Sr. Abejorro

Estas cuantas líneas van enviadas al mundo, no sé si para ser replicadas, si para inspirar, si algún día serán leídas o si simplemente son una forma de procrastinar mi estrés. No estoy muy segura de qué hacer en esta situación, pero desde hace unos días, las letras rondan por mi cerebro y me dicen: escríbeme. Acá vamos.

Llegaste hablando de insectos de todo tipo y hasta el momento no había escuchado a alguien hablar con tanta pasión acerca del mundo natural, no al menos en un tiempo, no de la forma en la que lo hace ver tan fascinante y a los humanos tan pequeños. La forma de hacerme recordar que todas las especies tenemos algún tipo de vínculo, de cultura que nos diferencia y que a la vez nos vuelve iguales. Te mostraste, como un cachorro que recibe bien las caricias, pero que también sabe hacer que quieras jugar. Volviste a llenar el mundo de novedad respecto a temas no rutinarios ni aburridos de adultos a los que tenemos que adaptarnos a ser.

De todos los insectos que hemos hablado, creo que el que mejor te sienta es el abejorro. Sonará cliché y absurdo, pero me pasó las de la flor que tiene escondido su polen y de a pocos, el abejorro con su vibración fue sacándolo con paciencia. Esto hasta que en dado momento me vi, expuesta, con mis fallas y polen fuera, no siendo tan ruda, estructurada y perfecta, simplemente mirando las olas del mar de tu cabello y las constelaciones dentro de tus ojos.

Señor Abejorro, hablamos de no involucrarnos, pero creo que es un poco tarde para decir esa cosas, cuando ya la energía se mezcló. Es simplemente una cuestión de andar con cuidado por el campo de flores espinosas y con oculto polen. Es comprensible que la planta tenga espinas y que el abejorro vuele aún con una de sus alas quebradas. Puede que en algún momento pueda volar libremente cerca de la flor, puede que no, peor su vibración llegó a la flor y el polen de ella, ya llegó a usted y eso es algo que por naturaleza, ya no se puede retroceder.

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Jauría

Éramos una manada de tres, hasta que ayer te fuiste y el no saber dónde estás me carcome el alma. Es como si me hiciera falta una parte de mí misma, imagino que eso pasa cuando se es parte de una jauría, aunque fuéramos sólo tres. Si pudiera aullar, aullaría tan fuerte que podrías escucharme y volver a casa, si pudiera olfatearte como tú a mí, seguiría tu rastro hasta encontrarte y verte mover la cola una vez más al escuchar mi voz.

Te perdiste ayer y la otra negra y yo ya te extrañamos. Hace falta tu alegría en la casa, se siente callado, solo y frío. Mi instinto te busca en cada vez que abro la puerta y espero que aparezcas de la nada en la puerta, quisiera que pudieras encontrar el camino de regreso. Te llamé, grité tu nombre mientras corrías y sentía miedo, miedo de que te pasara algo, te busqué hasta caer cansada mientras lágrimas enormes bajaban por mis mejillas. No puedo imaginar que hayas pasado una noche lejos de tu casa, de tu jauría, del cómodo sillón que siempre tendrá tu olor, tus juguetes, tu tazón de comida.

El no saber si pasaste frío, hambre, si estás golpeada, si nos extrañas, me desgarra las entrañas. Me rompe en pedazos pensar que no sé qué pasó contigo después de que cruzaste la calle, sentí tu temor, tu cansancio y siento un enorme enojo por no haberte podido proteger tal y como lo haría el líder de la jauría. Si hubiera corrido más rápido, si te hubiera sujetado más fuerte, si no hubiéramos pasado por ahí, hay tantas cosas haciendo eco en mi mente, junto con los sollozos de mi ser perruno interno que lloran por volverte a ver.

Mucha gente podrá no entender por qué todo esto por un perro, pero vos no eras simplemente mi mascota, eras mi compañera de estudio junto con tu hermana, mi consuelo en los días grises, una de mis razones para ser mejor cada día, eran ustedes dos quienes me recibían cada día al volver del trabajo, una esperanza para ser más como ustedes dos: compasiva, leal, divertida, energética, agradecida, cariñosa y miles de cosas más que tal vez de momento no supe ver.

Cambiaste tanto en estos dos años que estuviste con nosotras. Llegaste tímida, arisca, agresiva y poco a poco, con paciencia, amor, caminatas y mucho trabajo de parte de tu hermana, te fuiste soltando, al punto de jugar con otros, mostrarnos tu vulnerable barriga y acomodarte con nosotras como una más del clan. ¡Hasta aprendiste a comer vegetales y recientemente estabas aprendiendo a hacer caso!

Sé que no podrás leerme y que no puedes escuchar el dolor de tu hermana y mío, pero quisiera que sientas que deseo que regreses a nosotras, a que esta manada no esté incompleta ni se sienta vacía. Si no estás en posibilidad de volver, quiero hacerte saber que no pararé de buscarte y que mi can interior no dejará de poner atención a todos los posibles lugares donde puedas estar. Tendré el corazón, los ojos, las orejas, todos mis sentidos ampliamente atentos para encontrarte. Aunque si ya no vuelves más, espero que tu nueva manada sepa cuidarte bien, que te dé toda la atención, mimos y amor que mereces. Acá en nuestra jauría, siempre tendrás un espacio y nadie logrará ocuparlo.

-Aúlla mi alma tan fuerte como puede con tal de que puedas escucharme.

De mi jardín humano

He estado en receso estas últimas semanas, o quizás en un receso forzado, entre trabajos de la universidad, venciendo fantasmas internos y la vida en general, a veces es simplemente un huracán que te atrapa y no logras sacar el tiempo suficiente para la expresión. Siempre pensé que no era posible aprender a bailar con mi propio ritmo, sin perderme en el ritmo tanto interno como externo y hacer arder en llamas todo lo que estaba en mi alrededor. He tratado de habitarme estas últimas semanas que a pesar de ser agotadoras, han sido reveladoras de lo que soy capaz de hacer.

Casi siempre busco un modo externo de mantener en control, tal vez porque solía pensar que no podía manejarlo y necesitaba que alguien más se encargara de lo que yo me consideraba: un desastre. Las acciones más recientes me muestran que a pesar de la frustración, la ira, el cansancio y los momentos en los que he dicho: no puedo, al final salen. Salen las cosas bien, se acomodan de a pocos y pasan cambios interesantes de perspectiva y la forma en la que veo mi reflejo en el espejo cambia. Cambia la naturaleza con la que me veo.

