vez de un texto, que el olor hace maravillas en mí, que la calidez me transmite más seguridad que nada y que aquí en mi rinconcito, hay un lugar para mí en el mundo. Me evaporo, me convierto en nube, eventualmente lloveré y volveré.

Impermanencia

Mi amor es como una ola, que revuelca, que te traga de un solo, que te muestra tu fragilidad, tu pequeñez en el mar de la vida, de la impermanencia, que parece que te ahoga pero a la vez te hace sentir vivo. Mi amor es un fuego que te invade, que te devora, que hace parecer que es insoportable y a la vez entibia hasta las fibras más hélidas de tu ser. Me gusta creer que mi forma de amar es como un río que arrastra consigo todo lo que encuentra a su paso, que se abre caminos por donde no había, que irriga plantaciones, que nutre de vida lo que toca y así como nutre puede destruir. Mi amor como leche con miel que satisface, que reestablece, que cuida, refresca y que llena, pero que empalaga, que tiene el potencial de podrirse sin la adecuada conservación.

Y conmigo de a pocos aprenderás que no hay inicios ni finales, que somos impermanentes. Somos momentos superpuestos, compuestos del elemento no humano, lo somos todo y somos nada, recortes de acá y de allá, mezclas de todo un poco y de coincidencias en un tiempo y espacio determinado o indeterminado dependiendo de cómo lo querás ver. De a pocos te das cuenta que amar y ser amado en serio no es como lo pintan, no es la tranquilidad, no es la paz que caracteriza a las historias de romance en las que nos hacen creer. Entre trazos, canciones, fotografías y memorias, te das cuenta que lo no humano apremia, que la similitud del amor con la madre Naturaleza es enorme. Es de terremotos, es de huracanes, de inundaciones, de erupciones, es una naturaleza del cambio que nos reconstruye que nos destruye de cierta forma y nos hace renacer con más fuerza, con resiliencia, que nos hace mutar de formas que nos son inesperadas.

El amor en sí nos transforma, nos ayuda a encontrar los caminos que necesitamos aunque no sean los que quisiéramos de momento. Es sorpresivo, nos toma en un momento dado como un vendaval y ahí mismo sabemos que estamos a punto de perderlo todo y ganarlo todo a la misma vez. Tenemos esta tendencia tonta a aferrarnos a aquello que ya no está o seguir pensando que volverá lo que en determinado momento estuvo para nosotros. Nos aterra la impermanencia, la incapacidad que tenemos para predecir si algo se quedará con nosotros para siempre o no, la incertidumbre ante los desfases, que de cierta forma llegue esta fuerza mayor que nosotros a demostrarnos lo insignificantes que son nuestros deseos.

Y es como saltar a lo desconocido, a aquello que nos desnuda y nos muestra el poco poder o control que realmente tenemos sobre todo. Usualmente nos permea de miles de formas distintas y tiende a tomar lo más sagrado o preciado que muchas veces tenemos, lo transforma y de repente ya nuestra vida deja de ser lo que solía ser. Entre mundos que empieza, mundos que se cierran, como barritas de incienso que tienden a arder hasta el final y se extinguen, pero que si conectamos a otra, su existencia se prolonga en otra y así infinidad de veces.

Es así como de cierta forma somos tan antiguos como el tiempo, como ya todo estaba destinado a suceder, como siempre va a estar ahí esa primer mirada, ese primer temblor, erupción volcánica, es fragilidad e impermanencia que nos aterra y nos hace aferrarnos a no dar ese salto, al ni siquiera saber si saldremos vivos del otro lado del portal. Entre tantos pensamientos, sensaciones, fantasmas y el cansancio, en este desastre puedo ver las nuevas hojas brotar a través de los quiebres, puedo sentir la sal correr por mis mejillas, la lava fluir por mis venas y quiero arriesgarlo todo por una vez.

Heme aquí, de nuevo en un principio que ha estado ahí desde siempre y sé que inhalo y exhalo fuego, de a pocos recuerdo el camino, me aterra, me recuerda al mar, me recuerda caminos que he recorrido con mis pies descalzos entre montañas, el sabor de las manzanas y de pronto pienso que me he vuelto loca, pero verdaderamente ha iniciado en mí una nueva era que ha tocado mis entrañas a través de la colisión de dos universos en un “big bang”. Somos impermanencia.