Irse conociendo es completamente una aventura del diario vivir, hecho de momentos de cosas inesperadas, de las sorpresas que se dan al abrirse. He hecho cosas últimamente que no me sentía lista para hacer, como empezar un camino diferente desde cero, abrirme a otras prácticas y dejarme ir por completo a lo desconocido, tratando de no aferrarme a l rompecabezas que pens´que tendría acomodado para esta edad. Mi rompecabezas va tomando una forma muy diferente a la planeada y patalear por ello no hará que la imagen sobre las piezas cambie, solamente no podría disfrutar de ese mosaico hecho de miles de pedazos tomados de aquí y de allá.

Hoy en día es un honor el poder vivir realmente dentro del envase en el que nacimos y tomarse el tiempo para estar en silencio, contemplación e irse conociendo, de la forma en la que se conoce un lugar al que se encuentra por primera vez. Recuerdo que en la universidad en algún punto se había hecho una analogía entre los jardines normales como los de grandes instituciones y los jardines japoneses y las personas. A las personas ,actualmente, nos hacen parecernos más a los jardines normales, con cierta forma (ambiciones), ciertos elementos (requisitos para ser felices), las mismas flores (logros) y ser nada más una estampa de una sola capa, algo bonito para observar, un adorno a lo que crece alrededor.

Me rehúso a esa realidad. A la realidad en la que escogemos personas como en un catálogo virtual, envuelta en máscara, en imágenes que nada más reflejan lo que quieren mostrar al mundo con el fin de venderse de una forma casi desechable hacia los demás, como si además de esa fotografía no hubiera más. Como si nada más fuéramos envases vacíos, que se muestran ante un escaparate, reciclables, reutilizables, compartidos y vacíos al final del día. No quiero no sentir esa pasión que cada uno lleva dentro, esa llama que nos hace particularmente especiales, ese olor característico que nos distingue de otros, esa diferencia que queremos hacer en el mundo por el simple hecho que en el catálogo no te presentaste como tú mismo.

En la buena teoría, somos más como el jardín japonés, con múltiples capas, con detalles que sólo se ven con ciertos ángulos y muy seguramente nunca terminamos de realmente conocer cada piedra, cada arbusto, flor o hasta el mismo zacate de ese jardín porque varía con los ciclos, con las estaciones, hasta con los días en general. Se nos ha enseñado a ser siempre estables, a siempre estar en el mismo lugar, sin embargo como todo, tenemos nuestros ciclos, nuestras plantas, piedras, decoraciones dependen de miles de variables a nuestro alrededor.

No quiero ser un jardín común, recortado al antojo del jardinero o del jefe del jardinero. Quiero ser un jardín japonés que ofrezca más que los límites de mi piel al mundo, más que el cuerpo que cada día se despierta y se desplaza por el mundo, que no es nada más un objeto para que los demás vean, sino que respira, que me mantiene con vida, con un cerebro que se ilumina con diferentes patrones como árbol de navidad y que hace lo posible para evitar que las olas del estrés me ahoguen por completo en medio del bullicio de la ciudad. No quiero ser una flor obligada a florecer todo el tiempo, sino florecer a mi ritmo, a veces mucho, a veces nada y a veces nada más ser una planta agradecida, llena de frondosas hojas.

Quiero admitir a seres vivos capaces de mirar la belleza más allá de la cerca que resguarda el jardín, que puedan sentir el mismo respeto que yo siento por sus jardines y que quizás me dejen una planta, una fuente o un ave nueva. El jardín siempre está en movimiento, cada vez con aventuras nuevas, con cosas que no dejamos de conocer, es magia entre ciclos, estaciones y capas. Quiero ofrecer algo más que una linda vista que se recorre de un sólo con una mirada, quiero ofecer una aventura más allá de lo sensorial donde con ojos abiertos o cerrados, podamos sentir que hay un mundo más allá, más instintivo, más enraizado, más real, donde hay un motivo cada día para que nuestros cuerpos sigan realizando el hermoso ritual de mantenernos con vida.

Juliana

No sé por qué aún me sigues, por qué sigo escuchando tu voz, no sé por qué de alguna forma sigues aquí, dijo restregándose los ojos aquella mañana de miércoles. Era un poco más tarde de las cinco de la mañana y el frío le recorrió los huesos, la oscuridad se apoderaba de la casa y solamente se escuchaba el sonido de la refrigeradora en la cocina. Todo se encontraba estático, hasta que el estridente sonido de la alarma hizo su aparición especial. Se levantó como a regañadientas de su cama y se dispuso a hacer lo mismo que hacía todos los días: poner el agua para el café, sacar las frutas para el desayuno y lo que hubiera preparado para el almuerzo.

Se acomodó el cabello en una cola de caballo y se metió a duchar, las gotas de agua resbalaban sobre su cuerpo en el silencio de la mañana. No podía parar de pensar en el sueño de la noche anterior. esta semana su mente había estado muy activa durante su sueño, había visitado varios países y vivido situaciones una y otra vez, pero la interrogante de por qué esa voz, esos ojos, esas manos habían regresado, la habían puesto a pensar. Era como si nada hubiera cambiado, como si nunca la vida les hubiera separado, a pesar de que revisaba sus correos o los contactos de su celular y ya no le podía encontrar, ni aún en lo recóndito de su mente, solamente en sueños llegaba y por un instante, todo se sentía real.

Se alistó rápidamente para salir apenas a tiempo para poder tomar el autobús y aún así era como si sus pies no tocaran la tierra, como si realmente no estuviera ahí. Los protagonistas de sus sueños eran casi siempre los mismos, aunque se hubiera mudado de país, de hábitos y aunque hubiera decidido dejarlo todo atrás, estos se amalgamaban o se turnaban en sus sueños, con sus ojos cafés, manos grandes y sonrisas amables. Juliana se había ido lejos buscando respuestas, había acudido a los libros, a los gurús, a los sabios con tal de entender por qué siempre se sentía de la forma que se sentía en el mundo, pero siempre que llegaba uno de esos sueños se sentía exactamente igual.

Estaba distraída en el trabajo, el café se rebalsaba de la taza y ella no se percataba de nada que pasara a su alrededor, aquella sensación de familiaridad, de seguridad, había traspasado ya su piel y la envolvía en una frazada tibia e invisible. Necesitaba paz, paz de las respuestas, de las interacciones, de los altibajos emocionales y recogerse en su propio mar. Aquel día estaba distinta, ausente, suave y perfumada, al contrario del resto de días donde usualmente estaba iracunda, espinosa e independiente, Juliana tenía miedo, miedo de dejar salir el río que llevaba dentro, había estado silenciosa con tantas cosas que estaba a punto de explotar.

Con sus manitas de muñeca golpeó suavemente la mesa y se preguntó para que la querías de vuelta en tu vida, para qué le habías escrito, para qué la buscabas si no ibas a estar presente. De cierta forma ya había olvidado la forma en que se sentía a su alrededor, pero ahora esa sensación había vuelto a su cuerpo. Juliana le llamaba con la mente, esperando que la alteración que había sufrido en su sueño valiera de algo la pena. Revisó entonces si de casualidad y por arte de magia parecieran señales del otro lado, de quien esperaba.

A veces se preguntaba si las cosas fueran distintas, ¿cómo hubieran sido? En sus ojos se dibujaba una curiosidad, un deseo de escribir unas simples palabras pero estaba convencida que quizás el dejar ir era lo mejor. Entre las cartas, los mensajes, las palabras cruzadas y las miradas, se había convencido que no le interesaba y que tenía mejore cosas de las que ocuparse. Mientras estiraba, se estiraban las fibras también de su corazón. Quisiera a veces que las cosas fueran diferentes y llevarte al bosque encantado y nada más existir, hablar, pensó.

Entonces Juliana se dio cuenta que el tiempo no pasa en vano y que los malentendidos se daban por muchas palabras o falta de ellas, más que todo así era como los adultos dejaban de hablarse, dejaban de querer, bajo la premisa de estar muy ocupados. Simplemente es uno de los deseos de cada quien, de los corazones que no desean expandirse lo suficiente como para dar espacio a lo nuevo y aquellos “te quiero” que se dicen muy a la ligera. Juliana tiene entonces un corazón y manitas de muñeca que desea compartir, llenos de afecto, de energía, de cosas buenas, pero que no daría a cualquiera, sino a quiénes estén dispuestos en igual medida a retribuirle.

Entre las gotas de esa lluviosa tarde, el recuerdo se disipa. Se disipan los momentos en una taza de té mientras se disuelve el azúcar y se calienta el cuerpo. De cierta forma, siempre supo que no podía esperar y que esos sueños sólo venían a volcarle el mundo de cabeza cuando menos lo necesitaba. Bajo la lluvia y en las alcantarillas, se cuelan miles de secretos, de palabras sin decir, abrazos sin recibir, de todos los que vienen de trabajar y ella presurosa sale del café al que la fuiste a buscar, se camufla entre la gente y una sonrisa se dibuja en su rostro, una sonrisa de saber que esta vez todo ha sido sólo un sueño.

 

 

 

Zacate de limón

Le cuesta hallar las palabras para describir todo lo que pasa por su mente, es como un hilo enmarañado de lana que lejos de estar listo para dedicarse al tejido es más como las luces de Navidad luego de haber estado mal guardadas durante un año. Al igual que las luces de Navidad, ha perdido la cuenta de cuántas ideas se han quemado, de cuántas requieren un cambio y de cuáles aún siguen ahí. El tiempo no es algo que le quede sobrando durante la semana, entre llamadas, mensajes, correos, lecturas, interacciones, son pequeños instantes que tiene para sí, para rehabitarse y mirar el enmarañado cableado navideño que habita en su cabeza.

Se sienta en el sofá, en medio del silencio y las chicharras que se escuchan por la ventana, mientras una leve brisa entra por el hueco de la celosía faltante. Observa todo a su alrededor y se da cuenta que todo está calmo y estático, excepto por su ser. Siendo el ser dinámico que es, de usual pasa en movimiento, contemplando las cosas desde ahí, con cambios de perspectiva que a veces son imperceptibles y cree que nada ha cambiado. Días como hoy, se dice, todo por un momento se detiene cuando algo se sale de ese cauce que he creado según lo que creo debe mantener el esquema.

En efecto, recuerda todas las veces que se había fugado al campo para intentar navegar en medio de ese mar que es la incipiente adultez. Siempre pensó que para la edad que estaba cerca a cumplir, muchas cosas ya estarían resueltas. Cosas mínimas que van metiendo de a pocos en las cabezas mientras se crece, como si hubiera una edad estándar para todo. El problema de esto, se decía para sus adentros, es que luego llega la realidad y empieza a contrastar con las diferentes vivencias de los otros, que estos esquemas usualmente no se cumplen, pero que de alguna forma son aquellas cosas de las que no se hablan aunque muchos se sientan igual.

Había aprendido que muchas cosas era mejor guardárselas para sí. Contemplaba la taza de té de zacate de limón mientras trataba de sumergirse en el presente, con ese aroma que en su infancia había disfrutado tanto. Un olor entre ácido, dulce, sutil, como a limón, pero mucho más leve que le transportaba a los momentos de su crecimiento, con aquella planta áspera, con hojas que podían lastimarle si le tocaba mal. De alguna forma le resonó en su silencio, la similitud con la planta. Esta planta crece donde sea, mientras tenga los cuidados necesarios, de tallo duro, con muchísimas aplicaciones aunque fuera un simple zacate.

En este momento, no quería ser la planta de zacate de limón que cura a los demás, sino la áspera para protegerse. Buscaba alguna forma de alejarse, de poner en espera o en silencio algunas cosas y fugarse, por no encontrar exactamente la forma de describir o de decirle a las personas que había cosas que no quería saber, cosas que le hacían enfurecer, cosas que quería decir pero que de a pocos había ido guardando mientras se enfocaba en las buenas. Sólo quería tiempo para sí, en medio de la turbulencia de crecer.

Entre olas se le presentaban tantas opciones como eran posibles, miedos, sombras y también luces de todas las posibilidades que tenía al alcance de su mano. Sea como sea, luego de un oleaje suave, se presentaba una ola voraz, que de repente ponía a prueba todas sus habilidades de capitán y solucionar lo que fuera que se le pusiera al frente. Sabía que usualmente podía manejar las cosas, pero poco a poco la rutina iba corroyendo este deseo de enfrentar al mar de dudas, de miedos, de tantas cosas que le susurraban al oído que mirara hacia abajo, al vacío.

Y ahí, en medio del silencio, de lo estático, vio que algo debía cambiar. Algo entre miles de tareas que hacía una detrás de la otra, de las actividades que repetía una y otra vez, de la gente que frecuentaba, sus interacciones y como algunas más que otras hacían que la nube negra creciera y creciera más y más sobre el mar anunciando una tormenta. Se incorporó y caminó hacia la cama, con su cuerpo cansado de capitán y ojos entrecerrados de soñador.