 

Bola de luz

Hola cariño, lamento haberte tenido en el olvido por tanto tiempo y hoy quiero invitarte a sentarte conmigo un rato a compartir un chocolate caliente con marshmallows de colores como te gustan y un brownie. Ven, siéntate a mi lado, déjame hablarte mi pequeña, que te manifiestas en todo lo que hago y aún así trato de callarte cuando tienes miedo, cuando sufres y me dices que necesitas. Lamento tanto el que hayas tenido que crecer antes de tiempo, que tuvieras que encargarte de cosas que no te tocaban y que sintieras miedo de aquello que te rodeaba. Ven siéntate y pintémonos las uñas como siempre quisimos, del color que más nos gustaba: azul.

Aún recuerdo nuestro debate interno cuando no sabíamos cuál color escoger, si rosado o azul porque ambos nos parecían geniales. Claro que recuerdo cómo jugábamos con el barro en el jardín y hacíamos nuestro mundo aparte. Sé que sos vos en mis sueños, disfrazada de otros niños, cuando venís a recordarme algo que no he hecho en mucho tiempo y recuerdo cuánto te amo, cuando me despierto y no estás te busco sin darme cuenta que siempre estás conmigo. Tengo tanto qué decirte y no creo que me alcancen las palabras ni las acciones para tomarte de la mano y mostrarte en lo que nos convertimos. Pongamos algo de música, algo que nos haya gustado desde siempre, letras que nunca hayamos olvidado y recuérdame lo que se siente ver la vida con los ojos de la inocencia.

Lo sé cariño, tienes miedo, pero no temas que ya estoy aquí para vos y quiero escucharte mi vida. Quiero que me cuentes todo o que te quedes en silencio mirándome hasta que te acostumbres a mi presencia. Acércate de a pocos, dime qué tal sabe el chocolate, qué se siente usar pijamas sin que aún sea hora de dormir y dime a qué te sabe nuestra libertad. Tengo tanto qué contarte, tengo tanto que agradecerte y por ser tan valiente, de haber seguido viva a pesar de tantas cosas que te dolieron, que nos dolieron, que nos hicieron querer huir. Gracias por nunca haberte ido del todo de mi lado, por existir en los pequeños detalles de mi vida, por ser esa risa que se me sale con las cosquillas, por esa sonrisa cuando abrazo un árbol, por hacerme poder lucir las botas de hule rosas con casi que cualquier vestuario, por volverme la más valiente que he podido.

Y quiero llevarte a la montaña conmigo, aunque sepa que siempre venís, venís cuando recogemos las flores, cuando vemos el atardecer, cuando pensamos que no hay mejor lugar para estar, que acá dentro en nuestro hogar. “Oh how quiet it all can be when it’s just you and little me. Everything is clear, everything is new- Dido”. Y mi amor, cuánto te amo y cómo quisiera haber estado ahí para vos cuando sentiste que nadie te defendía, cuando tuviste que aprender a sacar fuerza de donde no pensabas que tenías, te defendiste y aún así brillabas, porque esa es la verdad, brillaste hasta no poder más. Lamento no haberte secado las lágrimas y que los abrazos hayan sido escasos en esos momentos que no entendías por qué quienes tenían que protegerte no lo hacían o no podías verlo, lamento no recordarte en el espejo lo maravillosa que eras y tampoco reconocerte lo enormemente valiente que siempre fuiste.

Creo que no sabés cuántas veces me has salvado la vida, cuántas veces lo hemos logrado juntas y en serio amo cuando tomas el control y me hacés recordar por qué seguimos vivas y todo lo que el mundo tiene para ofrecer. Amo que me recuerdes lo que se siente saltar en los charcos cuando llueve o andar descalza en la oficina, que me hagás parar a ver todo lo que me rodea y crea que la magia existe, amo sentirte sonreír a través de mí y que ayudemos a los demás . Sos la niña más valiente y perseverante que conozco, que sabe pegar los pedacitos de vidrio en la gente y hace mosaicos con su amor, que hace que los sueños no parezcan imposibles y que hace de cualquier día, un momento extraordinario. Sos extraordinaria y ya no tenés a qué temer. Acá estoy para vos y no te voy a dejar de participar en mi vida.