Al recostarse, se oyó a sí mismo decir desde muy dentro de su ser, que usualmente a nadie le gusta oír la verdad y mucho menos comprende la interacción humana, donde cuando algo se comenta a alguna persona de confianza, es común que la otra persona emita su opinión. Las reglas del juego siempre pueden cambiarse, decía mientras se arropaba con la cobija, se peuden cambiar los jugadores, las piezas que se mueven, todo puede variar de un pronto a otro y como la planta de zacate de limón hay que crecer dónde sea que se esté. Igual a media luz o media sombra, con poca o mucha agua, aprovechando las tormentas y siendo sabio para no ahogarse en ellas, cerró los ojos con su pensamiento final, esperando que al día siguiente el sol volviera a brillar por la ventana y la marejada hubiera pasado al fin.

 

Lo que te hace vos

Tomate la noche libre, para vos, para hacer cosas que has querido hacer por mucho tiempo. Ese darse el chance para el autocuidado, con la candela de lavanda que tanto te gusta y una taza de té que vas a disfrutar mucho más que cuando estabas en el trabajo, sentada en el piso y escuchando la lluvia caer en la calle, en el techo, en todas partes. Poné la música que te hace feliz y dejá tirado el celular por ahí. Necesitabas este tiempo para volver a casa y ponerte atención, sin llenarte de tantas cosas que hacer, de tantas responsabilidades que tenés día a día, nada más dedicarte a respirar.

Hoy por primera vez en años viste un árbol de granadas, te diste cuenta que pasás por ahí muchas veces, casi que a diario y por primera vez lo notaste. Esos árboles son delicados, dijo la persona al otro lado del teléfono, no se dan en cualquier clima. Te diste cuenta que vos compartías algo con ese árbol mágico que acababas de ver. La última vez que te comiste una de esas frutas fue hace quizás unos ocho años, cuando la desgranabas y el jugo morado entre amargo y dulce te caía por los brazos y comías las pequeñas semillas una por una, sin siquiera saber lo difícil que era que ese árbol estuviera ahí porque te parecía lo más común hasta que ya no lo fue.

Esa fue tu llamada de atención para moverte y para darte cuenta que por fin estabas presente otra vez. Cuando tus ojos se llenaron de las pequeñas flores rojas de ese árbol, de las florecillas enanas de los árboles de mango que anuncian que se viene la cosecha para junio y tus favoritos, los de las flores rosas con centros amarillos y troncos entre gris y café. Volviste a estar en el mundo, dejaste de preocuparte por lo que pudiera o no pudiera pasar. Caminas a paso relajado por la ciudad, con los ojos bien abiertos para aquello que buscas y también la conciencia del movimiento que lleva tu cuerpo que ahora se mueve como una hoja de cualquiera de esos árboles que viste de camino.

Te preguntás en medio de música, de movimientos lo que sos. Usualmente no hay una forma de describirnos más allá de los adjetivos que nos damos y nos dan los demás. Lo curioso es la forma en la que nos planteamos esa imagen dependiendo de la connotación que le den a ese adjetivo. Dejá de hacerle la guerra a esos adjetivos que usaron para describirte porque eso es lo que te hace vos. Te hace vos tu carácter fuerte como una roca, tu personalidad vibrante, cálida y abrasadora como el fuego, fuego que se esparce por todo lado, pero que se adapta y fluye como agua, que baila, que refresca, que se despeina como el viento. Porque vos sos pelo de noche, corazón de sol, sos una combinación de mil y un elementos que te hacen lo que sos y no es justo poner barreras al mundo por la interpretación de tu naturaleza impactante por parte de terceros.

Vos y tu chispa seductora, tu forma tan amarilla de ver la vida, de llenar de colores hasta los lugares más oscuros y tu instinto fuerte que te convierte en quizás la independencia, el ancla y las alas que necesitas para sobrevivir. Empieza a sonreír de nuevo, a verte en el espejo como aquello que eres. Tal vez seás un poco intensa y un poco creída, qué más da, si todos tenemos defectos, pero tu mayor ventaja es siempre ver más allá con el corazón y que aprendés de cada uno de los retos que te aparecen en la vida. Te ríes de tu torpeza, “salvajismo” y habitas un mundo de vez en cuando creado por vos, donde hay mucho tie dye, flores, música que te recuerda a tus lugares en medio de la naturaleza.

Lo mejor de esta historia y de esta noche es que ya te vas conociendo más, te vas vistiendo más acorde a lo que tu alma te pide: vestidos de días soleados, sandalias más ergonómicas, pantalones abombados, tacones gruesos… te vas convirtiendo a través del guardarropa en lo que siempre has querido ser: una mezcla entre Earthy, ruda y a la vez dulce como una brisa de esas de cambio de estaciones. Te sabés un ser cíclico y bien sabés que ya estás preparada para lo que el fin de semana te pueda traer ya que tu secreto es activamente protegerte, protegerte con luz, con sol, con todo el amor que te pueda brotar de ese metro y poco más de 60 y resto de centímetros.

Absolutamente cada detalle, cada neurotransmisor, cada adjetivo reconocido y amado, eso te vuelve vos. Te vuleve vos las noches como esta, porque como el árbol de granada, siempre estás ahí pero no te ves hasta que te detenés, sonreís y existís.

Incorporiedad

No sé si aún leas mis historias, no sé si esta sea la única forma que tenga de hablar contigo. Nunca me dijiste si me seguías o no, si te llegaba alguna alerta cuando se publicaba algo o si simplemente has decidido ignorar cualquier alerta de mi existencia porque así tuvo que ser, sin explicaciones, ni tiempo para disculpas, ni debatir qué iba a pasar. De un pronto a otro ya no hubo más y creo que no acostumbramos a vivir así, uno sin la presencia del otro. Sé que siempre me pregunto cómo hacen las personas para dejarse así, sin nada qué decir, pero creo que esta vez la vida me dejó con la boca cerrada y me demostró que a veces, así pasa.

Me pregunto si aún piensas que existo, al menos como una hoja que flota en el árbol de tu memoria, un breve rayo de sol que te recuerda algo en los días nublados o si del todo te has forzado a hacer añicos la breve presencia que tuvimos en nuestras vidas. Me pregunto si habrás olvidado mis ojos, la forma en que te veían como una vieja amiga, la electricidad que sentías correr por mis manos y que recorría tu cuerpo. No sé si ya se te han borrado las bromas, la inocencia y el mundo de fantasías que habíamos creado.

Se me han multiplicado los SCOBY para mi kombucha y la verdad no sé qué hacer con ellos. Muy probablemente ya hubieras sabido qué hacer con ellos o me habrías dado ideas para utilizarlos, tal vez como sombrero o una mascarilla porque ya me estoy poniendo vieja. Me han pasado cosas que quisiera contarte, que con todo entusiasmo quisiera dramatizar y darnos una mirada cómplice para después reírnos. La verdad es que extraño saber que puedo hacer a alguien estremecerse sólo con mi nombre y te sonará egoísta, como ya has de pensar de mí, pero la verdad es que quizás me cuesta mucho saber que impacto las vidas de los otros y me gustaría pensar que por breves momentos mi presencia fue como el destello de sol que se cuela entre las hojas.

Las cosas son lo que son. He dejado de visitar lugares porque ahí se escribió parte de nuestra historia, he dejado de abrazar de cierta forma porque siento que es como faltar a tu memoria. De aquellas cosas que quedan mejor sin decirse, de aquello que sucede aunque los cuerpos nunca se toquen, pero se sabe que está ahí. Luego de nuestra partida,  las cosas cambiaron por aquí. Me volví un poco más reservada, más maliciosa y claramente me enfoco más en lo que tengo al frente y debo admitir que no me va tan mal en ello.

De vez en cuando te cruzas como una estrella fugaz en el firmamento de mi memoria. Sí, aún te pienso y me pregunto si piensas en mí, si recuerdas las historias, el hablar hasta tarde y por breves instantes de nuestras vidas haber sido confidentes sin así haberlo planeado. Crúzate a lo lejos y si llega mi mensaje a vos, espero que sepas que es tuyo y de cierta forma me mandes un mensaje de humo por aquello que alguna vez tuvimos y considero fue sagrado.

~Así son las cosas, de a pocos se me ha olvidado tu cara, se me olvida todo, excepto como esa pincelada de intimidad incorpórea me hizo sentir.

Unas cuántas líneas

Tengo tiempo de no escribir, pero sé que se avecina una pequeña tormenta tropical en mi cerebro y tiendo a volver el mismo recuerdo una y otra vez cuando siento que todo se va a descontrolar. Es la misma luz, la luz del sol de la tarde colándose por las hojas. Las hojas de tu jardín, las hojas del bosque, las de los árboles en la calle. De cierta forma esa luz entre cálida y tenue me recuerda momentos de tranquilidad, de ser un océano de paz en el que las olas se mueven suavemente y me mecen. Esa luz que se refleja en ojos cafés que siempre me dicen: todo va a estar bien.

 

Consejos del Buda interior

La mayoría pensamos que las deidades rigen nuestra vida desde afuera, pero dentro de mí, desde una semilla de mostaza un rayo de luz se cuela y me guía. Las situaciones últimamente no son lo que esperaba ni mucho menos mis reacciones son las que usualmente hubiera esperado de mí. Creo que esta semilla ha ido creciendo, echando raíces y me canta, me arrulla, me abraza desde adentro y de a pocos me muestra el camino paso a paso. Mi semilla se mantiene calma, se mantiene luminosa y espera, siempre espera el momento correcto para hablar. Espera al momento en el que la avalancha cede y me cubre con su amor.

Usualmente no me callo lo suficiente o hablo demasiado y a veces hay demasiadas incongruencias en lo que digo que a veces ni yo lo entiendo. La vida me regaló un cerebro desordenado, con un cableado extraño que a veces ni yo entiendo, pero me dio la capacidad de tener algo que me acompaña desde dentro. Mi semilla me habla en este momento, nunca me había hablado antes así como hoy y fue concisa:

Soy la semilla del Buda dentro de ti, siempre he estado aquí pero ahora eres capaz de escucharme. Ahora que me escuchas quiero que sepas que sos más valiente de lo que crees y que el camino que vas a seguir no va a ser fácil. Ser vulnerable va a ser lo más valiente que hagas y para eso, no puedes permitir que tu cabeza sea tu guía, tu cabeza no está cerca del suelo. Para seguir tus pies deben tocar la Tierra y abrirte al universo de toda forma posible. Sé que piensas que no podrás, pero vas a aprender a confiar, a escuchar con más que las orejas y vas a aprender a ponerte en los zapatos de los otros de una forma que antes ni habías considerado. Ya empezaste bien, cortaste las ataduras y te comprometiste en este viaje, dispuesta a dejar atrás todo lo que creíste saber. Confía, sé paciente, gentil contigo y con los demás, escucha con todo tu ser y comprométete, sobre todo lo último, no te des por vencida, todo estará bien.

Mi semilla me sonríe y yo le sonrío tiernamente, le agradezco por su consejo porque es más sabia de lo que pude esperar. Sé que el camino no será fácil, pero lo fácil rara vez vale la pena, no es apego si estás dispuesta a dejar todo atrás y reconstruir con esfuerzo, dejar ir, dejar atrás, es amar.

Entre azul y amarillo

La verdad, nunca me imaginé siendo así. Caminando con paciencia y apresuradamente por las aceras, lanzándome a otra cosa que no sean conclusiones y estando de un lado muy diferente al que ya se había trazado para mí. Creo que nunca podemos escapar a nuestra verdadera esencia, a aquello que por más que tratemos de esconder, no se puede huirle toda la vida o el dolor que causa es un precio muy alto para una vida que no queremos vivir. No me imaginé haciendo caso a otra cosa que no fueran mis pensamientos a pesar de que siempre supe que mis pensamientos eran traicioneros, pero alrededor mío siempre me dijeron que la cabeza es en lo que hay que confiar, que el corazón, que la intuición no existen o no sirven.

Durante años escuché la voz equivocada, tomé los caminos incorrectos y me aferré a lugares en los que ni siquiera debí haberme quedado por mucho tiempo y siempre volviendo al punto de partido. El punto de partida siempre vacío y sin respuestas para mi cabeza, para los pensamientos que se escurren de los surcos de mi cerebro y callando todo mi cuerpo con tal de no aceptar lo que soy. Ser diferente no es algo para lo que realmente me habían preparado mientras iba creciendo, más bien se hizo lo posible por meterme en el molde de la chica siempre limpia, ordenada, peinadita y tranquila, con el pelo recogido, piel pulcra y silenciosa.

Quizás el hacer eso nada más me hizo un poco más rebelde y más sencillo cuando llegado el momento, decidiera quitarme la piel que me habían puesto encima, de camuflaje, de lo que se espera de mí y no de lo que quiero. Claramente arrancarse una segunda piel duele, duelen las heridas que va dejando ese mutar y buscarse muy muy dentro de sí. Duele el no estar preparada para ser lo que todo el mundo cuando crecías pensaba estaba mal, excepto por una persona que se parecía o parece mucho a mí. Espero que al envejecer no vuelva a mi caparazón, a esta segunda piel de la que me ha costado desprenderme por culpa del miedo y en la que me he escondida hecha un puño, como si no supiera que soy grande, fuerte, valiente como para descarapelarme y respirar.