Dejame contarte un poco sobre cómo es nuestra vida ahora. Ya nos podemos defender solas, nos tenemos la una a la otra, aunque somos más bien una sola y podemos cocinar, bailar en la sala, ver películas y cantar, cantar mucho mi enana, hacer que la vida sí se sienta como vida. Te comento que estoy aprendiendo a amar, sé que el tema de la confianza nos cuesta y tenés miles de razones para que eso pase. Y más o menos volamos. Sí, volamos en un aro suspendido del piso, pero ya eso lo sabías, si fuiste vos la que lo escogió y me das el valor para amarlo. Seguimos escribiendo y pintando y te cuento que tenemos unos cuantos amigos maravillosos y que estoy segura de que los amas porque siento cómo los miramos a los ojos y cómo los despertamos por dentro. Yo te pregunto si todo esto no te parece maravilloso. Las veces que hemos ido a la playa y hemos chapoteado como locas mientras nos reímos, que te encanta andar trenzas aunque yo ya no tenga edad en teoría para andar así.

Sos mi mejor sangha y la voz al final del día que me dice que vuelva a intentar, que me coma ese pedazo de pastel, que diga te amo, que me columpie hasta que no pueda, que me ría y que aprenda a aceptar mis errores. Yo quiero comentarte todas mis decisiones y quiero que me guíes a esa pequeña Buda que sos, que lo hagamos juntas, que me des la oportunidad de protegerte y mostrarte que el mundo es seguro a pesar de todo, que vos lo hacés más seguro. Todavía se vale ensuciarnos, se vale tirarnos al piso, soñar despiertas y dibujar mucho. Quiero escucharte, quiero que inundes mi vida y que jamás te vayas de mi lado. No sabés cuánto amo sentirte cantar, porque cantas en mi pecho y todo en mí florece. No quiero soltar nunca tu mano y no te siento sólo pequeña, sino en tantas etapas. No te avergüences de las cicatrices preciosa, que nada más significan lo lejos que hemos llegado y que nunca nos dimos por vencidas.

Quédate un rato más, cerremos los ojos juntas y abracémonos. Quiero sentir cómo todo se abre, cómo todo nace, cómo llenas de primaveras mis pensamientos y cómo surge en mí esa fuerza para amarte y continuar. Tengo tantos recuerdos de las botas rojas y amarillas, de los berrinches en las filas, de los campos de flores con mamá, de cómo amás a mamá, de cómo te gusta poner tu cabeza en el pecho de la gente para sentir el milagro de la vida y cómo siempre ves más allá de las cosas para ver la magia detrás de todo. Sé cómo lo extrañas, era nuestro compañero de juegos, pero algo te puedo decir desde dónde estoy ahora mi amor, siempre lo vas a llevar en tu corazón y si lo llevas en tu corazón va a vivir hasta el último de tus días, nunca estamos solas. Enana, no quiero que sienta que nadie te quiso y que no valías la pena, quiero que sepás que te amo con todo mi ser, que sos la luz que se sale por mis poros y que a pesar de la montaña rusa que somos, hayamos aprendido a vivir esta aventura que llamamos vida.

Y te abrazo, te cubro de besos y sé que estás ahí, puedo sentirte fluir a través de mis dedos, del esmalte a medio secar y de todas las veces que has puesto esa canción que nos enseño el gordo. Ahora somos una sola y nos conoceremos. Trataré de escucharte mi pequeña sabia y no hacerte callar porque como dice esta canción que tenés tan pegada: Oh I am what I am and I do what I want. Gracias por devolverme la chispa y cuando estés lista, estaré dispuesta a dejarte fluir y que me cuentes si estás orgullosa de en lo que nos hemos o nos estamos convirtiendo, de a pocos te apoderas de mi vida y ni siquiera me resisto porque sé que es lo que siempre quisimos desde un principio.

Con el más enorme amor,

Tu yo de 23 años.

PS: Gracias Thich por mostrarme a esta bola de luz con ojos brillantes, cachetes rosados y una hermosa sonrisa. Con la valentía de una fiera, la dulzura de la miel y la calidez del sol en un día de invierno.