Siempre dije que no sería como esa gente hippie rara que come super sano, hace cosas artísticas, que ama demasiado (porque claramente pensaba que no podía amar), que ríe fuerte, que va a ferias extrañas, que las disfruta y que disfruta las conversaciones muy por encima. Igual creo que cuando se niega algo desde ese punto de partida, de una forma tan represiva, es porque efectivamente aterra descubrir que así se es. Y acá estoy, escuchando a mi intuición, a mi cuerpo, al par de cristales que me llamaron y me dijeron: nos necesitamos. Ciertamente nos necesitamos porque ya no puedo hacer el viaje de vuelta a mí misma sin un apoyo, sin una señal de que lo estoy haciendo bien, que de a pocos se salen los rayos de color por las rajaduras en esta piel que no es mía.

Y me siento ligera, como una hoja de cortés amarillo en diciembre, que el viento la mueve en su dirección y a la vez se aferra al árbol que le da la vida. Como un globo de helio que liviano se eleva y resalta en el firmamento azul. Ligera como una llovizna así en las primeras semanas de marzo mientras llueve con sol y no es necesario sacar el paraguas. Espero mantenerme en este camino y no digo lugar, porque no quiero estar estática. Antes nada más podía hacerlo en la montaña, a solas o en el silencio cuando escuchaba aquella voz que me recordaba mi función, eran los pocos momentos en los que salía de ese lugar de resentimiento, de abandono, de miedo, de inseguridad y pasaba a ese lugar de apertura, compasión, de amor y comprensión.

De a pocos mi vida se fue permeando de esta sensación de que ya no podía limitarme a esos espacios para existir, para poder encontrar el punto amarillo dentro del huracán azul. Entonces se fue apoderando de mis sueños, de mis elecciones, de todo aquello que considerara no iba en la dirección correcta sino en la dirección de todo lo que había sido antes de hoy. Todos esos patrones autodestructivos, que a pesar de que no estuvieran buscaba para volver a la zona de confort donde a pesar de que no calzaba conmigo misma ni con la ruta que quería llevar. Aquellos en los que transformo el río que fluye en una represa para que siga la sequía, el caos que siempre ha sido mi vida, en vez de dejarme irrigar, de admitir que puedo tener algo bueno y estar bien con ello.

Lentamente he ido aprendiendo, y definitivamente no de las mejores maneras, lo que he leído en libros, de cómo irme abriendo, de cómo ser fuerte no tiene nada que ver con no ser vulnerable y que no siempre habrá una forma de escapar, ni a la montaña, ni al mar, ni a ninguna parte en realidad. Podemos ir y volver, pero la única variable que se mantiene en esos lugares y en la cotidianidad soy yo. Puedo encontrar respuestas en ese silencio, pero no siempre estará la posibilidad de ir, sino que puedo saber que hay un poco de todos esos lugares llenos de magia dentro de mí, al que puedo ir, a donde siempre estarán las respuestas y que si escucho con calma se revelarán con amor y si no escucho, crearán caos hasta destruir todo aquello que no concuerda con mi dirección.

El cuerpo es sabio, sabe cuándo decir: es tiempo. Es tiempo cuando no puedes dormir cuando estás sola, cuando la mayoría no te conoce por lo que sos, sino por lo que mostrás, en especial si toda tu vida has sido una excelente actriz. Lo malo de ser actriz es que cargás demasiados vestuarios, máscaras, escenarios y demás, no se goza con la libertad de la desnudez. Con desnudez no me refiero nada más al cuerpo y las modificaciones que le hago, sino a un alma sin armadura, a un corazón que canta, a unas raíces profundas y flexibles que suben por todo mi cuerpo, me irrigan y me salen flores por doquier, porque soy soleada, soy húmeda, soy un vendaval, soy nutritiva. No puedo ser seria, no puedo ser cuadrada, ni gris, ni callada, no puedo negarme a mí misma.

Soy la tormenta azul, soy el día soleado amarillo, soy el canto del pájaro, la conversación animada, el llanto tormentoso, y el arrullo cariñoso y maternal. Soy todo y soy nada a la vez. La vida puede ser confusa, en especial creo que muchas veces como personas en general no medimos lo que decimos y nos aterra aquello que es diferente a nosotros, nos aterra que nos muestre lados de nosotros que nos aterra aceptar. En ese lado de la no aceptación, del terror, lo único que hacemos es retrasar el proceso, detenernos más tiempo del que debemos en un lugar donde no pertenecemos.

Cerca de la zona de confort, del miedo, no habrá nada más que patrones que se repiten una y otra vez mientras nos preguntamos una vez más por qué salió igual a la vez anterior. Si seguimos entre el debate de lo que tengo que ser, lo que quiero ser y lo que en verdad soy, quedamos atrapados en medio de un triángulo de las Bermudas que si no cambiamos de foco, de perspectiva, nos ahogará y desaparecerá para siempre porque la este plano no es para siempre. Hoy ando abierta con esta aguamarina, que cuando descubro algo se pone verde y ahí está, entre el amarillo y el azul, encontrando la voz que pensé había silenciado hace algún tiempo, pero me alegra muchísimo saber que luchó y sigue aquí.

 

 

La ley de la atracción

Y todos los días la veo pasar, sentarse bajo el mismo árbol con la misma sonrisa contagiosa, su salveque de colores y varios libros que lee mientras está ahí. Me gusta imaginarme en que pensará, a que se deberá esa sonrisa todos los días, lo que dirán sus libros y si algún día podríamos sentarnos a charlar. Observo cómo se le deslizan los lentes, como se deslizan sus ojos leyendo línea por línea y siento cómo absorbe cada palabra en su cuerpo, cómo vive la historia o lo que sea que lee. La veo en verano, la veo en invierno y veo cómo su ropa varía día con día y nada más creo historias en mi cabeza sobre los mundos en los que ella vive. Imagino los lugares desde los que viene y los lugares a los que va después de estar sentada acá en su momento de pausa. Creo escenarios en los que se la lleva el viento como a las hojas de los árboles, en los que se transforma en ave y vuela, en los que se vuelve un torbellino que arrasa con todo a su paso y nada más te deja con lo único que necesitás.

Ella camina con calma y con una cierta alegría en sus pasos, como si no quisiera saber hacia dónde va y nada más disfruta de su caminata a pesar de que tiene los mismos horarios casi que todos los días. Pareciera que ella hace de cada día un día diferente y especial a pesar de que todos ellos se parezcan. Camina bajo la lluvia, camina bajo el sol y mira al cielo celeste como si fuera la maravilla más grande y respira, respira y se le infla la panza y exhala como si ese aire la limpiara por dentro. Parece que siempre anda en su mundo, se quita los zapatos y pone sus pies en el zacate, se ve cómo sus dedos dan espacio para que este pase entre sus dedos. Me pregunto por dónde habrán caminado esos pies, si están cansados o si más bien tienen ganas de explorar el mundo hasta no dar más, las cosas que sus ojos habrán visto, cuántos latidos creerá que realmente ha vivido, qué tal será el tacto de sus manos y la calidez de sus palabras.

La imagino mirando unos ojos frente a los suyos, ojos pasados, presentes y futuros. Imagino cómo será que abraza y la forma que tendrá de ver la vida. No la conozco, pero compartimos ese momento todos los días desde que notó mi presencia y me saluda con una leve sonrisa. Ella no sabe que la pienso, que pienso que habrá en su cabeza, la veo que escribe, la veo que dibuja, la veo que ríe y quiero que me contagie un poco de lo que ella siente, conocer un poco su mundo, saber que piensa sobre cosas importantes y sobre cosas no tan importantes.

Un día pasó al lado mío mientras iba con sus audífonos puestos, pasó como un vendaval y no se dio cuenta de mi presencia, asumo que iba tarde para su trabajo o para la universidad o para alguna parte, no iba con su aparente calma diaria, sino que iba atarantada, sin prestar casi atención a su entorno y sonaba entonces la siguiente letra:

I can’t stop this breaking loose
This love, is like wildfire,
Like wildfire,
Like wildfire. – Seafret- Wildfire

Me pregunto que significará para ella, la imagino sonriendo para alguien o para sí misma. Me gustaría saber cómo hace para sonreír a pesar del sueño, de la lluvia, del calor de las nueve de la mañana que es cuando usualmente la veo pasar. Siempre observo cómo respira, no respira como el resto de personas con su pecho, sino que miro cómo se le infla la panza como un globo y siento cómo le baja hasta los más profundo de los pulmones, luego cómo sube y la limpia y sube con una sonr

Volví a conocer entonces el invierno, el amor.

cuando tu presencia me hizo temblar.

Se comenzó a mover algo a lo interno

y así de a pocos te comence a observar.

La manera en que tomas la taza en tus manos

A observarte al soplar  cafe caliente,

Cómo lo sorbes cuidadosamente con tus labios

Así es como empieza el día, a pesar del sueño, con una sonrisa en los labios absorbo el sol de la mañana y respiro profundo, tan profunso que siento cómo el aire llega hasta la parte más baja de mis pulmones y se me infla la barriga como si fuera un globo. Exhalo y veo como revolotean las mariposas en medio de la ciudad, las hay blancas, las hay negras con puntos de colores y entre las plantas de cafe, sobresalen unas florcillas tímidas que toman el sol como yo. Sonrío y admiro el contraste entre las hojas de los árboles y las montañas con el cielo celeste y despejado que se extiende sobre mi cabeza como una manta que me cubre. Siento el viento jugando con mi cabello, cómo lo seca y pasa de su salvaje humedad a un liso seco con algunos matices de brillo. Sigo inhalando y exhalando como si fuera un maravilloso regalo y me doy cuenta de que a pesar de los problemas y demás soy una parte minúscula e importante de esta creación extraña que es el universo.

Me han preguntado entonces que me inspira a escribir o por que he escrito tanto recientemente y ni yo misma me había dado cuenta del hecho que durante estos últimos meses he creado más de lo que esperaba en múltiples áreas. Han pasado casi cuatro meses o cinco desde que en un momento dado todo cambió para mí y mi perspectiva tuvo un giro. Me gusta pensar que decidí dejarme inundar de amor y dejarme fluir, poco a poco creo que eso se apoderó de mí y la compasión empezó a ayudarme a navegar por estas aguas a veces calmas, a veces tempestuosas de la vida. Me hado cuenta que sonrío más amplio, maás veces, abrazo más fuerte y veo las cosas con asombro aunque pase miles de veces por el mismo lugar porque se que tanto ese lugar como yo hemos no somos los mismos que el día anterior.

Try describing a love you can’t design.- Seafret, Wildfire

Esa frase perfectamente describe la forma en la que ha variado la percepción que tengo sobre ese valor o sentimiento que es el amor y realmente es cierto, es algo que no se puede diseñar por más que se quiera controlar, es de las muy pocas cosas o de las muchas que se escapan de nuestro control y creo que ahí es donde se encuentra la magia de todo esto: aprender a que hay cosas que no se pueden controlar. A pesar de que tengo toda una cuestión con el control, hago un esfuerzo conciente por dejarlo ir, por fluir, por ser flexible, que es un proceso constante pero que es como un fuego silvestre que arrasa con lo que encuentra a su paso y no lo deja crecer, lo devora y lo deja convertido en cenizas.

Y así miro hacia atrás y me doy cuenta de cómo los aprendizajes cambian y nunca somos los mismos.

The aftermath of our love

Sé que el blog es en español, pero no creo que el título en español le haría justicia al tema. Aftermath al español se traduce como una consecuencia o un resultado, peor yo quiero contar la historia que sucede después del amor, no tanto el dolor, ni el rencor y mucho menos todo lo negativo. Desde mi humilde perspectiva describir cómo es después de que las cosas acaban, si es que alguna vez una historia realmente acaba. Con este amor no me refiero nada más al amor romántico o al amor de pareja, me refiero a alguna pasión, algún ser amado, un trabajo, una carrera, a lo que realmente sea que amemos, un sentimiento tan extraño y complejo en estos días.

En un post anterior describí más o menos lo que es el amor para mí y acá voy a ir ampliando un poco. Otra de las cosas que creo es que ese amor no se crea de un momento a otro, sino que ya estaba ahí antes de que se diera y que después de que se dé, ahí seguirá. He amado muchas cosas y personas en esta vida, que ha sido tan corta y tan larga a la vez y me he dado cuenta de algo bastante interesante: mi dolor viene del miedo a la pérdida, a la no permanencia y al título que le pongo a las cosas. A pesar de que he trabajado mi forma de ver la no permanencia, sigue siendo un área débil para mí porque se combina con el miedo al abandono.

Casi siempre al final de esos caminos que quizás yo he disfrutado muchísimo, tiendo a sentirme algo perdida, pero he aprendido que cada historia después del amor es diferente. Es diferente la reacción de mi cuerpo, de mi cerebro, del efecto que tiene aún tener el olor de esa cosa o persona en mi piel, que se repitan las escenas en mi cerebro una y otra vez cuando necesito recordar que he tenido días buenos. Hay historias buenas que se prolongan como raíces y otras que no son tan buenas, pero lo fueron y caen como hojas desde los árboles, dejando entrar más luz.