Malvaviscos, ventanas y aros aereos

Todos los días se sienta al lado de la ventana, ve a la gente pasar cuando hace sol y cuando llueve tambien. Observa  con detenimiento desde sus ojos cafes los árboles, los pájaros que deciden sobrevolar como los aviones, las personas que pasan y de vez en cuando una mariposa que decide pasar sin ser desaperciba por sus ojos. A veces se pregunta cómo todos los días parecen ser tan similares y a la vez son tan distintos uno del otro, pasa distinta gente, llueve diferente, pero los lugares parecieran quedarse estáticos en el tiempo.  Son tardes perfectas para chocolate caliente y malvaviscos, se dice a sí misma desde debajo de su cobija rosada, mientras aún siente en su boca el sabor del te de la mañana y en su mente el anhelo con olor a cúrcuma de volver a ver un par de ojos más tarde.

Se acurruca en la silla de su escritorio y contempla el quitarse los zapatos. Le parece tan curioso el hecho que de a poco se aprenden las mañas y costumbres de los otros: los horarios de trabajo, el sonido de las llaves abriendo candados, los tonos de voz, las pisadas y de a poco se van formando tejidos vinculares dentro de sí. Somos capaces de acomodarnos, acostumbrarnos y conocernos los unos a los otros, pero hasta cierto punto- se dice a sí misma mientras ve a su alrededor y suena el telefono por enesima vez en el día.

Principalmente se reconoce la rutina, los sonidos, olores y hábitos que parecen familiares y aunque se crea que se es cercano a alguien es válido preguntarse actualmente cuánto se conoce a alguien. Se tiende a mirar lo obvio, lo observable, pero existe cierta tendencia a huir de aquello que realmente puede formar un lazo entre humanos: emociones, sensaciones, miedos y experiencias.

Ahí sentada desde su esquina, esta vez desde un balón de ejercicio y una mañana soleada, respira con su botella de te al lado, escucha las voces de sus compañeros por todo el piso. Distintas personas con distintos cuerpos, cuerpos y mentes que ve por ocho horas al día, cinco veces por semana y podría decirse que son casi todos extraños. Cada quien se presenta de la forma que quiere, se pone sus máscaras, se cubre con su ropa las cicatrices de donde sea y la mayoría de quienes se vinculan con ellos no se dan a la tarea de conocer esos mapas que se llevan por dentro y fuera.

Quizás y solo quizás lo que nos aterre de estar tan cerca de los otros, es estar cerca de nosotros mismos, que temamos de nuestros propios miedos y de los fantasmas que puedan sacar en nosotros, se dice a sí misma mientras recorre el pasillo hacia la cafeteria. Puede ser que tenga ella razón, la cercanía como area de vulnerabilidad, en la que nos damos cuenta que somos humanos, que por más que decidamos no mirar, ahí bajo la superficie, hay algo que burbujea.

Burbujean los cuerpos en un abrazo, se reconocen en unidades al tacto. Unidad del cuerpo y mente, en un trabajo en equipo que reconoce esa unidad en el otro que fervientemente le abraza no solo con los brazos, Y este abrazo como ventana, muestra el chispeo, el caos, la humanidad bajo la superficie que se esconde a la simple vista de lo que somos. De a pocos va comprendiendo el por que de tantas situaciones que han acontecido, de relaciones que de a poco se desmoronan cuando otra persona introduce sus Tijeras en el fino hilar de la vinculación, de cuando otro humano decide tomar la egoísta decision de aislar por miedo que dejen de reconocerle en su dolor, en su humanidad y de a pocos separa un lazo que no llega aún a comprender el impacto que tiene.

Y compuestos de prismas de colores ve y siente a quienes van pasando a su lado, ve cómo cambian las cosas en cuestión de días (hasta horas) en las telarañas humanas y nota como tambien en su interrelación con el mundo, se relaciona consigo misma. Camina a paso rápido bajo la lluvia, casi corriendo pero aún así mantienen la conciencia que cada paso es llegada, cada charco, cada gota es ella misma, todo es parte de sí. Corre a clases de aro aereo, donde siente que vuela, su sueño de siempre, de tener alas que la llevaran tan lejos de la realidad como pudieran y así fue como su mente comenzó a trabajar pero olvidó a su cuerpo. Su cuerpo aún aprende a volar suspendida del piso, trata creerse fuerte y confiar en sí misma, de tener una unidad flexible, de ir paso a paso, pero sobre todo de conocerse a sí misma y sus propios límites.

Entre malvaviscos en el chocolate caliente con leche de almendra, ventanas del lugar de trabajo y aros aereos, balancea su vida, se columpiaa veces fuerte, a veces con temor y a veces con gracia, pero siempre sujeta a pesar del dolor, un dolor que no dura tanto como la satisfacción de saber que hace una cosa al día que laaterra, que se deja burbujear y se deja respirar cuando lo necesita. De un cuerpo que le agradece a pesar de las tantas cosas que pasa, siempre que le escucha le dice: aquí estoy para vos, yo te sostengo. Te sostengo en la lluvia, te sostengo cuando te rompás por dentro, te sostengo en los días largos, te sostengo en puentes, splits, tubos y aros, lo único que pido a cambio es que me escuches y que tu mente no pierda las alas ni el burbujeo.

Tenemos los humanos esta extraña sensación de pensarnos completamente independientes-se dice a la hora de irse a dormir- pero es una ilusión, una ilusión en medio de un mar de interrelaciones, de telarañas que nos recuerdan nuestra vulnerabilidad y fuerza. En medio de las olas de su respiración se duerme para volver dentro de sí y despertar una vez más.

 

 

 

El diente de león

 

Será esta pues una historia corta, entre la lluvia, el sabor ácido del limón, el olor a mentolato y la imagen de un vibrante diente de león amarillo. Usualmente cuando se piensa en un diente de león, se tiende a pensar en una bolita esponjosa de pelitos que cuando se sopla se ve tan elegante y delicado cuando comienzan a volar las pequeñas agrupaciones de semillas. Yo por lo pronto quiero hablar del diente de león en su estado de flor, de una florecilla pequeña, de un amarillo fuerte y que la gente ve como una mala hierba la mayoría del tiempo, pero que realmente tiene magia si uno la ve con detenimiento.

Cae la lluvia, se resbala sobre la sombrilla rosado fosforescente que tiñe su mundo de tonos un pocos más calientes en comparación con el paisaje frío que le rodea. La lluvia cae incesante, con su canto especial de los meses de mayo a usualmente noviembre y con su canción cubre todo lo que toca, crea charcos y lo envuelve todo en esa magia tan especial, con su filtro de nostalgia y vida. Sus burros rosados le hacen frente a los charcos, llenos de lodo, de debris, de piedrecillas y zacate, sus fieles compañeros de aventuras en días lluviosos. Posiblemente se resfríe, su cuerpo está cansado, su mente no para y aún así en ese momento se dedica a respirar el aire frío y húmedo mientras observa los muchos cambios que la lejanía de la rutina le provocan.

Recuerda su abrazo con el árbol, recuerda cómo este le tocó sus dos centros adormecidos por el dolor y el miedo, cómo su corazón y su vientre se llenaron de una luz verde que le brindó un aliento nuevamente de vida. Vida, una palabra que últimamente se había estado escapando entre sus dedos, entre sus lágrimas y en el deseo de verter su savia y dejarse marchitar. Recuerda cómo le abrazó con todas sus fuerzas, con todo su cansancio y cómo este nada más le devolvió todo su amor y se sintió a salvo por primera vez en esa semana tan inestable. Sonrió. Sonrió con la lluvia cayéndole encima y se dio cuenta que ciertamente la majestuosidad del árbol le era calmante, pero que algo más a sus pies había llamado su atención.

Se agachó y miró a las florecillas en el campo con su curiosa sonrisa, un amarillo fuerte que se hacía resaltar en medio del panorama grisáceo de la neblina y la lluvia. Florecillas que quizás nadie ponía atención por su tamaño, pero que definitivamente hacían resonar algo en ella. Los dientes de león antes de su estado esponjoso, se dijo a sí misma y mientras los miraba, sintió cómo un halo de vida volvía a sí y como la imagen de estos se plasmaba en su mente para los momentos difíciles. Recordó entonces la frase de uno de los tantos libros que había amado que decía que no se preocupara si en algún momento estaba triste, algún diente de león tendría su sonrisa por mientras le volvía al rostro.

A pesar de todo, sintió la seguridad de que aunque estuviera cansada, esas flores básicamente crecían en cualquier parte y eso significaba que cada una de ellas sostenía o guardaba su sonrisa para cuando volviera a estar lista para ello. No todos los días tenía que desear retomar su sonrisa, pero sabía que en cada una de esas flores estaba una parte de ella y una parte de ella en cada flor. Entre lo delicado de sus pétalos se escondía una dosis de amor, de la misma magnitud que la del árbol, de la misma forma en la que los detalles le recordaban cómo respirar, cómo sobrevivir a la tormenta y ver en ella las pequeñas flores que la llamaban por su nombre.