Lo extraño de todo esto es que últimamente estos “finales” no me aterran tanto, no me aterra que se caiga la ilusión, no me aterra dejar ir, me asusta más el quedarme y perderme a mí misma en algo que no soy para adaptarme a algo o a alguien. Creo que cuando amo, tiendo a perderme en la emoción del momento, perderme en el tiempo y dejo de lado ciertas prioridades o características mías y al final me doy cuenta que no he pasado ni un día sola ni haciendo algo que realmente disfrute, como que al final todo ese amor bajo un título se vuelve miedo, se vuelve estático, una responsabilidad más al final del día.

El amor no debería doler, no debería cansar, no debería ser un peso a cargar y es algo que se va conociendo con los años, no hay nada qué hacer. Recuerdo que una persona me preguntó: ¿Cómo vas a hacer para que no te vuelva a pasar? Pues nunca hay realmente una garantía, no hay forma de saber, lo único que se puede saber es cómo yo voy a entrar a ese mar, ver ese oleaje y conocerlo, ver si me vuelvo una con eso o si prefiero salirme respetuosamente. Respetuosa y compasivamente, si no se hace de esa manera es como insultar aquello tan hermoso que yo solía sentir y que la otra persona en algún momento sintió también.

Últimamente estos altos en el camino no me provocan dolor, sino que me siento más ligera, encuentro que la marea de mi mente se calma y me muestra las respuestas y lo que yo pensaba iba a ser un enorme dolor, se transforma en alas, alas diferentes que me llevan a lugares diferentes de los que ya conocía, dentro de mí y dentro de la otra persona o aristas del objeto que yo ya pensaba conocer. He aprendido que realmente se conoce a la gente con lo que pasa en el después, no tanto en el antes o durante. He notado que en el antes y en el durante, se está dentro del asunto, en el después realmente puedo ver las grietas, los agujeros, las imperfecciones y si se logra realmente ver belleza en eso y se trata con nobleza, oh cariño, hemos logrado lo que muchos no han logrado. Hemos logrado que nuestro amor nos preceda y que valga más que cualquier cosa que haya frenado nuestro viaje juntos.

Ahora me referiré a básicamente mis dos experiencias más recientes, luego de cada una me sentí más yo. Más esencia, menos mandatos sociales sobre cómo ser “formal”, cómo comportarme, la gente que debo agradar y a las cosas que debo asistir o el tiempo que debo pasar que sea correcto, que no se sienta como un rechazo y son simplemente tantas cosas bajo un título que me siento atrapada. He sentido que respiro mejor, por fin puedo columpiarme de nuevo tan alto como quiera, ensuciarme, reír tanto que me duela la barriga, básicamente volver a ser eso de lo que se enamoraron, esa sonrisa amable, el corazón cálido y brazos abiertos para abrazar.

Creo que ese es realmente el problema de las relaciones, el tratar de moldear a la persona de acuerdo a la ilusión que se tenga, de lo que nos haga falta por dentro, sin darnos cuenta que somos completos y diferentes, que eso fue lo que nos hizo amarnos en un primer lugar. El amor que nos enseñan desde pequeños no es un amor libre, compasivo, comprensivo, es más un amor condicionado a ser lo que se espera de nosotros, un amor con culpas, un amor con responsabilidades que no se desarrolla tan bien por sí solo, que no brilla intensamente porque tememos a dejarlo fluir, a que la otra persona nos refleje nuestros propios errores o nuestros propios miedos, es esa sensación de querer encausar algo que debería ser salvaje, libre de alimentarse y expandirse.

La necesidad de control de hoy en día no comprende o no tiene espacio para esta fuerza inexplicable que hace que se sobreviva. Antes de mis relaciones con los demás, está mi relación conmigo y creánme que no es perfecta (sí lo sé…sé lo que dicen que debería ser). Al fin y al cabo somos imperfectos y tenemos discrepancias aún con nosotros mismos, ahora imaginen con los demás. Mi relación conmigo también es tempestuosa, a veces calma, a veces es fuerte y a veces débil, pero ese amor es más fuerte que culpable y he tenido que dejar que de a pocos se apodere de mí, que el autocuidado no lo vea como una pérdida de tiempo, sino como una forma de cuidar de mí.

De dos de las últimas dos relaciones que he tenido rescato el hecho que hemos hecho un acto de amor enorme al dejarnos ir, al reconocer que debemos cuidar de nosotros mismo antes de dar a alguien más cuando sabemos merece más. Las dos han acabo en lugares muy diferentes, una en un lugar más oscuro y otra en un lugar más noble. Dejar ir también es un acto de amor, un acto del que no hay que sentirse culpable. De las dos he aprendido que el amor es como un jardín al que hay que darle lo mejor que se pueda para que crezca, pero si se riega con culpas o buscando culpables, cargas, indiferencias y distancia de la mala, está destinado al fracaso instantáneamente si no se identifica a tiempo y se corrige con el riego con comprensión y el estar presente en el jardín para observarlo.

En el después de nuestro amor, se ve nuestra valentía, nuestra nobleza y cuán listos estábamos para eso que acabamos de “finalizar”. Para decir si estábamos listos no implica que haya llanto y se extrañe demasiado, se crea que se necesita a la persona, sino lo contrario el poder pararse solo y ser capaz de reconocer y enmendar errores si es que el jardín aún puede ser salvado. Yo todavía espero el día que un “tiempo” funcione para que dos personas vuelvan a estar juntas, sin embargo creo que ese “tiempo” nos ayuda a estar juntos con nosotros mismos.

En el después de nuestro amor, enano, espero ambos hallemos la fortaleza para manejar nuestras prioridades, la claridad para definir cuáles son y la nobleza para no herirnos sin importar lo que pase. Nuestro amor no tiene un inicio ni un final aunque así lo parezca. En este después espero que mi instinto no se equivoque y pueda seguir ahí de alguna forma apoyándote sea desde la banca o a tu lado, sea que nos alejemos o nos acerquemos, sea que se borren las huellas de nuestro amor en la mente y se vuelvan un vago recuerdo o que se avive la llama. En el después, en este después yo sigo compartiéndome contigo, porque ya no somos quiénes éramos antes sino que tenemos piezas el uno del otro. Al otro lado del después, del salto que tomamos juntos, a pesar de los desafíos, en ese otro lado no sé qué habrá, pero quiero descubrirlo con vos.

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