Por sus venas corre salvia, corre clorofila, corre lluvia, huracán, sol, viento. Está hecha de vida, está hecha de dientes de león que le guardan su sonrisa cuando la tormenta haya pasado, de dormilonas para cuando su cuerpo se canse y de un tronco fuerte que se resiste, que almacena sabiduría y se abraza con sus raíces fuerte a la tierra. Se llena de amor, se aferra a la vida y de nuevo sabe que no está sola, la arrulla la lluvia, vive en ella el latido de sus robles favoritos y la fuerza de la naturaleza.

En cada uno de esos dientes de león se reconoce y reconoce todo aquello que la motiva a seguir, entre sus matices de amarillo, el verde del pasto y lo rosado de sus burros. De a pocos se le despierta el amor, de a pocos se vuelve a despertar lo que se había dormido y sabe que el diente de león tiene su sonrisa, una sonrisa que eventualmente volverá y como el amarillo de su flor, llegará a iluminar la pradera aunque sea pequeña en comparación con lo que le rodea.

 

Hilo invisible

If everything you think you know
Makes your life unbearable
Would you change?- Change, Tracy Chapman

Y sea como sea los golpes de realidad nos llegan de formas muy inesperadas. A veces parecemos aferrarnos a lo que ya no existe, a lo que en un momento fue pero que como todo, expiró. Yo solía pensar que todo tenía una fecha de caducidad, pero esa forma de pensar cambió con el tiempo, esa fecha se la ponemos cada uno de nosotros. Un día vi una frase de una de mis escritoras favoritas y básicamente lo que decía era lo sigiuiente: podríamos darnos tanto amor, pero escogemos ser tóxicos. No es que siempre pase así, pero usualmente despues de algo intenso por alguna razón en vez de honrar lo que con amor vivimos, tendemos a ser tóxicos, como si pensáramos que por hacerle daño a la otra persona se nos fuera a quitar el dolor, el problema es que al inflingir dolor, se crea más de este en nuestro interior y más amargura.

Dejar ir siempre es bastante complejo, dejar sentir, dejar lágrimas fluir y a la vez aprender a perdonar y seguir. Me veo hacia adentro, porque no me siento, siento mi corazón latir,siento mi cerebro funcionar y percibo lo que hay a mi alrededor, me sostengo, respiro y trato de sumergirme nuevamente, de ser la mujer instintiva y salvaje que he aprendido a ser últimamente, pero por alguna razón no puedo volver a mi cuerpo. Mi cuerpo se defiende, se pone zapatos, se pone una coraza y a pesar qde que bajo esas corazas hay brillo, no puedo quitarlas tan facilmente porque hay algo que siento y se llama miedo. Miedo al ataque, miedo a que las cosas vuelvan a ser igual que antes aunque hasta hace unos pocos meses deseaba que todo volviera a la “normalidad”, normalidad en la que no estaba yo.

Tengo entendido que tengo que hablarme con suavidad y no ser tan dura conmigo misma, pero las cosas se complican cuando se meten terceros que aún juegan com las cuerdas inestables de mi cerebro,que me infunden miedo ante escenarios que ni siquiera son posibles de momento. Otra cosa de la que estoy consciente es que tengo que relajarme y dejarlo salir, dejar de pensar en los demás y ser un poco egoísta o al menos ponerme de prioridad ante todo, protegerme sin ser rígida y sin separar mi cuerpo de mi mente. Mi mayor escudo es huir hacia mi cabeza y es un enorme error. Una vez leí que se es como un árbol en una tormenta, la parte más fuerte no es la copa del árblo, ahí se lo lleva el viento, la lluvia, cualquier tempestad, se debería estar en el tronco, un lugar seguro, aún no tengo idea de cómo hacer eso muy bien.

Y ya no quiero sacrificar mi presente por un pasado que no va a volver, un pasado que no impacta de forma positiva mi vida. Este pasado que me ata, que me cierra al mundo y no me permite experimentar de forma completa todo lo que estoy viviendo, desentir cómo crece un jardín en todo mi cuerpo y se llena de sol, del aroma de las flores recien bañadas por el esfuerzo y la felicidad, un pasado que depriva el impulso y la flexibilidad, que crea una sequía de amor, de sonrisas y seca el pozo que suelo ser de apoyo, dulzura y cobijo tanto para mí comopara los otros. Por última vez voy a darte la razón y así ambas seguiremos nuestros caminos de formas separadas, pero de alguna forma siempre juntas.

Y con un hilo invisible, siempre estarás a mi lado.

 

 

La ley del mínimo daño

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De entre todas las cosas que he ido metiendo en mi canasto, rescato la ley del mínimo daño. Esta ley se aplica a básicamente todo, a las relaciones interpersonales, al estilo de vida, a la alimentación a la relación con uno mismo. Creo que en parte eso fue lo que me llamó la atención de los libros que empecé a leer, de la forma en la que empecé a dejar todo atrás y a cambiar la manera en la que reaccionaba ante el mundo. Es un principio básico de hacer la mayor cantidad de bien y si no se puede, hacer el menor daño posible, de darse por medio de la compasión a uno mismo y a los y lo demás.

Creo que a veces esta ley comienza por motivos egoístas, un motivo egoísta como por salud y por un bienestar propio, lo cual es completamente comprensible y normal, por algo hay que empezar. Poco se va a respetar la vida, lo que le rodea, si no se empieza por cuidarse a uno mismo, a desear ampliar la vista, a mirar más allá de lo que se conoce va a ser imposible respetar algo que nos parece tan ajeno si no nos apropiamos de nosotros, de nuestras acciones y nos escuchamos.

Amar es entonces una sensación que se tiene que conocer de primera mano para poder amar todas las formas de vida y se requiere de humildad para reconocerse pequeño y parte de un todo, no como lo único que importa, aprender a interser. Ser lo suficientemente humilde como para ver que nuestro dolor no es el más importante de todos, ni nuestra felicidad es la primordial sin importar las otras vidas que podamos llevarnos en nuestro paso por el mundo.

Debo admitir que es la ley que más me ha costado aprender de todas, a pesar de que es quizás la base para todas las demás y que se compone de miles de otras pequeñas ramas, hasta hace poco descubrí realmente la metáfora de la ola. La ola que cuando se toca, se reconoce como agua, que es lo que le rodea y lo que es, nunca empieza y nunca acaba porque es dinámica. En este momento de mi vida es aprender a ver los conflictos de otros ángulos y ver que no yo no podría existir de otra forma, que todo está interconectado: soy agua, soy tronco, soy tierra, nube…lo soy todo y a la vez nada.

He notado entonces que esta simple ley me ayuda a enojarme menos. Me pongo en los zapatos del otro, veo la vida desde su óptica y desde ahí, me doy cuenta que el sufrimiento no es sólo mío, que tiene razones para ser así. Así he aprendido entonces a dar respuestas que sorprenden a las personas, no los castigo, el castigo nada más vuelve a mí si lo continúo y a la larga no resuelve el problema. La ley del mínimo daño promueve entonces el amor.

Un amor que he tenido que diseccionar, deconstruir lo que yo pensaba que era y entonces rehacerlo, llenarlo de libertad, de aire para que podamos respirar, de admiración sana, de seguridad y la parte que me ha sido quizás la más difícil: diferenciarlo del apego. Entonces sólo así es el mínimo daño y el máximo bienestar, el bienestar de cuidarnos y a la vez cuidarlo todo. De entre todas las leyes mi ley favorita, porque si no puedo hacer el bien, entonces al menos, por la razón que sea, trataré de que mi poca gentileza sea la menor posible y que se sienta apenas cuando cae un pétalo en el suelo o una hoja, que al menos tenga una utilidad y aprender de mi error.

Mi vida se ha vuelto como las olas, cosas que vienen y van, que mecen, que arrullan, que calman, que nunca dejan de existir, nunca dejamos de existir, acá quedamos de una y mil maneras, volvemos al todo. Que a pesar de ser agua llamamos olas para distinguirlas, medirlas y saber su comportamiento peor al fin y al cabo todas hechas de lo mismo. Como ola me muevo, como ola paso por las vidas y otras olas por la mía, somos un mar con un propósito que deviene de esta ley quizás un poco olvidada pero la más importante para poder vivir.